Transición energética: Sí, pero no así

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Estados Unidos, considerada la primera potencia del mundo, ha sido duramente golpeada por el cambio climático, que hoy se expresa en las duras tormentas de nieve que afectan a una parte de la población

La transición energética no deja de generar nuevos problemas. Así, la distribución de la “riqueza” eólica y solar, por ejemplo, no es uniforme en el planeta como tampoco lo es la distribución de hidrocarburos y carbón

Carlos Fernández

El abordaje que hemos hecho del complejo tema de la transición energética que deben realizar todos los países en conjunto y por separado (véanse VOZ 3099 y 3102) ha mostrado la imperiosa necesidad de que la tarea sea asumida en toda su gravedad pues, como ya es común decir, no existe un planeta B adonde pudiéramos trasladarnos en caso de que la humanidad no logre salvaguardar éste de los efectos de su propia acción depredadora.

La COP26 sobre cambio climático, realizada en Glasgow (Reino Unido), tenía como objetivo hacer explícitas las medidas indispensables para alcanzar tal objetivo. La mayor parte de los acuerdos logrados por la cumbre como tal y por grupos variados de países sobre aspectos parciales del problema apuntan, en general, en la dirección correcta. Sin embargo, numerosas organizaciones nacionales e internacionales han señalado la insuficiencia de tales medidas y proyectos no sólo en lo que se refiere a la conservación del planeta sino en lo referente a la superación de la pobreza y la desigualdad en el mundo. Aquí hay que considerar varios aspectos.

¿Llegarán a tiempo las energías renovables?

Algunos analistas no sólo responden afirmativamente a esta pregunta, sino que señalan que ya las energías renovables están ganando la competencia económica a las energías contaminantes tradicionales. Así, según la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) “las fuentes renovables siguen la misma curva de crecimiento exponencial de otras revoluciones tecnológicas del pasado, de modo tal que es posible apreciar el surgimiento de una pauta predecible y conocida”.

El abaratamiento de los costos de implantación de las energías renovables ha desencadenado un movimiento de inversiones en tales energías que, si bien no dan aún cuenta de la mayor proporción de generación de la misma, han entrado en competencia, con bastantes probabilidades de éxito, con las fuentes convencionales.

El traslado de fuentes de energía significa el abandono brusco o paulatino de formas de generación en aras de la implantación de nuevas modalidades, con los consecuentes efectos en materia de traslados de inversión de unas formas a otras, de destrucción y generación de empleo, de amortización anticipada de medios de producción y otros efectos.

Pero la transición energética no deja de generar nuevos problemas aún no resueltos. Así, la distribución de la “riqueza” eólica y solar, por ejemplo, no es uniforme en el planeta como no lo es la distribución de hidrocarburos o carbón. Pero estos son transportables en forma relativamente económica a todos los puntos del planeta en tanto que los primeros no.

Claro que los costos de la energía generada en las fuentes renovables pueden variar y ser más elevados coyunturalmente, pero la tendencia es a que la diferencia del costo de la energía entre fuentes convencionales y renovables se amplíe en favor de estas últimas.

¿Transición energética o revolución industrial?

El cambio climático obliga a observar no sólo las fuentes de energía sino las transformaciones tecnológicas que se vienen dando en sectores productivos que demandan nuevos materiales para su desarrollo. El investigador sueco Víctor Galaz señala al respecto que “la construcción de un futuro más sostenible…nos obliga a repensar algunos supuestos profundamente arraigados sobre el papel que desempeñan la tecnología, en general, y la inteligencia artificial, en particular”. Y añade: “Desarrollar y desplegar la inteligencia artificial responsablemente para hacer frente a los urgentes desafíos de la sostenibilidad requiere aceptar esta conexión (la del sistema climático con la biosfera, con su biodiversidad, los bosques, los océanos y los ecosistemas agrícolas) con el planeta vivo y nuestro papel en él”.

O sea que no se trata sólo de cambiar las fuentes energéticas sino de modificar la forma de producir, hacer circular la producción y consumir en todos los sectores económicos. En realidad, estamos viviendo un cambio profundo en el sistema de vida y de trabajo en razón de la penetración de las nuevas tecnologías en la producción y en la vida diaria. Se habla, así, de la cuarta revolución industrial que genera una presión adicional sobre los recursos de la tierra.

En consecuencia, la producción de toda la maquinaria necesaria para procesar la información o para comunicarnos o para automatizar los procesos productivos requiere de elementos como el litio, el cobalto o minerales como el coltán o las tierras raras que implican nuevos desarrollos mineros con impactos sobre el ecosistema.

A esto se añaden un sistema de producción agrícola que, basado en el monocultivo, afecta la biodiversidad, y una ganadería, extensiva o intensiva, que destruye el recurso suelo, en el primer caso y que demanda grandes cantidades de agua, en el segundo, con lo que se afecta la base natural de la producción.

De manera que la humanidad afronta un cambio climático que hace peligrar su supervivencia en razón de la utilización de fuentes energéticas y procesos productivos generadores de gases de efecto invernadero y sigue ejecutando procesos productivos que, directa o indirectamente, contribuyen al calentamiento global.

El sector financiero acude en ayuda

En la COP26, los representantes del sector financiero tanto público como privado estuvieron muy activos mostrando su disposición a contribuir con el logro de la meta de impedir que, hacia 2030, la temperatura del planeta se eleve por encima de los 1,5ºC respecto a la temperatura pre-industrial. De hecho, se aprobaron varias iniciativas en el sentido de que el sistema financiero no va a seguir aportando recursos para proyectos que impliquen continuar con el actual estado de cosas en materia energética.

Lo que está mostrando esto es que, ante la cada vez mayor viabilidad de las fuentes energéticas renovables, el negocio y, por ende, la rentabilidad se ha empezado a desplazar hacia estos nuevos sistemas de generación de energía. Falta mucho para que esto sea una realidad al 100% pero ya grandes transnacionales productoras y refinadoras de carbón e hidrocarburos están buscando espacios en la nueva industria de la energía basada en fuentes renovables.

Los juegos del hambre de ganancias

Estamos asistiendo, pues, a un reacomodamiento del capital ante la nueva realidad del cambio climático con el peligro de extinción de la especie humana que entraña. Ya se han hecho planteamientos señalando que es el fin del Consenso de Washington, que permitió al liberalismo implantarse como política económica predominante desde hace 50 años y se habla de la implementación del Consenso de Cornwall, en referencia a las decisiones tomadas por el Grupo de los 7 en esa ciudad de Gran Bretaña en junio de 2021.

Este nuevo consenso implicaría una revitalización económica del Estado que llevaría a los agentes económicos a comprometerse con el proceso de des-carbonización de la energía y de la producción si quieren recibir las ayudas y los apoyos financieros para desarrollar sus proyectos.

Es indudable que la pandemia del covid-19, que obligó a los Estados a intervenir de manera masiva en las cuestiones económicas que el mercado no atiende, sirvió de incentivo para plantear la nueva responsabilidad estatal en la solución del problema del cambio climático. Y así lo percibieron los gobernantes que participaron en la Cumbre de Glasgow. Pero esta participación se hizo desde la óptica de salvaguardar el negocio del gran capital, ayudándole a reorientar sus inversiones hacia energías limpias que, en manos privadas, conserven la rentabilidad por encima de la propia salvación del planeta.

Afortunadamente, a Glasgow asistieron representantes ilustres de los sectores populares y comunitarios de todo el mundo que hicieron ver la timidez de las decisiones tomadas y la falta de interés en aprovechar la coyuntura económica y social del mundo para tomar medidas que resuelvan los temas relacionados no sólo con el deterioro material del planeta sino, también, con la situación de pobreza, desempleo y desigualdad que viven enormes capas de la población.

Ellos marcaron un derrotero a seguir con el fin de que la tarea de salvar la vida en el planeta se complemente con la de sacar a vastos sectores de la humanidad de la degradación que representa el no disponer de los recursos mínimos para sobrevivir decentemente. La movilización de estos sectores es la condición indispensable para que la nueva revolución industrial, incluida la transición energética, se haga en beneficio de la humanidad y no en detrimento de la mayoría de ella.