martes, junio 25, 2024
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Nazismo no es socialismo

Parte de la guerra cultural orquestada por la CIA desde 1947 consistió en equiparar al comunismo con el nazismo, proyectos diametralmente opuestos, pero supuestamente encontrados porque su intención última de anular al individuo desde el Estado

Alejandro Cifuentes

Como de costumbre, en días pasados un mensaje de María Fernanda Cabal causó revuelo en la opinión pública. Las críticas llovieron a la senadora uribista por cuenta de su comparación de nazismo y socialismo, pues según ella ambas ideologías son iguales, en tanto responden a proyectos totalitarios que anulan al individuo.

Para algunas personas esto es una muestra más de la ignorancia de la Cabal. Sin embargo, las afirmaciones no son una excepcional ligereza de una senadora obtusa. Por el contrario, semejante comparación es cada vez más común. Baste con recordar que el Parlamento Europeo insiste en equiparar nazismo y estalinismo al conmemorar a sus víctimas en una misma fecha, y además –en un descarado acto de revisionismo– responsabiliza a la Unión Soviética del estallido de la Segunda Guerra Mundial, asegurando que todo fue un entendimiento entre regímenes totalitarios. De hecho, lo afirmado por la Cabal tiene sustento en las ideas de Hannah Arendt.

El socialismo y la crítica a la modernidad

El socialismo es una tradición de extensa trayectoria. Su historia se remonta a finales del siglo XVIII, cuando los sectores más radicales de la Revolución Francesa buscaron terminar con el orden burgués surgido de la misma Revolución para crear una sociedad igualitaria.

Durante la primera mitad del siglo XIX, en Francia e Inglaterra, ante el avance del capitalismo, y la barbarie social que conllevaba, fueron apareciendo críticas al nuevo sistema, así como propuestas de sociedades alternativas sin pobreza e injusticias. Figuras como Owen, Blanqui o Proudhon, le fueron dando forma al socialismo, que surgió tanto en las denuncias de las míseras condiciones de vida que la burguesía le imponía a la naciente clase obrera, así como en su convencimiento de que era posible una sociedad sin explotación humana.

Pero conforme el capitalismo se desarrollaba, las críticas a la modernidad se iban haciendo más certeras. Marx y Engels se dedicaron entender cómo funcionaba este modo de producción, las fuerzas sociales que operaban en él y los conflictos que desataban. En su obra establecieron que el poder de la burguesía se basa en su control sobre los medios de producción y que su riqueza proviene de la explotación del trabajo humano por medio del salario. Y al mismo tiempo, sus análisis y críticas les demostraron de que una sociedad distinta al capitalismo no solo era necesaria sino posible, pues el capitalismo fue creado por la acción humana, y por lo tanto la acción humana puede transformarlo y superarlo, justo como ya había ocurrido en el pasado con otras sociedades.

Tales ideas inspiraron las experiencias revolucionarias del siglo XX, como en Rusia, China y Vietnam. Todos estos proyectos tienen en común que desarrollaron países enteros sin la propiedad privada como eje central, mientras mejoraban las condiciones de vida de las clases populares. Además, inspiraron luchas emancipadoras por todo el mundo, como las que contribuyeron a la descolonización de Asia y África.

Además, las fuerzas políticas que se reivindicaban como socialistas fueron las primeras en plantar cara al fascismo: desde los comunistas italianos que desafiaron a Mussolini, hasta las fuerzas republicanas que en España enfrentaron a Franco, compuestas de hombres y mujeres trabajadores que llegaron de todo el mundo decididos a enfrentar el fascismo porque lo consideraban una amenaza para la humanidad.

Fascismo y capitalismo

En contrapartida, el fascismo surgió durante las primeras décadas del siglo XX como una respuesta de las potencias capitalistas al avance de la revolución y a los problemas emanados de la crisis.

La revolución de 1917 desató un movimiento revolucionario en buena parte de Europa. En países como Alemania, Hungría, Polonia o Italia muchas de las fuerzas contrarrevolucionaria estaban conformadas por grupos que se convirtieron en el germen de los futuros movimientos fascistas. Tal es el caso de los Freikorps, los paramilitares de los que se sirvió el gobierno alemán para derrotar a la revolución en 1919 y de los cuales se alimentó el partido nazi en sus primeros años.

Pero la amenaza revolucionaria no terminó con la derrota de los concejos en Bavaria, Budapest o Turín. Los bolcheviques prevalecieron durante la dura guerra civil y desde 1922 le dieron forma a un nuevo Estado obrero, con democracia popular y un desarrollo económico basado en la propiedad colectiva y estatal, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, país que no se vio sacudido por la crisis económica de 1930. El temor a la URSS fue uno de los elementos que espoleó la política interna y externa de muchas potencias occidentales y el fascismo fue considerado pieza clave de su estrategia.

Mientras que en países como Italia, España, Alemania, Polonia, Grecia y Hungría el fascismo pasó a controlar el Estado refrenando a los movimientos populares, en Inglaterra y Francia, donde imperaban democracias liberales, consideraron que el fascismo podía resultar fundamental para acabar de una vez por todas con la URSS.

La diplomacia de las potencias de Europa occidental durante la década de 1930 buscó apaciguar a Hitler con el objetivo de que este dirigiera primero sus cañones contra los soviéticos, justo como quedó demostrado en los pactos de Múnich en 1938, donde prácticamente se legalizó la ocupación alemana de Checoslovaquia. Pero la potencial guerra con la URSS además sería una confrontación que pondría fin a la crisis, reactivando la producción de bienes capital (como eventualmente ocurrió con la Segunda Guerra Mundial).

No en vano ya en 1935 Georgi Dimitrov definió al fascismo como “la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero” y señaló que mediante este proyecto las potencias capitalistas trataban “de resolver el problema de los mercados mediante la esclavización de los pueblos débiles, mediante el aumento de la opresión colonial y un nuevo reparto del mundo por la vía de la guerra”.

Los totalitarismos

Al final de la Segunda Guerra Mundial, la URSS contaba con una amplia legitimidad y popularidad a nivel mundial, pues se reconocía ampliamente su rol en la derrota del nazismo. Por eso, el primer campo de batalla de la Guerra Fría fue el cultural. Estados Unidos concentró sus esfuerzos en deslegitimar al comunismo y a la URSS, para lo que se valió de la recién creada CIA.

Parte de la guerra cultural orquestada por la CIA desde 1947 consistió en equiparar al comunismo con el nazismo, proyectos diametralmente opuestos, pero supuestamente encontrados porque su intención última de anular al individuo desde el Estado. El artífice de esta idea fue la filósofa alemana Hannah Arendt.

En 1942 Arendt ensalzaba a la URSS por haber terminado con el antisemitismo y en 1945 escribía sobre los logros de ese país confrontando los conflictos de nacionalidades. Seis años después, la alemana, instalada en los Estados Unidos y moviéndose en círculos de intelectuales que la CIA se esforzaba en financiar, publicó Los orígenes del totalitarismo, obra que terminó de darle definición al concepto de totalitarismo, poniéndolo al servicio de occidente en su confrontación con los comunistas, pues equiparaba a la URSS de Stalin con el Reich de Hitler.

Arendt ni siquiera se refería al fascismo en general como una ideología totalitaria, sino específica al nazismo, con lo que le evitaba la odiosa comparación a Portugal y España, países aliados de Estados Unidos en su confrontación con el Este, gobernados por fascistas que debían su existencia a la cooperación con los nazis.

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