miércoles, mayo 29, 2024
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El valle de las mazorcas

José Martínez Sánchez

“Los rostros se buscaban, se interrogaban, juntos en la complicidad del peligro. Y los rayos del sol caían, ¡oh esplendor fugitivo!, sobre los cuerpos sudorosos, sobre el lago y la tierra. Una sombra saltó detrás del capataz”.

El muchacho volvió a escuchar el retumbar de los disparos que se hundía en el valle profundo. Lejos, en la curva infinita que coronaba la cordillera, jirones de nubes se movían agitados por el viento viajero. Algunas sombras pasaban de un lado a otro entre los bultos de mazorcas. Otras se ocultaban en la espesura de los maizales o reptaban hacia el lago. Pero los proyectiles terminaban por alcanzarlas. Las sombras se detenían, lanzaban un grito de dolor, alzaban los brazos y caían. Se levantaban y caían. Llamaban a alguien muy querido y luego se quedaban rígidas, con la última palabra suspendida en sus labios. La voz del capataz cayó de filo desgarrando la tierra. Y la tarde. Las sombras debían regresar a sus puestos o atenerse a las consecuencias.  Así lo dijo:

—A trabajar o a morir, ¿qué prefieren?

El muchacho percibió evidencias de sombras entre los matorrales. En cuclillas o tendidas sobre la hierba. Las imaginó aferradas a la maleza y a las cañas. Buscaba descifrar el rompecabezas de la vida. Si se iba, si no se iba. Si aquello era vida o era qué. Las palabras saltaron como flores dispersas. Cada una en su estructura, cada una en su esencia:

—Ni a trabajar ni a morir. A vivir.

Y los disparos arreciaron de nuevo. Carreras atropelladas y gritos ahogados estremecían el campo. Y en el monte tapado, a través de la madera reseca, la sinfonía de los pájaros se unía al coro de la muerte, si era muerte.  Alentaba las voces de vida de las sombras, si eran vida. Si en cada cuerpo estimulaban músculos y sangre. El muchacho reflexionó un instante con la frente apoyada en el barranco. Durante el almuerzo, antes de volver a la faena, la sombra había estado a su lado. Pensó que no moriría. Parecía hecha para vivir rodeada de matas de maíz, espigas y verdor de valle. Parecía hecha para recordar a su mujer y a sus hijos, para luchar y vivir por ellos. Sentada a la orilla del deshecho, la sombra masticaba tronquitos de plátano. Masticaba y hablaba, sonreía y miraba, lo miraba como a su compañero de viaje cada día, cada tarde, cuando juntos caminaban por el extenso valle. Y la confesión no le pareció gran cosa. Los unía en la hermandad del sueño que anhelaban, reafirmaba sus vidas.  Así lo dijo:

—He guardado unas mazorcas en mi mochila.

—Tu madre las desgranará y cocinará el maíz para mañana.

—Este valle está lleno de mazorcas, no entiendo por qué no podemos…

—Será porque nadie nos ve. Trabajamos y sufrimos y nadie nos ve. Será porque apenas somos simples sombras.

El muchacho apretó los dientes con rabia. El día se les iba minuto a minuto con los dedos crispados sobre las mazorcas, llenaban estopas y cargaban. Oyendo, si oían, el vuelo de los insectos y el chirrido de los grillos en el valle iluminado. Contemplaban, si podían, las bandadas de patos silvestres que recorrían el valle, se metían al lago, nadaban y salían. Pero ellos no eran patos silvestres. Eran menos que patos silvestres, menos que sombras de patos silvestres. Por eso no podían guardar mazorcas en las mochilas. Por eso el capataz las esculcaba todas las tardes, al abandonar el valle. Y una sombra había desobedecido. El capataz se acercó con los puños cerrados:

—Uno de ustedes es un ladrón.

Los rostros se buscaban, se interrogaban, juntos en la complicidad del peligro. Y los rayos del sol caían, ¡oh esplendor fugitivo!, sobre los cuerpos sudorosos, sobre el lago y la tierra. Una sombra saltó detrás del capataz:

—Fui yo, señor.

La ira resbalaba firme sobre la piel, los músculos se contraían. Los insectos cesaron en sus vuelos, los grillos en su canto. Arriba, muy alto, el águila de la montaña rasgaba el firmamento con sus garras. La mano buscó el revólver, el dedo el gatillo y la bala el cuerpo de la sombra. Estaba hecha para morir rodeada de matas de maíz, espigas y verdor de valle. No oyó los pasos del capataz que se alejaba por el campo, para reunir a sus hombres. No vio la mueca de indignación en los rostros de las sombras ni sintió sus pechos henchidos de venganza:

—Todo será en vano, nadie nos oirá.

—Si nadie nos oye, nos oirá el valle.

Y blandieron sus armas. Fuego para matar pájaros, conejos o patos silvestres. Para vivir. Cada sombra buscó su refugio y aquello fue bueno. Cuando el capataz regresó, el día se había metido en el agujero de la tarde. Los hombres desenfundaron sus armas y apuntaron. Otra sombra se alargó en su refugio, resbaló sobre las matas, soltó un alarido y cayó. Se levantó y cayó.  Allí permaneció, con el río de la muerte esparcido hasta su última célula. Y el águila negra trazaba el mismo círculo, más cerca, siempre más cerca, vigilando el banquete. Dos voces anunciaron, como desde la tumba, la eminente derrota.

—Huye si puedes, alguien tiene que quedar con vida.

—Aléjate, tú eres el más joven.

—Viviré para contarlo, lo juro.

Los ojos del muchacho examinaron el campo descubierto. Se perdió en el maizal por el camino del lago, alcanzó el barranco y de un salto cayó tendido sobre la hierba. Con las uñas clavadas en la tierra, jadeante, trató de pensar en el momento. Hacia la cordillera, por encima del valle, las aves migratorias dejaban atrás el eco de sus gritos. Al menos ellas, se dijo, podían volar muy lejos, romper el aire con sus alas y perderse en lo desconocido. Luego, poco a poco, se hizo la calma. Olor a pólvora en el ambiente, señales de pasos, barullo de liebres que escapaban, salto tras salto, aturdidas por la explosión humana. La voz del capataz se alzó por encima de los hombres, rebotó en las espigas y llegó a sus oídos:

—Aquí falta uno.

—Ha escapado, creo que está mal herido.

—No irá muy lejos.

El muchacho irguió un poco la cabeza. Allá, las sombras amontonadas junto a los hombres muertos. Más allá, el valle incandescente, el lomo de la cordillera, retazos de nubes…

—¿Qué hacemos con los cadáveres?

—Tírenlos al lago.

Extenuados, los hombres emprendieron la retirada. Después ya no fueron hombres en el valle, sólo silencio y ausencia. El muchacho contempló el firmamento. Caía la noche, se iba el día. Descendió al trote hasta la orilla del lago y se sentó sollozante.

— “Alguien tiene que quedar con vida”.

—“Viviré para contarlo”.

No sentía el viento que soplaba encrespado, zigzagueaba a lo lejos y retornaba. Pensó que no era la noche, que era la madrugada. Que allí estaba su madre, escuchando el concierto de aplausos de las hojas verdes y el grito de júbilo del riachuelo cercano. Acaso oía el clamor de la mujer que denunciaba la falta de alimento:

—“No olvides traer las mazorcas”.

Sí, ahora sabía que el valle era lo único bueno que había en el mundo. Las sombras se habían ido, sólo quedaba el valle, como ausente, como contándole al cielo su propia desgracia. También el muchacho habría podido ser el primero. Las mazorcas estaban bien guardadas en su mochila, brillantes como el oro bruñido. Oyó:

—“Alguien tiene que quedar con vida”.

Vio los patos silvestres que regresaban de lejos, se metían al lago, nadaban y salían. Vio el sendero de la noche que se perdía en dirección a su casa. Apretó la mochila contra su cuerpo y empezó a trotar lento, seguro, hacia la carretera de un pueblo casi desconocido.

* Del libro “Informe de cordillera”.

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