martes, mayo 21, 2024
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Elecciones presidenciales en Estados Unidos

Resulta una paradoja que hoy la suerte de la que se proclama la mayor democracia del universo, esté a punto de definir quién rige su destino futuro entre dos vejetes, con problemas mentales y cuentas por resolver ante la justicia

Ricardo Arenales

Las elecciones del denominado supermartes, cumplidas en la primera semana de marzo pasado, cuando los votantes de quince Estados y del territorio de Samoa emitieron sus votos, pusieron en marcha la carrera por alcanzar la nominación presidencial para los comicios generales del 5 de noviembre próximo en los Estados Unidos.

Ese ejercicio electoral consolidó las opciones de los dos candidatos mayoritarios, que reunían las simpatías de sus respectivos partidos: la del expresidente Donald Trump, nominado por el Partido Republicano, y la del actual mandatario, Joe Biden, que aspira a un segundo mandato en representación del Partido Demócrata.

A Trump las encuestas nacionales lo muestran con el 80 por ciento de los votos de su colectividad. El aspirante ganó el 91.7 por ciento de los delegados disponibles al momento de concluir la jornada del supermartes.

Del lado demócrata, las cosas no marchan tan bien como fuera lo deseable. Los índices de aprobación del actual mandatario son peores que los de Trump, y persisten serias dudas acerca de la capacidad física y mental de Biden para dirigir al país durante otro cuatrienio.

Tropiezos

Ambos candidatos son percibidos como demasiado viejos y ambos afrontan diversos retos legales: investigaciones por corrupción y otros delitos; Trump mucho más que Biden, por supuesto. En varios Estados han presentado mociones para que el nombre de Trump sea retirado del tarjetón electoral, por claras violaciones a la constitución nacional de ese país.

Adicionalmente, Biden debe afrontar una situación muy particular en su partido. La de los llamados ‘delegados no comprometidos’, que son elegidos en la consulta interna, pero no se comprometen a apoyarlo en la Convención Nacional Demócrata de agosto próximo en Chicago.

En las elecciones de noviembre serán elegidos también trece gobernadores (11 de Estados y dos de territorios: Samoa y Puerto Rico), junto con la fórmula presidente-vicepresidente; 33 senadores y 435 representantes a la Cámara.

En la actualidad, el Partido Demócrata controla las mayorías del Senado, mientras el Republicano controla la Cámara de Representantes y las gobernaciones de 27 Estados, frente a 23 gobernaciones demócratas.

Problemas mentales

Está claro que el debate electoral será entre Trump y Biden. Pero en los días por venir podrían presentarse eventuales limitaciones o situaciones imprevistas en ambas candidaturas. En el caso de Trump, no se sabe todavía la evolución de los muchos procesos penales que tiene en curso en su contra, mientras que a Biden se le interponen los problemas relacionados con su salud física y mental, asociados a su avanzada edad.

Al candidato presidente se le olvidan las cosas, confunde los nombres de los países y de las personas con las que interlocuta. Muestra síntomas de senilidad que afectan la misión de dirigir los destinos de la primera potencia del mundo, por lo que la salud del aspirante se convierte en un problema de seguridad nacional.

Trump también tiene problemas mentales, peores que los de Biden. Ha mostrado marcados índices de paranoia, se le juzga penalmente por expresiones de sadomasoquismo, perversiones sexuales, estulticia frente al análisis de problemas geoestratégicos globales.

Retos de Biden

Resulta una paradoja que hoy la suerte de la que se proclama la mayor democracia del universo, esté a punto de definir quién rige su destino futuro entre dos vejetes, con problemas mentales y cuentas por resolver ante la justicia. Gajes de la democracia. Pero así avanza la campaña, entre recriminaciones mutuas entre los dos candidatos.

Biden dijo al término de la jornada del supermartes, que significó el punto de partida de su campaña: “Los resultados de esta noche dejan al pueblo estadounidense una opción clara: ¿vamos a seguir avanzando o permitiremos que Donald Trump nos arrastre hacia atrás, hacia el caos, la división y la oscuridad que definieron su mandato?”.

Biden sigue sin resolver el problema del ‘voto no comprometido’, una expresión política que aglutina el descontento contra el mandatario dentro de su propio partido, debido al apoyo a Israel, mientras Netanyahu masacra al pueblo palestino. En Minnesota, ese voto de repudio fue del 20 por ciento; en Michigan del 14 por ciento; en Carolina del Norte del 13 por ciento; en Massachusetts del 9 por ciento y en Colorado del 7,6 por ciento.

Hace pocos días, la campaña de Biden organizó el gran acto financiero central para recolectar fondos para adelantar el proselitismo político en torno al candidato. Los resultados no fueron malos, la asistencia tampoco. Pero en las afueras del recinto se produjo una nutrida manifestación de simpatizantes demócratas que exigieron a Biden suspender toda ayuda militar, financiera y logística al régimen de Netanyahu y utilizar la influencia norteamericana para exigir un cese al fuego inmediato e indefinido, que contribuya a detener la matanza del pueblo palestino.

Sorpresas

Ese sentimiento incidirá seguramente en los resultados electorales finales. El estado mayor de la campaña deberá ganarse a ese sector y no solo con un discurso antitrumpista.

Trump por su parte tiene también otras preocupaciones. La significativa votación republicana por Niki Halley, la exgobernadora de Carolina del Sur, que desarrolló una precandidatura presidencial alternativa, demostró que hay un sector republicano que prefiere votar por alguien que no tiene un chance electoral con tal de mostrar su rechazo a Trump.

Mostró que hay sectores en el partido que temen a un hipotético triunfo de Trump, que demostró en su primer mandato que es capaz de llevarse de bruces el espíritu de la Constitución con tal de satisfacer un apetito personal. Que no se detiene ante un hecho tan grave como sustraer documentos reservados, que son un secreto de la nación y llevárselos a su casa, con los riesgos que eso implica. Que no se para en mientes para sobornar testigos, comprar jueces, alterar resultados electorales, con tal de atornillarse en el poder.

En esta campaña, cada candidato arrastra sus propias fisuras internas y ello podría acarrear sorpresas en ambas toldas.

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