Un viaje al Estado celestial

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La escalera de Jacob (1805), pintura de William Blake

El sacerdote italiano Juan Bosco y el pastor estadounidense Richard Sigmund relataron sus célebres viajes al cielo por medio de los sueños. Para verificar tanta maravilla, VOZ viajó a la patria celestial y esto fue lo que encontró

Arles Herrera (Calarcá)
@calarcaoficial

El italiano San Juan Bosco en 1815 y el pastor norteamericano Richard Sigmund en 1941 se hicieron celebres por sus míticos relatos de sus viajes al cielo, travesías que desde luego fueron en sueños. Al despertar nos hablaron bellezas de la idílica morada donde residía Dios. Incluso, Richard Sigmund escribió un libro: Mi tiempo en el Cielo. En este dice que había enormes rosas, todo estaba iluminado con piedras preciosas, las viandas eran de riquísima ambrosía, propia de dioses, etc. Esto era apenas unos pequeños detalles de la belleza de ese “Cielo”.

Recordé entonces que Eduardo Galeano decía “el cielo es el premio de consolación de los pobres”.

Según la Biblia, existen tres cielos: El primero es el atmosférico, donde transitan nubes y aves. El segundo cielo es el estelar, planetas y estrellas. Y un tercer, el celestial, la morada de Dios, donde reside junto con ángeles, delfines, querubines, serafines, y desde luego con las almas puras. Almas puras que, según las encuestas, cada día son menos. Cosa que ha venido generado un hacinamiento brutal en los infiernos, como las que se dan en las cárceles de Colombia.

San Pedro tiene covid

Yo, periodista, quise soñar para poder viajar y así poder verificar de cerca la realidad de tan mencionado espacio celestial. Y así fue. Llegué más rápido que la luz, esa es la ventaja de viajar en sueño, soñando es la única manera de poder llegar a la estrella más lejana descubierta hasta ahora, que está a 55 millones de años luz. Ojo, el cielo celestial queda un poco más arriba.

Cuando llegué al tercer cielo, quedé impresionado de larguísimas filas de almas esperando desde la una de la mañana para ser atendidos por el único empleado, el muy conocido San Pedro. Un aviso hecho con marcador decía se atiende a partir de las ocho de la mañana. Vi con asombro como por el lado de las largas filas de las desesperadas almas, pasaban otras ofreciendo tintos, aguas aromáticas, otras vendían los puestos. El escenario era igual a las penosas filas que hace el pueblo colombiano para sacar una cita en la EPS o para reclamar los medicamentos.

A las diez de la mañana un ángel con megáfono en mano anunció: “San Pedro no puede atenderlos, por desgracia está contagiado de covid. Tengan paciencia, acotó el ángel, se les avisará oportunamente”. San Pedro se recuperó al mes y las almas volvieron a hacer las tormentosas filas.

Los papeleos a la colombiana

Las almas aspirantes para entrar al cielo tenían que presentar los siguientes documentos: paz y salvo de la DIAN, partida de bautismo y matrimonio, tres fotocopias de la cédula, pasado judicial, constancia de que se hizo aplicar la cuarta dosis de la vacuna contra el covid, recibos de pago de servicios públicos, constancia juramentada de que no tiene familiares en el infierno, constancia de que no mete perica ni marihuana, ni va a la zona rosa de Medellín, pasaporte, tres recomendaciones registradas en notaría de personas cristianas, constancia de que ya pagaron la misa de Réquiem con orquesta por la salvación de su alma, más la tradicional novena.

El documento finaliza con estas exigencias: “Firmar formulario, poner dirección en la tierra, país y ciudad, número de celular y dirección electrónica. Dentro de tres meses se le informarán los resultados. Atentamente, administración celestial”.

Las almas acongojadas por el anuncio de tan larga espera tuvieron que armar cambuches alrededor del cielo. El paisaje era desolador, similar a los que se ven en las grandes ciudades en la tierra, en los llamados cinturones de pobreza: escasez de alimentos, problemas de salubridad, carencia de servicios públicos y a duras penas ollas comunitarias como en Colombia.

Bienvenido al cielo

Llegó el día en que informaron los resultados. De 600 mil almas aspirantes a entrar al reino de los cielos, solo aprobaron 120 mil. Los que no tuvieron la aprobación fueron remitidos en buses para el infierno, es decir, para Colombia, a vivir con el salario mínimo, el desempleo, el paramilitarismo, los falsos positivos, la represión del Esmad, los asesinatos de líderes populares, el altísimo costo de vida, de la educación y la salud, una paz hecha trizas y a vivir del rebusque.

Yo pude entrar sin problemas al cielo por mí condición de periodista. San Pedro, un poco irritado, abrió el gran portón con sistema electrónico. Dos ángeles como de dos metros de estatura de aspecto intimidante militar gritaron: “AJUA”. Esto, nada que ver con las imágenes de los ángeles de aspecto andrógino que nos muestran en pinturas en la tierra. Los dos ángeles me hicieron una minuciosa requisa y exclamaron: “¡ah!, ¿eres colombiano, coquero, marihuanero, paraco, uribista?”. Nada de eso, les respondí.

Pasé, por fin al idílico cielo, una larga fila de lujosos taxis estaba a la espera de almas. Un ángel taxista bastante obeso, con unas alas que se parecían a las de un pollo pelón, eso sí, muy atento me dijo: “bienvenido al cielo, lo llevaré al más bello hotel que ya Dubái lo quisiera tener”.

Ya dentro del taxi, me dijo: “esos dos ángeles que te requisaron fueron los ángeles de la guarda de Pablo Escobar, sino es porque alzaron vuelo rápido, el ejército los hubiera quebrado”.

–¿De dónde vienes? – preguntó el taxista.
–De Colombia– respondí.
–¡Ah, Colombia!, mucha coca, paramilitares, falsos positivos, parapolíticos, Águilas Negras, mucho corrupto de cuello blanco, es decir, ladrones. Aquí se ha comentado mucho de una señora de nombre Karen con apellido rato. Dicen que con sus compinches se embolsillaron 70 mil millones de pesos.
–Desafortunadamente así es– le contesté.

Llegamos a un gran edificio de cristal, un hotel de mil setecientos pisos, construido sobre unas nubes cristalizadas. Me recibió el conserje. Muy atento me condujo hasta la recepción, un ángel con cara de pocos amigos, me dijo: “firmé aquí”.

–¡Ah, eres colombiano!, coquero, periquero traficante, sicario, paraco, maricón– dijo mientras miraba mi pasaporte.
–Más respeto por favor– le dije. Me tiró las llaves y dijo: suite 725. El conserje, un ángel viejito bastante desplumado, cogió mi pequeño equipaje, pasamos al ascensor y le pregunté: ¿Hace cuántos años que trabajas aquí?
–Hace dos mil años– respondió.
–¿Y por qué no lo han jubilado?
–Es que aumentaron la edad a 200 años más para poder tener derecho a la pensión.

La revuelta en contra del Estado celestial

Aquí no es permitido tener organización sindical para uno poder defenderse. Este Estado celestial es totalitario, clasista y racista. Aquí no hay ángeles afros, ni indios, ni amarillos, ni feos, ni mujeres. Este estado Celestial depende de Israel, y a la vez este depende como borrego de los Estados Unidos.

–Como usted sabe– continúo hablando el conserje– Dios es judío, por lo tanto, aquí no entra un palestino tan fácil. Yo soy palestino, trabajo aquí, pero por recomendación de Jesús, que también era judío, pero él era buena gente, por eso lo crucificaron.

El conserje me recordó que acá hubo un líder muy querido por todas las almas que padecían represión, este ángel era del más alto rango aquí en el cielo, era el consentido de Dios, su nombre era Luzbel (Luz bella). Él encabezó un gran movimiento de 100 mil ángeles. Hace 2020 años Luzbel le presentó un sencillo pliego de peticiones a Dios y este se encolerizó, lo sindicó de ‘castrocomunistapetrista’ de intentar dar golpe de Estado junto con Maduro y Putin y acabar con la “democracia” celestial.

A este gran líder le violaron los derechos humanos, no fue presentado ante tribunal alguno, no le permitieron tener un abogado para su defensa, sino de una, Dios lo despojó de su rango de gran general y lo convirtió en demonio junto con todos los demás ángeles que estuvieron involucrados en esta histórica movilización. Todos fueron enviados a la tierra.

A Luzbel lo han llamado, “el ángel caído” o simplemente Satanás.