Los días finales del Libertador Simón Bolívar

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Libertador Simón Bolívar

La puñalada letal, la que significó su herida de muerte, fue el 4 de junio de 1830, cuando le informaron que su heredero político, su soldado fiel y predilecto, su escogido sucesor, Antonio José de Sucre, el Gran Mariscal de Ayacucho, había sido asesinado en las Montañas de Berruecos

José Luis Díaz-Granados

El 25 de septiembre de 1828, un grupo de jóvenes provenientes del Colegio de San Bartolomé, muy allegados en lo personal y en lo político al general Francisco de Paula Santander, enemigos jurados del presidente de la Gran Colombia, el general Simón Bolívar, deciden asesinar al gobernante por haber desmontado -según ellos-, las reformas liberales y restablecido regímenes de impuestos como el de la alcabala y el alza de los intereses a diferentes comercios y a quien tildaban de dictador.

Eran jóvenes letrados de “manos blancas” -según expresión usada por el expresidente Alberto Lleras Camargo en sus Memorias, por supuesto, para defender la honra de su abuelo Lorenzo María Lleras, incitador de la conspiración santanderista-, que decidían con cierta autosuficiencia los destinos de una república recién nacida, a espaldas del inconmensurable país rural y de los millares de soldados patriotas que habían vencido heroicamente el despotismo del imperio español.

El poeta bogotano Luis Vargas Tejada, quien pocos meses antes era un exaltado adorador del Libertador, ahora rasgaba sus vestiduras, y escribía en tono amenazante estrofas como esta:

Si a Bolívar la letra con que empiezan y aquélla con que acaba le quitamos, «oliva» de la paz símbolo hallamos.
Esto quiere decir que la cabeza al tirano y los pies cortar debemos si es que una paz durable apetecemos.

Vargas Tejada y otros santanderistas fervorosos e impacientes, después de reunirse con cierta periodicidad, optaron por el inmediato asesinato del Libertador. Uno de los conjurados, Florentino González, refirió en sus Memorias, muchos años después, que los jóvenes pusieron en conocimiento del general Santander los planes homicidas y que éste, sólo pidió que lo hicieran cuando él se encontrara ausente de Bogotá, para que así no lo tacharan de culpable directo del crimen.

Los conspiradores

La noche del 25 se encontraban en el Palacio de San Carlos, Bolívar, Manuelita Sáenz, y la guardia personal del Libertador. Cerca de la medianoche irrumpieron los insurrectos (algunos de ellos negaron después haber estado allí, aunque no su respaldo entusiasta al atentado), entre los cuales estaban: Pedro Carujo, Emigdio Briceño Guzmán, Luis Vargas Tejada, Juan Nepomuceno Vargas, Florentino González, Ramón Nonato Guerra, Wenceslao Zuláibar, Juan Francisco Arganil, Pedro Celestino Azuero, Agustín Horment, Teodoro Galindo, Rafael Mendoza, Juan Miguel y Joaquín Acevedo, Juan Hinestrosa, Mariano Escovar, Rudesindo Silva, José Ignacio López, Ezequiel Rojas y Mariano Ospina Rodríguez. (Resalto cada uno de sus nombres para que jamás de los jamases puedan ser olvidados por los bolivarianos y bolivarianas de los tiempos presentes y futuros).

Como todos sabemos, Bolívar saltó por la ventana que da a la calle, por sugerencia de Manuelita. Esa noche, invadida por el impenitente frío del páramo, la pasó Bolívar bajo el puente del Carmen, en compañía de su fiel repostero José María Meneses, escasamente abrigado, lo que incrementó la enfermedad pulmonar que lo llevaría al sepulcro.

Los frustrados homicidas, al no encontrar rastros de su objetivo, huyeron despavoridos del palacio y de la ciudad y solo pudieron retornar al país luego del fallecimiento del Libertador, 26 meses más tarde. Vargas Tejada murió ahogado meses después cuando intentaba vadear un río en los Llanos Orientales. Mariano Ospina logró huir a Guasca y de allí se encaminó a las montañas de Antioquia donde se unió como secretario del sublevado general José María Córdoba. 

Rumbo a Europa

Vencido y ejecutado Córdoba por las tropas del general Daniel Florencio O’Leary, uno de los hombres más leales al Libertador, se ordenó el fusilamiento de Ospina, pero éste de nuevo logró salvarse, ocultándose cerca de la población de Santa Rosa de Osos. Otros condenados a muerte por el atentado septembrino, entre ellos el general Santander, Ezequiel Rojas y Florentino González, fueron indultados por el propio Presidente-Libertador, quien volvió a gobernar ya sin el sosiego de otros días, y con la profunda tristeza de ver disolverse el sueño de su vida política: la unificación de Venezuela, la Nueva Granada y Ecuador, la Gran Colombia.

En marzo de 1830, Bolívar renunció a la presidencia y en mayo decidió viajar a Europa en busca de reposo, afecto y tranquilidad. Desafortunadamente su salud se agravaba con el pasar de los días y el atentado de septiembre lo había golpeado en lo más hondo de su espíritu. Pero la puñalada letal, la que significó su herida de muerte fue la ocurrida el 4 de junio de ese mismo año, cuando le informaron que su heredero político, su soldado fiel y predilecto, su escogido sucesor, Antonio José de Sucre, el Gran Mariscal de Ayacucho, había sido asesinado en las Montañas de Berruecos.

«Yo pienso, escribió Bolívar, que la mira de este crimen ha sido privar a la patria de un sucesor mío. ¡Santo Dios! -agregó- ¡Se ha derramado la sangre de Abel! La bala cruel que le hirió el corazón, mató a Colombia y me quitó la vida”.

Era el fin. Como bien lo recreó Gabriel García Márquez en El General en su laberinto, su portentosa reinvención de los últimos días del Libertador:

En una casa de campo

El general Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios se iba para siempre. Había arrebatado al dominio español un imperio cinco veces más vasto que las Europas, había dirigido veinte años de guerras para mantenerlo libre y unido, y lo había gobernado con pulso firme hasta la semana anterior, pero a la hora de irse no se llevaba ni siquiera el consuelo de que se lo creyeran. El único que tuvo bastante lucidez para saber que en realidad se iba, y para dónde se iba, fue el diplomático inglés que escribió en un informe oficial a su gobierno: ’El tiempo que le queda le alcanzará a duras penas para llegar a la tumba’”.

El 1° de diciembre de 1830, llegó Bolívar a la ciudad de Santa Marta, una de las pocas provincias que permanecían leales a la monarquía española. Paradójicamente, en ese hermoso puerto podía gozar de tranquilidad y seguridad. Por esas extrañas coincidencias del destino, el obispo José María Estévez había dado refugio en la Diócesis al conspirador Florentino González, hecho por el cual no estuvo nunca cerca del genio de América en sus días finales.

El comerciante español Joaquín de Mier y Benítez, muy afecto al Padre de la Patria, le ofreció su casa de campo, situada a una milla de Santa Marta y hacia allá se dirigió el moribundo general diez días después de su llegada a la ciudad. Allí, en la Quinta de San Pedro Alejandrino, donde hoy nos congregamos con respeto y veneración, atendido por el médico francés Alejandro Próspero Reverend, dictó su última proclama donde perdona a sus enemigos y hace sus últimos votos por la felicidad de la patria:

Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro.

Y vuelve nuestro Gabo, el épico fundacional de los siglos futuros, a recrear la última noche del genio caraqueño:

Su último suspiro

“Examinó el aposento con la clarividencia de sus vísperas, y por primera vez vio la verdad: la última cama prestada, el tocador de lástima cuyo turbio espejo de paciencia no lo volverá a repetir, el aguamanil de porcelana descarchada con el agua y la toalla y el jabón para otras manos, la prisa sin corazón del reloj octogonal desbocado hacia la cita ineluctable del 17 de diciembre a la una y siete minutos de su tarde final. Entonces cruzó los brazos contra el pecho y empezó a oír las voces radiantes de los esclavos cantando la salve de las seis en los trapiches, y vio por la ventana el diamante de Venus en el cielo que se iba para siempre, las nieves eternas, la enredadera nueva cuyas campánulas amarillas no vería florecer el sábado siguiente en la casa cerrada por el duelo, los últimos fulgores de la vida que nunca más, por los siglos de los siglos, volvería a repetirse”.

El 17, Simón Bolívar exhaló su último suspiro y meses después expiró también la Gran Colombia, que presidía el general Rafael Urdaneta. Lejos de cumplirse los sueños de unión de Bolívar, dos de los antiguos conspiradores septembrinos, Ezequiel Rojas y Mariano Ospina Rodríguez, fundaron lo que después se conoció como el águila bicéfala del bipartidismo: los partidos liberal y el conservador, que como sabemos, fueron los soportes políticos, ideológicos y religiosos que hicieron gobierno entre innumerables levantamientos populares, guerras civiles, persecuciones y hemorragias fratricidas durante más dos siglos. Y además, fueron los pilares políticos y jurídicos de la desdichada Colombia que sigue sobreaguando en el siglo XXI.

Crecerá su gloria

No resisto la tentación de aludir a un episodio histórico que me concierne en lo familiar y en lo personal: después de las exequias, el cuerpo del Libertador fue depositado durante nueve días en la bóveda de la familia Díaz-Granados, para luego ser trasladado a otra sepultura. Seis años después, un sismo destruyó parte de la cripta, y los restos de Bolívar fueron llevados nuevamente al sarcófago de la citada familia, situada en la Nave de la Epístola, al lado derecho del Altar Mayor de la Catedral de Santa Marta. Allí permanecieron los restos del Libertador hasta el 17 de diciembre de 1842, doce años después del deceso, cuando una comisión al mando del último presidente de la Gran Colombia, el General Rafael Urdaneta, con la grandeza purísima de su lealtad y fidelidad para con Bolívar, hizo cumplir su más ardiente deseo final: el de reposar para siempre en Caracas, su ciudad natal.

El genuino, el verdadero pensamiento político de Simón Bolívar, tantas veces desviado, tergiversado, ninguneado y echado al olvido de los bronces y las interpretaciones acomodaticias, de quien quiso hacer de Colombia la más grande nación del mundo, no tanto por su extensión y riquezas sino por su libertad y su gloria, despierta cada cien años cuando despierta del pueblo, como lo vaticinó Pablo Neruda en su Canto a Bolívar. Y con respecto a su gloria, ya lo había anticipado de manera visionaria José Domingo Choquehuanca en la “fortaleza roja” de Pucará, en 1825: ésta, como lo estamos viendo 235 años después, en todos los puntos de Nuestra América: crecerá con los siglos como crecen las sombras cuando el sol declina.