Nosferatu: Cien años de insomnio

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Ilustración de la película Nosferatu

Fue calificado como “el inmundo”, el “no muerto”, y la sola invocación de su nombre podía convertirse en el llamado mefistofélico que lo atrae y resucita

Alberto Acevedo

Bajo la dirección del muy afamado y talentoso director de cine Friedrich Wilhelm Murnau, el 15 de marzo de 1922 se estrenó en Alemania la película Nosferatu, que pretendía llevar al celuloide la vida del conde Drácula, plasmada en un relato del también meritorio escritor Bram Stoker.

El autor del libro ya había fallecido y le sobrevivía su esposa, a la que no le gustó para nada la idea de la película, e interpuso los recursos legales para que el proyecto no se llevara a cabo. Esta oposición tuvo dos efectos prácticos: Uno, que la trama cinematográfica no podía ajustarse a la versión literaria de Drácula, y el corredor de bienes raíces Jonathan Harker se llamó Hutter y su esposa Mina se convirtió en Hellen. Pero también el enigmático Drácula pasó a llamarse el conde Orlock.

La otra consecuencia es que, terminado y estrenado el filme, una instancia legal obligó a Murnau a destruir todas las copias que tuviera de la película, lo que en efecto se hizo. Por fortuna, aficionados al séptimo arte habían sacado unas copias fuera del país, y el mundo no se privó de una versión cinematográfica que la posterioridad calificó no solo como una de las mejores en su género, sino como muestra del expresionismo alemán. Como el personaje de la obra, la cinta logró resurgir de su tumba para convertirse en un clásico del cine.

Quiere una esposa

En el argumento del director Murnau, Hutter, el corredor de bienes raíces, necesita vender un inmueble cuyo propietario es el excéntrico conde Graff Orlov. El conde, en realidad es un vampiro milenario, que esparce el terror en la región de Bremen, y que, en medio de su agobiante soledad, pone sus ojos en la bella Hellen, la mujer de Hutter.

Nosferatu fue calificado como “el inmundo”, el “no muerto”, y la sola invocación de su nombre podría convertirse en la invocación mefistofélica que atraiga su persona, la reviva. Para los habitantes del planeta en ese momento, la presencia de Nosferatu era sinónimo de terror. Donde quiera que se moviera, cundía la peste, muy superior a la del covid que hoy de nuevo asola la tierra.

Asquerosas ratas invadían las viviendas, los mercados, las funerarias y contagiaban lo que tocaran a su paso. Las enfermedades acababan vidas en forma masiva. Desde entonces, hasta hoy, Nosferatu se resiste a morir. Y sus crímenes los comete al amparo de la noche y en las madrugadas, trayendo como herencia el insomnio de millones, que saben que, si cierran los ojos y sucumben ante el sueño, pueden ser presa de las garras de la bestia. O mejor, de sus colmillos siempre insaciados. Por eso no son solo cien años de la película. Son cien años de insomnio para sus potenciales víctimas.

Desdoblamiento

Puesto que Nosferatu, o su versión original, Drácula, son la encarnación misma del demonio, sea la oportunidad para recordar que la figura del diablo ha estado siempre presente en la literatura, la música, la pintura, y otras expresiones del arte. En Colombia, hay al menos un municipio donde anualmente se celebra la fiesta del diablo.

En la mitología antigua existieron dos deidades, Íncubo y Súcubo, ambas encarnaciones del demonio. Íncubo representa la capacidad del demonio de convertirse en un hombre hermoso, atractivo, de especiales encantos, en un Adonis capaz de seducir a atractivas mujeres para perder su alma, y arrastrarlas al Averno.

Un Íncubo puede tener relaciones sexuales con una mujer, para convertirse en padre de un niño que perpetúe su especie. En la célebre película El exorcista, se registra uno de tales casos.

En el mundo de las letras

El Súcubo es la versión contraria, la propiedad que tiene el demonio de convertirse en una mujer atractiva para seducir a los varones, sobre todo adolescentes; también a los monjes, a las religiosas de los monasterios (y hasta a los periodistas de VOZ, si existiera alguna de ellas por estos lares). Se dice que son mujeres de una extraordinaria belleza, incandescente; de una belleza no terrenal. También actúan en la noche, siguiendo la tradición de Nosferatu.

En El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, Fermina Daza se refiere a Florentino Ariza, indicando que “parece ser un súcubo perdido”. En el Popol Vuh, Lilith, la primera esposa de Adán, es un súcubo.

En El evangelio según Jesucristo, una hermosísima obra de José Saramago, cuando el hijo de Dios está a punto de cumplir su misión en la Tierra, y antes del sacrificio de la Cruz, camina un día de invierno por una tranquila playa junto al mar. Las aguas están cubiertas por una espesa neblina. Los pescadores tienen el agüero de que, con neblina en el mar, es mejor no pescar. Trae mala suerte.

Ritual para invocar íncubos y súcubos

Origen de todos los males

Jesucristo siente una extraña atracción y se adentra en la bruma en una pequeña barcaza. Más al fondo, descubre una especie de círculo, luminoso y soleado. Allí se aparece el Padre eterno, que lo llama a rendir cuentas de su misión.

La sorpresa es que, a un costado de la embarcación, se aparece el demonio, no para tentar a Cristo, sino al propio Creador. “No lo mires”, le dice el padre a Jesucristo. “Es la encarnación de todos los males sobre la tierra, es lo peor. El diablo se defiende: “Tampoco vengas a echarme la culpa de todo lo malo que pasa en el mundo. Al fin y al cabo, soy creación tuya. ¿No te ufanas de que no se mueve la hoja de un árbol sin la voluntad de Dios?”

Después de una larga retahíla de recriminaciones mutuas, el diablo le propone a Dios un pacto. “Me arrepiento de todo lo malo que he sido. Te pido que me dejes volver a lo que era, un arcángel. Ocuparía con humildad el último puesto en la fila, y se acabaría el mal”. Dios le respondió: “No, eso no me conviene. Si en la tierra no hubiera un referente del mal, los hombres terminarían olvidándose de mí”.

Este muerto no lo cargo yo

En un ejemplar de la revista Ojo de agua, que reposa en la biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, hay un número dedicado por entero a la presencia del demonio en la literatura. Cuenta un autor que el mismísimo Satanás quiso un día venir a la Tierra y congeniar con sus potenciales víctimas. Se trasformó para ello en un atractivo y joven muchacho. Llegó a un puerto de pescadores, sobre el mar.

Caminando por sus calles, se tropezó con una preciosa muchacha. Se cruzaron las miradas, se produjo una extraña atracción entre los dos. Comenzaron una relación que parecía prometedora. Y ella, pensando en su futuro, le dijo al muchacho: “Tienes que ir a mi casa, conocer a mi familia. Te voy a presentar a mi mamá”.

En ese justo momento, el diablo tuvo conciencia de que existían las suegras y de lo que ellas representaban: “prefiero regresarme a los profundos infiernos -se dijo-, a freírme en la paila. Me abro del parche, me piso, pero una suegra, jamás”.