La muerte es el vacío existencial de la Barbie

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Fotograma de Barbie (2023). Foto Warner Bros Pictures

En el filme se produce una lectura inversa: la Barbie no es enfermedad sino posibilidad. Ya no es una muñeca, es humana. Este artículo contiene spoilers explícitos

Juan Guillermo Ramírez

La actriz, directora y guionista Greta Gerwig, realizadora de Nights & Weekends (2008), filmada junto con Joe Swanberg; Lady Bird (2017) y Mujercitas (2019), alguna vez ícono del cine independiente como actriz de la película de su esposo Noa Baumbach, Francis Ha (2012), incursiona de manera definitiva en el ‘mainstream’ con una película que resulta arriesgada en varios aspectos artísticos, económicos e incluso políticos.

Barbie ha sido una parte importante de la moda de juguetes y muñecas del mercado durante cincuenta años, y ha sido objeto de numerosas controversias y demandas, a menudo con la parodia de la muñeca y su estilo de vida. El esqueleto de la película es muy simple, casi que podría ser un ejemplo de Joseph Campbell o de cualquier teórico que explica Narrativa, en lo que se conoce como ‘el camino del héroe’.

El equilibrio y la armonía de una rutina se rompen en Barbieland cuando la Barbie más Barbie de todas las Barbies del mundo, descubre un vacío existencial en su cerebro, mientras baila una coreografía salida de un musical al estilo del realizador francés Jacques Demi, con la siguiente pregunta: “¿Alguna vez pensaron en morirse?”. Punto de partida para despertar la crisis personal. Hasta aquí no hay nada nuevo en un personaje obligado a transitar un camino, el cual lo transformará y dejará en el punto del que partió, aunque nutrido con varias experiencias tatuadas en su ser.

El discurso

Entonces entra en escena la mirada feminista, sobre lo que los hombres someten a las mujeres y las hacen sentirse desdichadas, y al mismo tiempo se desea decir algo sobre ello. No que hay que exaltar la autoafirmación personal y el individualismo, sé tú misma, sé tú mismo, ni se te ocurre depender de los demás.

Sí, hay una parte discursiva confusa que quiere tocar todo, que se hace larga, donde hay críticas contra la cultura empresarial, e incluso espacio para que aparezca la creadora de Barbie y se nos diga lo genial que fue Ruth Handler.

Desde una mirada oblicua, puede pensarse en cómo una muñeca que no tiene una base narrativa se transforma en un objeto de transposición.

Los procedimientos, en el pasaje de una obra perteneciente a un medio o lenguaje distinto casi siempre se ponen en marcha cuando la fuente presenta, al menos, un hilo argumental. En Barbie (2023) el carácter transpositivo está

en lo icónico de la figura, porque se trata de un juguete representativo de varias generaciones –en su gran mayoría de niñas– y allí está el nudo del asunto dramático.

El vitalismo de la película nunca deja de ser la transformación de Barbie, a pesar de perseguir un objetivo individual, el espíritu colectivo es el motor de la contraofensiva para recuperar el mundo de la fantasía, que no es más que la manera pretendida por Mattel, en la caricaturización de su CEO y los ejecutivos.

La gran llave resolutoria del conflicto es un personaje de mediana edad: Gloria, la “niña” que alguna vez jugó con esas muñecas y hoy es una mujer desilusionada por no haber alcanzado ciertos estándares, los cuales parecía emanar Barbie desde su cuerpo inmaculado. Tal punto de vista es el que sugiere la historia, porque el relato de Gerwig no apunta a una generación nueva de niñas, sino a una lectura posible sobre Barbie bajo la visión de mujeres adultas.

Es así que el prólogo con la parodia a 2001: Odisea del espacio (1968) cobra resignificación una vez terminada la película, ya no son niñas jugando a ser mamá con un bebé de plástico, con Barbie esas niñas (hoy adultas) jugaban a ser grandes.

Capital simbólico

Las muñecas Barbie eran depósito de una ideología estética, en la que el cuerpo de la mujer era modelo capitalista y producto consumible, era lógico que funcionasen como perfecta e irónica metáfora de una mujer que nunca pudo ser dueña de su propia vida.

Después de más de tres décadas de teoría feminista y queer, Greta Gerwig reinterpreta el capital simbólico de la Barbie imaginando su reino como un matriarcado sin fisuras, un simulacro de utopía hedonista.

Teniendo en cuenta que Gerwig ha hecho una película amparada por Mattel, la multinacional que posee la imagen corporativa de una muñeca que, como señala la hilarante secuencia de arranque, convirtió a Barbie en figura totémica para la educación sentimental de las niñas de la aldea global y no estamos tan lejos del discurso subversivo de Haynes, que reivindicaba la necesidad de crear un espacio de libertad que, declinado en femenino, se opusiera a la cultura del patriarcado. Solo que aquí se produce una lectura inversa: la Barbie no es enfermedad sino posibilidad. Ya no es una muñeca, es humana.

Diálogo de universos

Gerwig saca a Barbie de esa utopía, que es la relectura benéfica de una burbuja corporativa, para enfrentarla al mundo real y para que abra los ojos a lo que significa ser mujer. Una de las ideas más brillantes de una película a la que le sobran hallazgos es que ese despertar se produce a partir de la toma de conciencia de la muerte. Qué pregunta más hermosa: ¿una muñeca puede morir?

Por mucho que Gerwig tenga clara su agenda feminista, que subraya a veces hasta lo paródico, y el filme sea la crónica de la crisis existencial de una mujer –como lo eran, también, sus anteriores obras–, Barbie es una fiesta. No es extraño que Gerwig haya tenido en la cabeza, entre muchos otros (El Padrino incluida), al cineasta francés Jacques Demy, cuya influencia se nota tanto en su precioso y chillón diseño de producción, como en su tono, de una energía luminosísima y de una frivolidad que es pura inteligencia.

Si Barbie solo puede entender su futuro como mujer cuando contempla la complejidad emocional de lo real, Ken aprenderá qué es el patriarcado cuando deje de ser accesorio. Barbie pone a dialogar dos universos invertidos buscando un equilibrio entre ellos, un ideal de igualdad que reivindica que los juguetes tienen derechos.

La película puede interpretarse como una sátira al materialismo y al consumo. La muñeca más famosa de la historia es más que una pieza con la cual jugar. El espíritu crítico de la cineasta aprovechó Barbie para dejar un guiño burlón hacia la polémica alrededor del Snyder Cut y, en especial, a su repercusión en el mundo cinematográfico.

Paradigmas y estereotipos

La mítica activista Gloria Steinem (periodista y escritora estadounidense de origen judío, considerada icono del feminismo en su país, así como una activista de los derechos de la mujer referente del movimiento feminista estadounidense a finales de 1960 y principios de 1970) dijo que Barbie representaba “todo aquello de lo que el movimiento feminista intentaba escapar”.

Esa muñeca, en principio flaca y rubia, era el paradigma de la cosificación y el consumismo, la responsable de imponer estereotipos de belleza y una hipersexualización entre las niñas que a la larga se sentían frustradas por no poder alcanzar esa perfección que la compañía Mattel exaltaba como normatividad.

Greta Gerwig había hecho gala de una impronta feminista, no solo no escapa de aquella controversia, sino que la abraza e incluso la hace parte esencial de la historia. Si ya Barbie era una película esencialmente femenina, en manos de Gerwig resulta todavía más enfocada a ese colectivo que se ha definido como la marea verde. Y no solo eso: la directora y su coguionista Noah Baumbach también incorporan en el film a la propia industria Mattel y a su fundadora, Ruth Handler.