Vida, pasión y muerte de Teresa de la Parra

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Teresa de la Parra

Fue elogiada por Francis de Miomandre, Miguel de Unamuno, Mariano Picón Salas y Gabriela Mistral, entre otros. Esta última llamó a Teresa de la Parra «hermana en la literatura, distinta de otras»

José Luis Díaz-Granados

El nombre de Teresa de la Parra no se circunscribe únicamente al título de sus dos novelas más conocidas —Ifigenia y Memorias de Mamá Blanca—, sino que simboliza la torrencial interioridad de la mujer y una pasión profunda por recrear las virtudes cardinales de su género.

Ana Teresa del Rosario Parra Sanojo, nació en París, el 5 de octubre de 1889, en un hogar de la más rancia prosapia caraqueña. Entre sus ascendientes se contaban Fanny de Villiars y Aristeguieta y su famoso primo Simón Bolívar. En la mesa de tertulias y suculentos manjares de sus padres se sentaron los hombres más ilustres de su tiempo y allí la niña se familiarizó con la alta cultura. Sin embargo, esto no duró mucho tiempo, pues su padre murió cuando Teresa tenía 9 años, dejándola, al decir de su amiga cubana Lydia Cabrera, en una «congoja insondable».

En 1904, a los 15 años, compitió con alumnas de las Academias del Sagrado Corazón de España sobre el tema de la Inmaculada Concepción y obtuvo el primer premio. De regreso a Venezuela en 1918, conoció al poeta español Francisco Villaespesa, quien había llegado a Caracas para estrenar su drama titulado Bolívar, amistad que le dio alguna notoriedad a la joven escritora, quien además se destacaba ya por su belleza, elegancia, ademanes finos y una discreta afición al champagne. El entonces ministro de Educación, Felipe Guevara Rojas, se enamoró perdidamente de Teresa, pero no fue correspondido.

Literatura libre y sincera

A comienzos de la década de los años 20 se retiró a su hacienda de Macuto y empezó a escribir con pasión febril su primera novela. Poco tiempo después publicó un fragmento bajo el título de «Diario de una señorita que escribe, porque se fastidia», en la revista La Lectura Semanal, por lo cual fue elogiada por el consagrado narrador José Rafael Pocaterra. Se trataba de una literatura libre y sincera, tremendamente femenina.

Al terminar la novela la envió a un concurso organizado por una editorial franco-americana de París y meses después obtuvo el primer premio. En 1924 apareció la primera edición de Ifigenia, su novela más importante.

Este «libro-mujer», como lo denominó Arturo Uslar-Pietri, critica las costumbres conventuales de su tiempo, la hipocresía social, la entrega de la mujer a un novio adinerado escogido de antemano y la rígida autoridad paterna. Todo ello disgustó a la sociedad caraqueña, a su cerrado círculo literario y a su familia. No tardó en recibir la autora comentarios mordaces y venenosos en la prensa de la época y en sentir los arañazos de la envidia a través de maledicencias y de anónimos.

Quebrantos en el cuerpo y en el alma

Sin embargo, esta obra tremendamente femenina y feminista, donde se deja traslucir lo más entrañable del alma de su género, escrita en lenguaje sutil con ritmo ágil y cadencioso, fue elogiada por Francis de Miomandre, Miguel de Unamuno, Mariano Picón Salas y Gabriela Mistral, entre otros. Esta última llamó a Teresa de la Parra «hermana en la literatura, distinta de otras».

Teresa viajó en diversas ocasiones por Europa y América. En París compartió tertulias con la Mistral frente a una tropa de cultos exiliados latinoamericanos. Allí conoció a su gran amor: el poeta ecuatoriano Gonzalo Zaldumbide, a quien Alfonso Reyes dedicó una vez la lectura de su Ifigenia cruel, y a quien Teresa escribió: «¡Ah, Gonzalo, si supieras quererme con alma de mujer! Me bastaría con el alma y prescindiría del cuerpo». Pero el celebrado autor de Égloga trágica contrajo matrimonio al poco tiempo con una acaudalada viuda española.

Desde temprana edad, Teresa de la Parra sufrió quebrantos de salud debidos a una lesión en el pulmón. Esto la obligó en varias ocasiones a internarse en sanatorios, tanto en su patria como en Europa.

En el mar de Varadero

Entre 1928 y 1930 estuvo varias veces en Cuba, una de ellas con motivo del Séptimo Congreso de la Prensa Latina, celebrado en La Habana, donde ofreció una charla magistral en el Lyceum de la capital cubana. Cuando el vapor se acercaba a la bahía, Teresa de la Parra exclamó:

—Buenos, días, Habana, la que sueña y la que vela; ¡buenos días, hermana, y hasta el nuevo despertar, hasta mañana!

Durante su estancia en la isla visitó las provincias de Matanzas, Las Villas y Pinar del Río; admiró el cultivo de cítricos en Isla de Pinos, paseó por Trinidad y se bañó en el mar de Varadero. Le gustaba caminar por las calles de La Habana, especialmente por la de Calzada en El Vedado.

De regreso a Venezuela pasó por Colombia donde dictó conferencias en Bogotá, Tunja, Medellín y Cartagena. Colocó una rosa en la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, donde no pudo ocultar su emoción cuando recibió de manos de la niña Margot Valdeblánquez Moreu un anagrama de su autoría hecho con las letras de su nombre: «Teresa de la Parra: Eres arpa de las letras».

Un bello carácter femenino

En 1929 publicó su segunda novela, Memorias de Mamá Blanca, inspirada en las costumbres campesinas y acerca de una anciana que le deja su fortuna a una niña de 12 años. Es una obra donde se reflexiona sobre la fugacidad de la vida y en donde predominan los sentidos, los colores y los recuerdos.

De nuevo en Europa sufre serias recaídas y es internada sucesivamente en sanatorios de Suiza, Francia y España. Por esa época tiene la idea de escribir una biografía novelada de Bolívar, la cual no llega a concluir. En 1932 llega a Leysing, «la ciudad de los tísicos» donde ingresa al sanatorio Grand-Hotel. De ahí pasa a la Casa Richemont de Vevey; luego a Lausana, Suiza y más tarde a Neuilly en París. Allí se entera de la muerte del médico y espiritista colombiano Luis Zea Uribe, su amigo y confidente, hecho que la sume en la más profunda depresión.

Después de unos viajes cortos por Barcelona y Francia, llega al sanatorio de La Fuenfría en Madrid, cansada, deprimida y agotada. Escribe torrencialmente anotaciones y reflexiones con destino a su diario personal, quizás como una forma de defenderse contra la adversidad.

El 23 de abril de 1936 quedó Teresa de la Parra, al igual que Mamá Blanca, «con los labios entreabiertos por una inmóvil sonrisa». Había dejado de existir un delicado, indómito y bello carácter femenino.