La física y el vuelo de Luisa Agudelo

0
305
Luisa Agudelo

Luisa y sus compañeras acumularon en sus músculos y sistemas nerviosos la energía libre en forma de información que, en el momento del cobro por la jugadora nigeriana, permitió que la humanidad de la portera calculara la trayectoria del balón en ese instante supremo

Yamel López Forero

Al margen del entusiasmo por el subcampeonato conquistado por la selección Colombia sub-17 femenina, que se disputó el 30 de octubre, vale la pena hacer una reflexión acerca del momento en que Luisa Agudelo, portera del equipo nacional, tapó el penalti que le dio la victoria en el partido contra Nigeria en la semifinal.

Mirando el video de la atajada, el observador puede preguntarse cómo fue posible que una chica de tan solo 15 años, con no más de 70 kilos de peso, adivinara la trayectoria del balón, alzara el vuelo y atajara el cobro de la adversaria en un evento prácticamente imposible. Pero la joven arquera lo hizo. Nos preguntamos qué conjunto de acontecimientos previos al instante supremo del cobro confluyó para la hazaña.

Un aficionado desprevenido dirá que la exitosa atajada no es más que el fruto de incontables y tediosas horas de entrenamiento de la chica cuyas especiales condiciones físicas y psicológicas hicieron posible su vuelo en el momento preciso y el espacio exacto de la atajada.

Sin embargo, las rutinas cotidianas del arte de contener tiros de penal bajo la portería ante cobros repetidos n veces, donde cada uno de los cobros es siempre diferente a los demás, no parece explicar físicamente que uno de ellos, disparado por jugadoras con diferente habilidad para los tiros libres, pueda ser desviado por la portera en un instante único.

Así las cosas, es lícito preguntarse cómo puede suceder un evento con tan baja probabilidad de ocurrir, y qué ha ocurrido realmente durante el entrenamiento de Luisa para se diera la excelente jugada (y que fuera calificada como una jugadora de excelencia, como todas sus compañeras de equipo).

¿Por qué excelencia, y no calidad?

La calidad y la excelencia son dos conceptos bien diferentes, pues la calidad es eminentemente subjetiva y se comporta como un juicio de valor para  describir un objeto o evento que se quiera  comparar con otro, mientras que la excelencia se refiere a una fuerza o un vector fuerza que se opone a la tendencia de un sistema cerrado a alcanzar su estado más probable, luego de una caída de potencial energético –de acuerdo con la segunda ley de la termodinámica– un resultado conocido como entropía; es un fenómeno que se  produce cuando el sistema alcanza el equilibrio, es decir, cuando entre dos puntos del sistema no es posible el intercambio de energía y –como establece la teoría de la información de Claude Shannon– la energía  es similar a información.

En otras palabras, es imposible el intercambio de información entre los dos puntos del sistema, o sea que el sistema adquiere un máximo de desorden, con lo cual se puede establecer que la excelencia no es otra cosa que una fuerza natural que se opone a la desorganización de los sistemas.

Más coloquialmente, la excelencia es la fuerza natural que impulsa a los sistemas (como el ser humano) a ser cada día mejores, y como fuerza es susceptible de medición, una condición que no llena el concepto etéreo de calidad. Como fuerza, la excelencia es susceptible de acumulación en unidades tanto físicas como de información.

Entonces, ¿cuál fenómeno hizo posible el vuelo de Luisa con la magnitud exacta, en un momento exacto y con la trayectoria exacta para atajar el balón? La respuesta adecuada no es otra que esta: durante sus largas horas de entrenamiento, Luisa y sus compañeras acumularon en sus músculos y sistemas nerviosos la energía libre en forma de información que, en el momento del cobro por la jugadora nigeriana, permitió que la humanidad de la portera calculara la trayectoria del balón en ese instante supremo.

En suma, el evento fue posible gracias a la reserva de información de energías libres acumuladas quizá durante toda la vida de Luisa que confluyeron en su vuelo para atajar el esférico. La jugada solo fue posible gracias a un ser humano de excelencia para jugar al fútbol en un ambiente de excelencia con sus compañeras de equipo, bajo una dirección técnica de excelencia y condiciones físicas y psicológicas de excelencia que confluyeron en un resultado de excelencia.

La entropía y los goles

Podemos redondear el asunto diciendo que la entropía es una medida del desorden de un sistema expresada o calculada mediante la función de Boltzmann (sobre la velocidad de distribución de las moléculas de un gas); entonces la excelencia no es otra cosa que la fuerza natural que se opone al incremento de la entropía de un sistema que en el caso del sistema representado por Luisa y sus circunstancias, no era otra cosa que la casi inminencia del gol nigeriano.

La anotación no era otra cosa que un incremento en el grado de desorden del sistema, y la atajada un incremento en la información u orden del sistema representado en el hecho de que el equipo de Colombia clasificó a la final del campeonato.

Acudiendo a la metáfora, en este momento supremo la Historia está a punto de cobrar el penalti a la nación colombiana, a la que se ha llamado “país del supremo despelote”, vale decir desordenado en todos los aspectos de la vida nacional. Probablemente el más importante de ellos es el sistema educativo, que se cimenta en el dudoso concepto de calidad, o sea sobre una ausencia de información que equivale al ruido (en el sentido de Shannon).

En este supremo instante en el que la Historia se apresta a patearnos la pena máxima, ¿habrá acumulado la nación colombiana la suficiente información o excelencia para atajarla?

La respuesta es obvia, porque casi en ningún momento de nuestra historia hemos transitado por el sendero de la excelencia. Algunos dirán que alcanzarla es una utopía, pero todas las utopías están en el horizonte y decimos con Lao-Tse que un viaje de mil leguas comienza con un paso. Para atajar el inminente cobro del penalti por la Historia debemos exigirnos al máximo porque la excelencia no se logra sin exigencia, como parece mostrarnos un análisis del vuelo de Luisa Agudelo.