Más allá de la marcha contra Petro

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Aspecto general de la marcha convocada por el Centro Democrático y sectores de la ultraderecha. Foto Twitter Gustavo Petro

Se realizó́ la primera movilización en oposición a las políticas progresistas que lidera el gobierno del Pacto Histórico. La ciudadanía que salió a las calles se caracterizó por un discurso agresivo y anticomunista, en defensa de la moral tradicional y el continuismo

Julián González

Aunque esto no es una novedad, ya que se ha venido describiendo y pronosticando desde finales del siglo pasado con el avance de los populismos de derecha en todo el mundo, los casos concretos, como el de Colombia, resultan bastante productivos para el análisis.

Como resultado contundente de la marcha del pasado lunes 28 de septiembre, se reafirma la tesis sobre la manera en que se estructura el discurso populista de la “ultraderecha”. No es interés de este artículo ahondar en el tema, pero, en términos generales, nos referimos a grupos que se presentan como defensores radicales de la fe católica y su tradición moral –promoviendo una guerra cultural con el progresismo liberal–, pero que, en los hechos, sus principios se fundamentan principal y prioritariamente en la lógica fría y descarnada del mercado.

Como se pudo observar con mucha claridad en la marcha, los ciudadanos opositores, no se movilizaban, en última instancia, realmente objetando algún contenido específico (políticas, programas, reformas, etc.). Por más que en sus mismos carteles estuvieran definidos dichos contenidos, al ser abordados por periodistas, casi sin excepción quedaban anulados: la marcha era contra un “enemigo”, eso era todo lo que tenían claro.

Odio irracional

Las semejanzas son tan abrumadoras con respecto al odio irracional que en otro momento movilizó a la ultraderecha en Alemania contra los judíos, que puede llegar a ser atemorizante, sobre todo, si tenemos en cuenta que el “neofascismo” contemporáneo ya no promueve un tipo de sociedad “ideal” (Nacional Socialismo, corporativismo sindicalista, etc.); una sociedad  imaginada a partir de un principio moral, quizás errado, pero, de cualquier forma superior al egoísmo individualista del capitalismo salvaje.

Los manifestantes de aquella jornada se podrían agrupar en distintas categorías, pero, para hacer una descripción muy superficial y general podríamos decir que era dos tipos comunes: Primero, personas de avanzada edad que repetían presupuestos popularizados por la campaña populista de derecha, pero sin ningún conocimiento puntual sobre el programa o las políticas que pretende establecer el gobierno.

Y, segundo, algunos más jóvenes que, aunque precisaron sus críticas mediante cuestionamientos más específicos, el hecho de que la crítica pudiera ubicarse en tan distintas posiciones, señala que, detrás de ellas, existe una posición ideológica de odio irracional:  no importan realmente los contenidos con tal de que el “enemigo” fuera despreciado.

Primero, desde la exigencia de progresividad tributaria, la cuestión del salchichón y la gasolina (objeción que fundamentó casi toda la explosión social adelantada en el paro nacional contra el anterior gobierno de derecha. Lo segundo, la defensa a las EPS, un tema en el que acuerda toda la población –no existe persona, de izquierda o derecha, que no haya despreciado en algún momento estas “empresas”–. Finalmente, el falso patriotismo con el que se defiende a las fuerzas armadas y la policía (recordemos que la derecha considera el encubrimiento y la negación de la bancarrota de algunas instituciones como un gesto “patriótico”).

El fanatismo religioso

Estas dos categorías de personas también pueden compartir, bajo las mismas determinaciones, un odio irracional al gobierno actual promovido por el mismo populismo de derecha, pero utilizando como mecanismo de movilización la religión católica (recordemos que en uno de los volantes entregados se utilizaban palabras rituales del exorcismo).

La estrategia es bastante simple: el gran “logro” del engaño populista de la ultraderecha, es decir, de la derecha neoliberal, ha sido estigmatizar cualquier demanda de “justica social” como “comunismo”. Pero la jugada realmente interesante, ha sido la de establecer el falso dilema: Capitalismo o comunismo, de modo que, si usted objeta el libre mercado y los principios del liberalismo económico, usted inmediatamente es un “comunista”; y, en extensión, el comunismo, entendido bajo la ingenua regla del sentido común como “materialista”, se vulgariza como antiespiritualisita, es decir, ateo.

Hasta el mismo Papa Francisco ha sido señalado como hereje y blasfemo, como el “papa negro”, al promocionar, como lo dicta la misma Doctrina Social de la Iglesia que los principios del liberal-capitalismo son pecado y que el mercado debe ser regulado por medidas que limiten su avance destructor.

Control y censura constantes

El alienado en este adoctrinamiento ideológico del populismo de derecha, con toda su ira y odio irracional contra Petro, no es lo suficientemente radical para percibir el vínculo entre las consecuencias de abrazar el libre mercado (y sus principios constitutivos) y la decadencia moral incorporada en secularización de sus creyentes.

El jurista Robert H. Bork en su célebre texto Caída hacia Gomorra termina en un similar callejón sin salida típico de la ideología: “La industria del entretenimiento no le impone la depravación a un público estadounidense que no la desea. La demanda de decadencia está allí. Ese hecho no disculpa a quienes venden ese degradado material del mismo modo que la demanda de crack no excusa al dealer. Pero debemos recordar que la falta está en nosotros, en la naturaleza humana, no impulsada por fuerzas externas”.

Aquí Bork despliega su cortocircuito ideológico. En lugar de apuntar hacia la lógica inherente del propio capitalismo que, para poder sostener su reproducción expansiva, debe crear nuevas y nuevas demandas, y admitir de este modo que al luchar contra la “decadencia” consumista está combatiendo una tendencia que persiste en el núcleo mismo del capitalismo, se refiere directamente a la “naturaleza humana” que, librada a sí misma, termina por solicitar depravación, y en consecuencia se necesita un control y una censura constantes: “La idea de que los hombres son criaturas naturalmente racionales y morales, sin la necesidad de fuertes restricciones externas, ha sido completamente desmentida por la experiencia. Existe un fuerte y creciente mercado para la depravación, e industrias exitosas dedicadas a proveerla”.

Las contradicciones 

La ultraderecha colombiana, es decir, el populismo neoliberal de derecha, produce y reproduce esta ceguera en función del mantenimiento de su principio fundamental: el individualismo neoliberal.

De modo que, los seguidores manipulados de derecha no logren percibir que, al combatir contra la disoluta y permisiva cultura liberal, combaten la necesaria consecuencia ideológica de la economía capitalista desatada, a la que ellos apoyan plena y apasionadamente: su lucha contra el enemigo externo es la lucha contra el reverso de su propia posición.

Hace tiempo, liberales inteligentes como Daniel Bell formularon esta paradoja bajo el título de “Las contradicciones culturales del capitalismo”.