domingo, junio 16, 2024
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Recordar a Jorge Artel en su lucha contra la discriminación, es una obligación

Celebramos 115 años del natalicio del poeta de las negritudes

Álvaro Suescún T.

El mundo contemporáneo ha empezado a reconocer el acentuado valor cultural aportado por Jorge Artel a la configuración de una identidad regional, en los sitios donde fueron trasplantados los afrodescendientes en el proceso de colonización de América.

Hace un siglo esto no era una posibilidad siquiera remota en ninguna parte de nuestro país, y menos aún en Getsemaní, un asentamiento surgido como prolongación del centro amurallado que era Cartagena en la época colonial, allí, durante tres siglos de comercio irregular, los tratantes de esclavos construyeron pasajes, accesorias y barracas, adyacentes a sus viviendas, donde hacinaban a los africanos esclavizados, antes de venderlos.

En aquel Getsemaní, todavía un barrio de extramuros habitado por gente humilde, artesanos, pescadores y comerciantes en su mayoría, el 27 de abril de 1909, nació Artel -nombrado en la pila bautismal como Agapito De Arco-

Sus estudios los hizo en un establecimiento público anexo a la U. de Cartagena, bajo la regencia de Luis Patrón Rosano, “hombre de letras bien avenido con las humanidades y poeta cuando se abría un paréntesis en sus meditaciones filosóficas”, en descripción de Aníbal Esquivia Vásquez. De allí pasó al Instituto Politécnico Martínez Olier, de notorio reconocimiento como centro difusor de las ideas radicales y liberales, conducido a vislumbrar los tan necesarios como esenciales cambios en la conformación y desarrollo de una economía y una sociedad plurales, apenas iniciados sus estudios allí  publica en Plus Ultra, un periódico de alientos juveniles, unos cuantos versos con los que se inaugura en la modalidad de las rupturas, e inicia su actividad periodística dirigiendo “Nuevo Horizonte”, por espacio de tres años con Gabriel A. Olivo y Blas Herrera Anzoátegui, este periódico luego cambiará su nombre por el de “Aspiraciones” y finalmente, con los mismos directores, transforma su formato en uno de revista con el nombre de “Ariel”.

Carmen De Arco, tía del poeta, muy allegada a los librepensadores radicales que, mientras hacían de la cultura un ejercicio cotidiano, pugnaban por una estructuración del Estado bastante maltrecho desde los tiempos de la fracasada guerra De los Mil Días. Todos ellos influyeron de manera decisiva en la formación intelectual y política del poeta. Así mismo, Miguel De Arco De la Torre, su padre, graduado en esa guerra, cuyos antecedentes revolucionarios eran parte del ingrediente con que se sazonaban coplas, como aquella que reverberaba así:     “Un negro conservadó / ej música que no suena / ej como un parche en un jarrete / cuando el doló ej de muelaj”.

Lo que Artel denominó su “sensibilidad emocional” aseguraba haberla heredado de Aurora Coneo, su madre, de raza india procedente del Sinú. Así, nacido frente al mar, de india y negro, lo demás fue cuestión de cultivo del espíritu al cuidado de las hermanas de su padre.

Durante su vida, Artel desarrolló una intensa actividad como periodista. En Cartagena, en 1928, se incorporó a la redacción de “La Patria”, luego en “El Mercurio” y en “Diario de la Costa”, en los años treinta, en Bogotá colabora en “El Tiempo”, “La Razón” y “Diario Nacional”. Fue jefe de Redacción de “Panorama” en Maracaibo”. Colaboró durante muchos años para “Vida universitaria”, de Monterrey, México. En Panamá, durante trece años colaboró en “La Hora”, “La Nación” y “Panamá América”. Fue columnista de El Colombiano, de Medellín, por 16 años.

En aquel ambiente cartagenero de claustros universitarios dio vida a sus primeros poemas firmados todos como Agapito De Arco. En Bogotá, a donde se trasladó en 1931 para iniciar estudios de derecho, adelanta una provechosa actividad entre los grupos literarios de avanzada, dicta conferencias, fundas revistas, y da a conocer los brotes de su poesía. La separata sabatina de “El mundo al día” publicó una semblanza agregada a Siglo XV y Canción pierrotesca en gris y blanco, de aquellos tímidos poemas de adolescencia. No es todavía el poeta de las negritudes, sino el poeta negro, adjetivo que obedece al color de su piel. Poco después El Tiempo publica La Cumbia, el primer grito negro en la poética colombiana, junto con Añoranza de la tierra nativa, Sinfonía de la hora más gris y Sabática, con una muy sobria presentación del poeta magdalenense Oscar Delgado explicando las preocupaciones temáticas de Artel que rondan la negritud, y en estos poemas es explícita su preocupación por los temas de la afrodescendencia.

Artel estudiaba con ahínco las modalidades artísticas con influencias de lo afro, indagando el origen de la emoción negra, su carácter sociológico y las repercusiones de carácter estético conoció la cultura de los negros surgida en pueblos africanos como Sudán, Camerún, Sierra Leona y Liberia, descubre  en el idioma árabe obras de literatura escritas por autores negros, reconoce la expresión cultural de los reinos negros de Kharta, Ghana, Kongo, Etiopía y Dahomey, cuyos descendientes fueron transplantados al continente americano durante el cruento período de la esclavitud. Y concluye que la música y la poesía son las maneras esenciales con que se expresan los sentimientos raciales.

Al regresar a su ciudad natal, cinco años más tarde, reanuda su vinculación a “El Mercurio” e inicia allí una serie de crónicas plagadas de altas dosis de humor y sátira, trabaja como ayudante en la oficina de abogados de Víctor Carrasquilla del Portillo, y hace política en las corrientes de izquierda durante el gobierno de López Pumarejo. Una de esas noches de juerga, luego participar en un fandango, escribe los poemas Rincón de mar y Ahora hablemos de Gaitas.

Fueron aquellos los días de la publicación de “Tambores en la Noche”, su gran libro de poemas negros y marinos, que encontró un gran aliado en Aníbal Esquivia Vásquez y la complicidad de Moisés Pinaud para hacer el tiraje en su imprenta. Artel había publicado en Bogotá algunos de estos poemas, los primeros, en “El Tiempo”, con unos grabados del pintor francés Pierre Daguet,

Al percibir que su voz poética, no es divulgada con suficiencia, se lanza a la conquista de América. Inicia en 1948 una larga gira por Maracaibo y Caracas, en Venezuela, luego visita República Dominicana, Cuba, Nueva York y México, recorre finalmente toda Centroamérica hasta llegar a Panamá, para regresar de nuevo a su país poco más de 23 años después. En ese largo recorrido Artel acentúa la indagación y sus preocupaciones raciales, de tal manera que, además de su obra literaria, lo hace extensivo a otras manifestaciones como entrevistas, crónicas, recitales y conferencias utilizando los más disímiles escenarios con gran interés en difundir su pensamiento.

En el oriente cubano escribió Fenecida emoción de Cuba, Barlovento, y Playa Varadero. De su período en Nueva York son El mismo hierro, y Palabras a la ciudad de Nueva York, en Texas fecha La ruta dolorosa, todos poemas con transfondo racial. Artel investiga las costumbres y realidades de los negros americanos, algunos de sus escritos reflejan ese entusiasmo por el jazz band. Sus poemas Dancing y Al drummer negro de un jazz-sesion son claro ejemplo de ello. En sus escritos hace homenajes a representantes de la raza negra como Josephine Baker, Camilla Williams, Paul Robenson, Mary Enderson y Paul Witheman.

Al tropezar en esta labor con la obra literaria de Langston Hughes, en su concepto el primero de los poetas negros de Norteamérica, forja una gran admiración. De su dolor ancestral, es esta expresión que hizo suya el poeta cartagenero: Yo también soy América. / Soy el hermano negro.

En Nueva York se presentó en Columbia University como un poeta indomulato nacido a la orilla del mar. El tema central de sus disquisiciones fue el concepto del mestizaje como expresión genuina de lo americano. “Insistencia en América” es el título de esa conferencia. Apasionado como era por definir las características primordiales del hombre de nuestro continente, Artel difunde su tesis acerca de las mezclas raciales para que Latinoamérica desarrolle su tipismo. Afirmaba su convicción de que América no ha logrado su ubicación histórica como producto resultante de su mestizaje racial.

Hoy, al recordar al poeta de las negritudes tras 115 años de su nacimiento en la heterogénea ciudad amurallada que todavía es Cartagena de Indias, acontecen numerosas causas reivindicativas que delatan la presencia de prácticas discriminatorias. Desde entonces subsiste un soterrado empecinamiento de ciertos personajes, algunos fungen como redentores de una sociedad en franco declive, otros sostienen la lanza del racismo enhiesta, los de menor acervo se escudan en la crítica histórica o  literaria, todos con la idea de sumir en la incertidumbre el gran valor de los aportes culturales de los afrodescendientes y, sobre todo, de Jorge Artel,  singular poeta cuya temática preferida -quizás sea la escueta razón de esa peste del olvido en que los poderosos gobernantes de esta región han sumido su tarea reivindicadora- fueron los asuntos de la configuración de un pensamiento sobre la angustia y el dolor racial, como un concepto de humana filosofía.

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