lunes, abril 15, 2024
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Del dicho al hecho

Reflexiones sobre la distancia entre el saber y el hacer; el rol de los intelectuales desde dos perspectivas: Antonio Gramsci y Karl Marx

Juan Sebastián Sabogal Parra (*)

Los intelectuales se presentan en diversas facetas: están los que se autodenominan eruditos y son capaces de citar de memoria a los autores más intrincados, inclusive en su lengua original. También existen los que sienten la imperiosa necesidad de corregir a otros cuando perciben el más mínimo uso de un concepto o categoría que conocen a profundidad y, finalmente, están aquellos que buscan las palabras más complejas para explicar las ideas más sencillas.

Así, dichos tipos de intelectuales navegan en su propio mar de saber, muchas veces sin escuchar o sin siquiera percibir que existe un mundo más allá de lo que ven, o mejor aún, de lo que creen pensar. Tal vez llegados a este punto de la intelectualidad, es necesario abordar dos perspectivas evidentemente olvidadas que bien podrían impulsar un cambio en las actitudes que a veces impulsan nuestros discursos, por un lado, encontramos al italiano Antonio Gramsci y, por otro, a Karl Marx.

Gramsci y Marx

En primer lugar, Gramsci introduce un tipo particular de intelectual al que denomina “orgánico”. Según él, estos individuos no solo se limitan a observar la realidad, sino que, a través de sus reflexiones, buscan activamente transformarla e influir en la comunidad de tal manera que sus palabras logren traducir los más complejos conceptos al día a día, pues la cercanía con el pueblo es fundamental para impulsar la transformación social; en tal sentido, aquí no cabe ni el que cita obras en extrañas lenguas, ni el que corrige a todo ser humano y mucho menos al que navega en extraños conceptos confundiendo a cualquier interlocutor.

En segundo lugar, Karl Marx en la tesis número once sobre Feuerbach plantea de forma directa la necesidad de impulsar una praxis revolucionaria. Pues en dicho texto, parte de la afirmación a través de la cual la filosofía ha logrado construir una lectura de mundo, pero, esta teorización no ha logrado derivar en la materialización de la transformación de las dinámicas políticas, sociales y económicas, en definitiva, la revolución. Así, Marx elimina de tajo a todos aquellos quienes de manera constante cierran la mirada en un discurso sin llevar a la práctica todo aquello que dicen haber interiorizado en sus profundas lecturas, de hecho, lo suele llamar “burguesía revolucionaria” o lo que es lo mismo el que prefiere hablar y hablar, antes que perder sus privilegios.

Importancia de la praxis

En este sentido, partiendo de las palabras de Marx y Gramsci, queda claro que el sostenimiento en el tiempo de un discurso sin una práctica revolucionaria no es más que la expresión más clara de la demagogia o lo que es lo mismo, de aquella popular frase que dicta “del dicho al hecho, hay mucho trecho” y, sobre ello, daré un ejemplo claro.

Hace unos días, durante una reunión donde la conciencia de clase se encontraba a flor de piel, surgió un discurso sobre el papel de la mujer como sujeto infantilizado que debía aprender del hombre para participar en ciertas actividades políticas. Sorprendentemente, este comentario no provino ni de un conservador acérrimo ni de un líder religioso, sino de alguien que cita de memoria a Marx y que entiende el materialismo histórico como la herramienta metodológica esencial para la construcción del pensamiento. Sin embargo, evidentemente no logra comprender la importancia de la praxis.

De hecho, este no es un incidente aislado; en varios entornos de debate, las conversaciones se estancan en los clichés pseudointelectuales, en donde los intrincados discursos, las citas textuales y la falocracia, junto con otras tantas expresiones de rechazo hacia el que no conoce del todo ciertos temas, se convierten en el lugar común, de hecho, parece más una competencia que un diálogo constructivo y realmente revolucionario. Así, a pesar de la claridad que autores marxistas han dado a la tipología de intelectuales que existen y al papel central de la práctica, parece que aún no hemos logrado traducir la teoría en acciones reales que impacten la vida de cada uno y cada una.

Discurso y movimiento

La revolución no puede ser, y no debe ser, un mero discurso con el que nos enaltecemos del privilegio que se ha tenido de estudiar o inclusive de tener el dinero necesario para adquirir los libros, los discursos en este sentido deben ser humildes, sencillos, deben partir de la necesidad de compartir el saber y no de competir, pues, tal como diría el subcomandante Marcos, las grandes transformaciones no comienzan arriba, surgen de movimientos, grupos y colectivos que reconocen su realidad y deciden transformarla desde su conciencia, y esta conciencia emerge de la cooperación y el ejemplo mutuo.

Dejemos de ser intelectuales de discurso y seamos revolucionarios, atraigamos con nuestras acciones y nuestros discursos, no distanciemos con nuestra actitud, consideremos la realidad con un espacio posible de transformar desde la más pequeña actividad y no esperemos sentados a que las condiciones estén dadas. Por ello, invito a tres aspectos centrales: no parar de estudiar, no parar de compartir lo que se lee y nunca dejar de actuar como intelectuales orgánicos.

En definitiva, tal como dijo alguien a quien no citaré, para no generar controversias, a veces es mejor no creer tanto en esos hombres que regalan chocolates y flores, así como a veces tampoco es bueno creer en los pseudointelectuales que citan de memoria a Marx, Engels y Lenin, pero su praxis es tan distante de ello que terminan pareciéndose más a Hayek, Friedman y Kirk.

(*) Miembro del Colectivo de maestros Leonardo Posada Pedraza–William Agudelo

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