28 de junio: el enemigo a combatir es la “civilización”

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Manuel Antonio Velandia Mora

Los jóvenes, en general, no conocen la historia de la lucha por los derechos de las minorías sexuales en Colombia; bueno, también es verdad que algunos se reconocieron homosexuales, lesbianas, bisexuales, trans, intersexuales o queer hace pocos años y muchos de ellos nacieron después de la primera de tres décadas de trabajo organizativo. Cabe aclarar que también algunos adultos, incluso algunos bastante mayores, también la ignoran.

Cuando en 1977 Manuel Antonio Velandia Mora asumió la propuesta de Ben-Hur León Zuleta Ruiz (1952-1993) de reunir y organizar a hombres homosexuales en Bogotá nunca pensó que de ese puñado de jóvenes surgiría el Movimiento homosexual colombiano, León tampoco imaginó unos días antes al dar una entrevista que una “pequeña inexactitud” de 10 mil miembros en las cifras de la cantidad de los homosexuales militantes en Colombia sería significativa en la movilización social de esta minoría.

Desde los primeros momentos de discusión teórica y práctica organizativa tanto en Bogotá como en Medellín tuvimos claro que la homosexualidad no es una disyunción a la heterosexualidad y que en sí misma es germen de opresión, estigma y discriminación; razones que nos fueron y siguen siendo suficientes para hacer del derecho a ser homosexual una lucha política y económica, luchas a las que pronto sumariamos y debemos seguir sumando la lucha cultural y sexual.

El paso más importante que dimos en la comprensión de la homosexualidad fue la de romper con la tradición revolucionaria de las izquierdas nacionales e internacionales que mantener escindidos lo público y lo privado. Al sacar nuestra homosexualidad del “closet” logramos que lo íntimo, lo privado y personal dejaran de ser secreto, vergüenza y motivo de homofobia internalizada: en un acto de militancia y expresión política hicimos pública nuestra identidad sexual en los diferentes espacios de socialización y en todos los ámbitos de la organización social.

Al participar abiertamente como homosexuales de los partidos y organizaciones políticas, y al hacerlo específicamente del movimiento estudiantil universitario y de los sindicatos de trabajadores con nuestras acciones sexual-políticas demostrábamos que estábamos en el seno de la sociedad y sus conflictos.

La crítica a lo que hasta ese momento era la “normalidad”, es decir a la heterosexualidad, la masculinidad, el machismo, la falocracia y la homofobia como formas de relacionamiento socialmente aceptadas, fueron y siguen siendo algo más de cuatro décadas después la crítica a los sistemas de funcionamiento y relacionamiento que de ella se derivan.

La homosexualidad, al no ser disyuntiva a la heterosexualidad, tampoco se opone a esta; la heterosexualidad no es una conquista como tampoco es una meta, de ahí que pasar por esta no sea una forma de liberarse sino precisamente una posibilidad para oprimirse, para negarse y excluirse, una forma de degradación. No es que como homosexuales, lesbianas, pansexuales o asexuados neguemos como objeto de deseo, erotismo, afectividad o genitalidad a la persona del otro sexo, sino que al tener que seguir el juego de la “normalidad” heterosexista, falocrática, misógina, binaria y cisgénero se nos oprime nuestro deseo, deseo que en ese momento también se veía (y sigue siendo) oprimido para las mujeres e igualmente para las lesbianas, los y las transexuales, los y las bisexuales y los y las personas intersexuales, las personas agénero, de género fluir o las que se mueven en el pensamiento filosófico y político Queer.

Jóvenes en la Marcha Diversa del Sur el pasado 26 de junio de 2022, en Bogotá. Foto Manuel Velandia

La importancia de los primeros aportes del movimiento homosexual estuvo en crear las condiciones teóricas, prácticas y emocionales para que otros homosexuales (y otras personas en otras identidades sexuales, de cuerpo, de género) pudieran, al igual que nosotros lo hicimos, darse cuenta de que la pervertización culpabilizada en la que querían ubicarnos tenía como su epigénesis lo que hasta ese momento era imposible: la abolición de los límites entre lo íntimo y lo público. De ello también se han dado cuenta personas no identitadas y post-identitarias.

Al ser el deseo, el erotismo, la genitalidad, el placer y las sexualidades construcciones socioculturales y la vivencia, explicación y emociones por ellas generadas eminentemente particulares, se pone en tela de juicio el significado de las masas y se incrementa el sentido de la marginalidad y la particularidad; por supuesto, para quienes hoy siguen ese modelo falocrático de la jerarquía de poder y la representatividad organizacional aun no es clara la relación entre el significante y el significado, por cuanto siguen creyendo que esos pequeños cambios conseguidos en la norma jurídica son el fin y no el medio para transformar la cultura y con ella la sociedad y sus relaciones de poder.

Tal vez por lo anterior el otro, la otra, le otre y lo LGBTIQ+ se vuelve el tema de discusión y el motivo de lucha, olvidando que la verdadera enemiga no es la otra organización o quien la representa, sino que lo es la civilización.

Participa como sujeto político en las actividades del orgullo LGBTI de tu ciudad.