La Jagua, Huila: Una tierra de brujas

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Las comparsas de brujas acompañadas por bandas musicales son aplaudidas con explosiva alegría de la multitud. Foto Atarraya Films

En el corregimiento de La Jagua, municipio de Garzón, Huila, se realiza el emblemático Festival de las Brujas que enaltece la historia de las mujeres hechiceras y gitanas que llegaron al territorio en épocas coloniales, atraídas por las tradiciones indígenas. Crónica de un acontecimiento cargado de misticismo y cultura

Arlés Herrera (Calarcá)
@calarcaoficial

La Jagua, Huila, hermoso corregimiento de tres mil habitantes, está localizado en la desembocadura del río Suaza y el río Magdalena. Allí, el tiempo se estacionó por siempre. Sus casas de un solo piso con poéticos tejados de barro y calles empedradas nos hacen sentir que hemos retrocedido en el tiempo para imaginar el majestuoso templo donde los indígenas tamas, andaquíes, pijaos, yanaconas y nasas se daban cita para adorar a sus bellos dioses y diosas, a la Pachamama, la Luna, el Sol, la Montaña, el Río, el Árbol y el Jaguar.

Tierra de brujas

El sol abraza con sus cálidos rayos a sus invitados, el caricaturista Betto y el suscrito, Calarcá, quienes pudimos exponer nuestro trabajo artístico. La exposición de caricaturas se realizó en el marco de la emblemática fiesta de La Jagua, el Festival de las Brujas, fundado en el año 2000 por el director de teatro, Jorge Vargas quien fuera director del teatro Colombia en Bogotá. Fueron nuestros anfitriones el reconocido escultor huilense Emiro Garzón, la artista de teatro Beatriz Calvo y el médico Alberto Osorio.

El escultor Garzón fue nuestro guía. Nos enseñó con gracia la historia de La Jagua, afirmando que esta es una tierra de múltiples leyendas de brujas. Aquí decían que el hombre que aparecía con un chupón en el cuello era atribuido a una bruja enamorada que lo visitaba en la noche, pero que él no se enteraba. Eran las disculpas perfectas ante sus esposas que por fortuna estas creían en brujas que se transformaban en pavos domésticos, es decir en bimbos.

El anfitrión comenzó por mostrarnos un gigantesco árbol en las afueras del pueblo. Dice la leyenda que bajo este gran árbol se daban cita las brujas con el diablo para sus aquelarres; ellas danzaban desnudas con Lucifer, el cual se presentaba como un apuesto joven de lucientes cuernos de plata y oro. Las brujas, también bellas, danzaban y le rendían adoración a este demonio venido de los infiernos.

Herencia colonial

Nuestro guía hace una importante aclaración: Fue la iglesia católica y la inquisición en la época medieval quienes se encargaron de crear un estereotipo de mujeres de aspecto diabólico repulsivo, con el propósito de estigmatizar y difamar de manera gráfica a las mujeres y llamarlas brujas para causar miedo en la población y así justificar la cacería de estas, las cuales eran llevadas a la hoguera.

Repasando un poco de historia, fueron los españoles los que llamaron a La Jagua territorio de brujas. Cuando los ibéricos llegaron a esta tierra vieron que eran solo mujeres indígenas quienes hacían las prácticas religiosas a sus dioses. ¿Por qué no había hombres?, por una sencilla razón, los hombres se habían ido a las montañas a organizar la resistencia contra los invasores.

Los españoles tenían la visión que las mujeres que hicieran algún ritual o vendieran algún medicamento para un dolor de cabeza eran consideradas automáticamente como brujas, donde había que quemarlas vivas por tener relaciones con los demonios. En conclusión, para los españoles invasores estas sacerdotisas indígenas eran diabólicas. De ahí que La Jagua, fue llamada, «tierra de brujas».

Con el paso del tiempo este calificativo entró a ser parte de la identidad cultural del pueblo, parte de su folclor. Sus habitantes y visitantes lo disfrutan viendo los ingeniosos disfraces de brujas que las mujeres lucen con gran entusiasmo y gracia, también las niñas y los niños.

En las puertas de las casas cuelgan imágenes de hechiceras con gran creatividad artística, cada familia aspira a jugosos premios. Las comparsas de brujas acompañadas por bandas musicales son aplaudidas con explosiva alegría de la multitud.

Las gitanas aprovechan esta fiesta para ganar unos cuantos pesos leyendo las manos de los visitantes, diciendo a los clientes lo que siempre han dicho durante cientos de años ante la ansiedad de saber su futuro o de un amor perdido: “Vas a vivir muchos años, una mujer morena te ama en silencio, pero también hay una rubia que sueña contigo”. Un amigo le preguntó que si le podía dar la dirección de la morena que lo ama en silencio o de la rubia que sueña con él. La gitana le respondió: “ese es su problema, búsquela”.

El diablo la liberó 

Nuestro guía nos cuenta una conmovedora leyenda: Aquí, en este pueblo vivió una joven mujer que sobresalía por su hermosura, decían que era motivo de celos de no pocas mujeres. Ella nunca aceptó los requiebros amorosos de hombre alguno, que eran muchos.

Con el correr del tiempo se fue generando un comentario en la población, de que esta joven era bruja y que tenía amores con el diablo, el cual la visitaba a medianoche convertido en un apuesto joven y se marchaba antes del amanecer. Dicen que las mujeres que pasaban por la noche frente a la casa de la joven bruja oían obscenidades, tanto así que las señoras se veían en la necesidad de santiguarse.

Los comentarios de que aquella bruja tenía amores con el diablo tomó tanta fuerza, que las autoridades junto con el cura la apresaron y fue encarcelada en una celda asegurada con un enorme candado y cadenas. Pero todo cambió cuando fueron a visitar a la detenida para juzgarla, pero la celda estaba abierta, la bruja había desaparecido. El hecho se regó como pólvora por todo el pueblo y comentaban aterrados: “el diablo la liberó”. Al poco tiempo, la bruja apareció en el pueblo llevando de la mano a un niño, los comentarios crecían como espuma, por todos los rincones del pueblo, la gente susurraba, el “padre de ese niño es el diablo, no hay duda. Dios nos ampare, dios la perdone”.

De inmediato la mujer fue apresada por orden del alcalde Manuel Sánchez. acompañado del cura. La mujer maldijo al sacerdote, “morirás de lepra”, maldición que según aseguran se cumplió. La mujer sindicada de bruja fue condenada a la hoguera en 1880, en la plaza central. Allí sobre el piso hay una gráfica en alto relieve que indica el lugar en donde las llamas consumieron el cuerpo de aquella desdichada mujer. La muchedumbre se persignaba y musitaba el Padre Nuestro.