La narrativa de una máquina de escribir

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Maquina de escribir Remington

Tirada en el suelo y carcomida por el moho, una vieja maquina de escribir le cuenta a VOZ las anécdotas de las personas que utilizaron el abecedario de sus teclas para plasmar con palabras sus inspiraciones literarias, sus pesares, sus amores y desamores

Arles Herrera (Calarcá)
@calarcaoficial

Monserrate amanece abrazado por grises y frías brumas, lo puedo ver desde la ventana de mi habitación. Es domingo, “¿Qué hacer hoy?”, me pregunto. Sin pensarlo dos veces decidí recorrer el Mercado de las Pulgas. Quiero que esos viejos objetos que allí venden me cuenten qué fue de sus vidas cuando eran novedad y estaban de moda. Quiero saber cómo se sentían luciendo en los espacios de las salas aristocráticas. También quiero saber de otros artefactos ubicados en modestos espacios en donde daban un toque alegría. Quiero saber qué sienten hoy cuando están tirados en el suelo en espera de que alguien quiera comprarlos.

¿Cuántos recuerdos, cuántos secretos guardarán aquellos objetos hoy vistos como cosas viejas?, ¿Fueron testigos de algo siniestro que no se atreverían a contar?, ¿Fueron vendidos para resolver alguna necesidad económica?, ¿O por qué ya no estaban de moda?, ¿Qué penas guardarán en sus empolvados diseños?, ¿O les pasará lo mismo que a muchos ancianos y ancianas que, para no sufrir los amargos recuerdos, prefirieron perder la memoria?

Lamento Borincano

Llegué al bullicioso Mercado de las Pulgas. Centenares de objetos yacen en el suelo exhibidos de manera triste, algunos son de gran valor artístico, otros de orden histórico. También hay aquellos que a pocos pueden importarle, excepto para alguien en particular.

Sigo recorriendo el popular mercado. Observo viejas revistas, portarretratos, algunos viejos lienzos con pinturas al óleo de santos, figuras de porcelana tipo francés, carátulas de viejos discos ilustradas con imágenes de cantantes y orquestas.

Me llamó la atención ver una caratula con la fotografía de la famosa orquesta cubana La Sonora Matancera y la imagen del inquieto Anacobero (vocablo africano, nombre dado a un diablillo o travieso) Daniel Santos, el cual como alias resultaba apropiado para su personalidad.

Leí una larga lista de nombres de canciones, entre otras, Yo no he visto a Linda, Bigote de Gato y la canción emblemática Lamento Borincano, composición del puertorriqueño Rafael Hernández. Con esta hermosa pieza musical de profundo contenido social, buena parte de la juventud de mi época nos sentimos identificados. La tragedia que narra la canción la siguen viviendo miles de campesinos en Colombia que pelean por una reforma agraria.

Concierto para maquina

En medio del olor a moho que produce el tiempo, vi algo maravilloso, una hermosa y vieja máquina de escribir Remington. ¡Qué maravilla!, ¿Cuántas cosas me podría contar esta hermosa obra de arte de bello diseño gótico? Me pregunté, ¿Qué dedos maestros de la música, mujeres y hombres, hicieron que de su teclado brotaran notas musicales? ¿Qué dedos de concertistas virtuosos de la música interpretarían en esta máquina la obra musical del compositor norteamericano Leroy Anderson ‘Concierto para máquina de escribir y orquesta’? Máquina que emite notas musicales cuando le presionan su teclado, notas metálicas, agudas, tac tac tac tac, rrrr tilín. Notas que armonizan con ritmo y medida de manera magistral con la gran orquesta. Me pregunto, ¿Escribiría en esta hermosa máquina de escribir el poeta antioqueño Porfirio Barba Jacob su poema cumbre ‘Canción de la vida profunda’?

…hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles, como en abril el campo, que tiembla de pasión; bajo el influjo próvido de espirituales lluvias, el alma está brotando florestas de ilusión…

¿El poeta Porfirio escribiría en esta máquina el poema: ‘Balada de la loca alegría’?

Mí vaso lleno -el vino de Anáhuac-
mi esfuerzo vano -estéril mi pasión-
soy un perdido -soy un marihuano-
a beber -a danzar al son de mí canción…

Porfirio dibujó bellamente con sus palabras a la mujer colombiana. También dibujó el aroma de la piñuela.
Aldeanas del Cauca con olor de azucena; montañeras de Antioquia, con dulzor de colmena.

Las Nubes

Ya no tuve necesidad de preguntarme si en esta máquina escribieron tales y tales hombres y mujeres, sino que la máquina de escribir me hizo una narrativa maravillosa tanto de personas anónimas como públicas que utilizaron el abecedario de sus teclas para plasmar con palabras sus inspiraciones literarias, sus pesares, sus amores y desamores.

Me dice la máquina de escribir que varios jóvenes escribían a sus novias: “te amaré eternamente”. Pero también comenta, “que mentirosos, un poeta con buen sentido del humor dijo: el amor eterno dura solo tres meses”.

–Aquí en donde usted me ve –continúa hablando la máquina– Raúl Eduardo Mahecha escribió vigorosas notas para el periódico ‘Vanguardia Obrera’, escribió en defensa de los trabajadores y realizó denuncias contra los atropellos del imperialismo norteamericano y los genuflexos gobernantes.

Mahecha fue el más grande insigne y brillante dirigente obrero del siglo XX. Amerita una escultura en bronce. Falleció en 1940, en el barrio Olaya en Bogotá.

–Sobre mi teclado –prosigue la máquina– se escribieron las denuncias del asesinato del dirigente sindical Manuel Marulanda Vélez, asesinato ordenado por Laureano Gómez en 1953. Aquí también se escribieron ‘La Obreriada’ y ‘Suenan Timbres’, obras del gran poeta comunista Luis Vidales, quien revolucionó la lírica y la puso en las manos de la clase trabajadora para que levantaran sus puños de hierro en defensa de la vida y la paz. Recuerdo el poema Las Nubes:

«Las nubes son almas de mujeres que perecieron ahogadas.
Mentira.
Las nubes son las ropas blancas que el viento se lleva de los alambres de los patios.
También mentira.
Porque
¿las nubes?
Naciones que hacen el mapa del cielo
Continentes
países
islas
las manchas blancas de las nubes
¡oh! mi patria
mi única patria».

Testigo excepcional

–Sobre mi teclado como mariposas amarillas se movieron los dedos de Gabo, él, quien le puso mariposas amarillas a su inspiración macondiana, escribió aquí las primeras líneas de su gran novela ‘Cien años de soledad’– cotorrea la máquina.

…Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…

Esta máquina de escribir es testigo de muchos crímenes de Estado. Sobre ella agentes de gobiernos colombianos, escribían las listas de los dirigentes sindicales, dirigentes campesinos, activistas defensores de los derechos humanos, intelectuales, líderes y lideresas sociales militantes de la Unión Patriótica. Listas que eran entregadas a través de intermediarios a sus empleados, sicarios, paramilitares y algunos generales de la República para que llevaran a cabo la misión: Infundir el terror y el asesinato.

Esta máquina sabe demasiado, hay que asesinarla, o extraditarla de inmediato a los Estados Unidos. Estas fueron las ordenes que se dieron en secreto en el alto gobierno. Todos tranquilos podrán ir al club a tomar unos cuantos wiskis y celebrar los “buenos” resultados yendo a misa el domingo y pedirle a Dios el perdón de siempre.