martes, mayo 21, 2024
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Usos del patio en Respirando el verano

Los patios son escenarios donde, en los pueblos, en las ciudades pequeñas e incluso en las grandes, se desenvuelve gran parte de la vida cotidiana de las personas cuando se disponen al descanso, al ocio productivo o a la convergencia familiar. En su novela, Héctor Rojas Herazo recreó este espacio

Wilfrido Polo Castro (*)

Casi todos quienes provenimos de los espacios antes indicados, crecimos en una casa con un patio; por muy humilde que fuera la casa siempre había un lugar de reposo, de siembra, de festejo, de conversas o de confluencias de flores diversas acosadas por colibríes, mariposas o abejas que llegaban a chupar su néctar.

En nuestras mentes existía la idea de que a ciertas horas del día o de la noche, podría estar ocupado por visitantes siniestros; creíamos que por las noches podían ser lugares de sórdidos aquelarres. El patio en las novelas de Héctor Rojas Herazo siempre está gravitando en la narración, insinuándose con diferentes connotaciones y usos.

En Respirando el verano, en la primera parte titulada Las cosas en el polvo, la palabra patio aparece diecisiete veces, y en otras muchas frases el autor hace referencia a él sin nombrarlo directamente, es el ethos, es un vital espacio donde la recreación emerge, es el lugar para pensar y repensar la vida, para ver los rayos del sol al filtrarse por las inocentes hojas de los tranquilos almendros dormidos a pesar de la bulla del mar; en el patio transcurre la vida de Celia, allí los tamarindos convocantes matizan el inquieto resplandor efímero de la noche.

En la segunda parte Volverán los caballos, el autor utiliza la palabra patio otras 24 veces y se insinúa en muchos de los aconteceres, así, por ejemplo, cuando Celia llega de Ovejas después de casarse con su tío, el mismo que cuando era una niña la sentaba entre sus piernas para que jugara con la gruesa leontina de su reloj; ella, en la mañana de ese día accede a la casa por la puerta del patio, o como decimos ahora: la puerta del corral, ahí la  esperaba su esposo, para continuar consumando su amor que tendría un claro reflejo en los once hijos que tuvieron.

Cuando Héctor Rojas afirma ser de un patio, fundamenta la esencia de su existencia, de su vida, a través de su habitud en el patio, da cuenta de su quehacer y relaciona intrínsecamente el patio con la casa, con los habitantes, con los duendes, con los personajes mitológicos, con el aire que envuelve la vida en cada instante; en el patio el silencio es capaz de escucharse a través del cristal de la sensibilidad humana, y los pocos murmullos que alcanzan a fluir se evaporan en la atmósfera de los sueños.

Héctor Rojas Herazo. Foto. Festival
Internacional de Poesía de Medellín

Siendo Héctor Rojas Herazo un niño de escasos ocho años, divisaba desde el patio cada día a la vendedora de pescado, frutas, miel, patilla, sueños y esperanzas que recorría las calles del pueblo y a otros habitantes en sus rutinas cotidianas: todas esas vivencias e imágenes impactaron al pintor, al escritor, al ensayista, al poeta que sería después. Experiencias que plasmará más tarde en un papel, en una pizarra, en una tela, como lo señala Sonia Sierra (El Tiempo, 1993).

En múltiples páginas, el autor nos está precisando los usos del patio, bien como sitio desde el cual mirar lo que, en el entorno del mismo, acaece o para descansar sentado en un taburete desde el cual se mendiga un poco de sombra a los almendros o desde el que se podían ver las ruinas de la casa que se resistía a caer.

Anselmo galopa por el patio en su corcel de palo, en cambio, el autor galopa desde el pensamiento y la memoria viva en torno a Celia, a la casa, al patio y al pueblo en que la mujer parirá sus once hijos y sufrirá siete velorios, incluido el de su esposo. En esa casa transcurren la vida y la muerte, se escenifica en ella la dialéctica existencial.

Los muertos penan en la sala, en la cocina, en las seis alcobas, también en el patio cargado de luto donde las personas pareciera que no murieran, sino que se escondieran: esconderse en esos rincones que no vemos, rincones de misterios, porque las personas se dejan morir de cuerpo y se quedan sin deshacerse, se quedan entre nosotros y no se resignan a irse del todo (Respirando el verano).

¡No, señor! Los muertos que expían sus culpas en el patio tienen olor de frutas frescas, mordidas por pájaros enormes y mitológicos, en medio de un verdor inmenso que amenaza con atacar el brocal del pozo de aguas cristalinas.

En el patio se encuentra la gruta del mono cabezón y la mujer que llora con un cabello color de hielo, y solo en las noches esos rincones mitológicos son recreados por el autor, vertidos desde su memoria, gracias a su quehacer narrativo, a los hermosos trazos hechos con el pincel de la vida, el mismo pincel con que le pintó la cara a sus detractores, a sus críticos mal intencionados.

El patio es descrito como una fresca brisa marina, pero también es vapor extenuado que se deja sentir a través de las brumas del verano, es el sitio de proliferación de hierbas malas que atosigan el brocal del pozo, es el brillo de la luna, es el resplandor de la noche y a la vez es un sopor de mar, un calor fuerte que nos humilla, lugar preñado de árboles frutales, de coloridos variados que Héctor inmortaliza con su arte diverso:  El sonido de un hombre, el reflejo del aire, sobre el pozo y el día con su firme venablo sobre el patio…Algo de Dios, entonces, llegaba a las ventanas algo que hacía más honda la brisa entre los árboles (Poema La casa entre lo robles).

(*) Historiador, investigador y poeta, pionero de la Cátedra de Historia Local en el Caribe colombiano, director del periódico Investiguemos

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