lunes, junio 17, 2024
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XI Jinping, ¿dictador o líder socialista?

El proyecto que Xi defiende para su país se denomina el “sueño chino” y propone una nueva etapa en el desarrollo del país como potencia socialista. Los próximos años, dice, deberán servir para llevar a cabo la modernización socialista, necesaria para consolidar a China como una potencia

Ricardo Arenales

Una vez se conocieron las principales conclusiones del XX Congreso del Partido Comunista de China, la prensa internacional prefirió ocuparse, de manera sensacionalista, más del hecho de que el líder supremo del partido, Xi Jinping había sido reelegido para un tercer periodo de cinco años, dejando a un lado el análisis de las principales directrices, planes de trabajo y tareas adoptadas por el certamen comunista.

La prensa corporativa internacional emuló en titulares como que en China se había entronizado un régimen autoritario, que el líder del partido había modificado la constitución no solo para garantizarse un periodo más, sino para hacerse elegir de manera sucesivamente sin un control legal, en fin, que la democracia china hoy es sinónimo de autocracia, y que el mandato de Xi solo es comparable con el de Mao Zedong.

Otra mirada de los hechos se percibe fácilmente leyendo el contenido de las reformas propuestas, de los planes trazados por el congreso, de la envergadura de las transformaciones a corto, mediano y largo plazo, entendiendo que la figura y la dirección de Xi Jinping se proyectan como motor del proceso de modernización en que está empeñado el gigante asiático.

Alma del proceso

Cuando en nota anterior mencionamos los planes a largo plazo para la modernización del régimen socialista, de alguna manera reconocimos que el actual secretario general del partido es el alma de ese proceso. La prensa corporativa oculta deliberadamente la decisión del XX congreso de respaldar en forma unánime las ideas de Xi Jinping para consolidar “el socialismo al estilo chino en una nueva era”.

Al mismo tiempo se produjo una renovación de cuadros dirigentes del partido y del Estado, que permiten rodear al presidente en la ejecución del mandato del congreso y los nuevos retos del partido, algo que Xi calificó como “una revolución interna en la expedición hacia el futuro” del país con el fin de “mantenerse firme en la profundización” del plan de reforma iniciado desde su llegada al poder.

El proyecto que Xi defiende para su país se denomina el “sueño chino” y propone una nueva etapa en el desarrollo del país como potencia socialista. Pronostica que para 2050 el PIB de China alcance los 70 billones de dólares, y espera al mismo tiempo que los países del sur global, para esa misma fecha alcancen los 35 billones, superando al conjunto de países de la OCDE.

Objetivos centenarios

En ese mismo lapso, dice XI, los próximos años deberán servir para llevar a cabo la modernización socialista, necesaria para consolidar a China como una potencia.

Una particularidad del congreso del Partido Comunista de China este año es el hecho de que el país asiático se encuentra en un importante proceso de transición. Hace diez años China estableció dos objetivos centenarios. Uno ya se cumplió: la realización de una sociedad de “pequeña prosperidad” para el centenario del partido en 2021.

El otro objetivo es la edificación de un país socialista maduro, próspero y poderoso para el centenario de la República Popular China en 2049; ahora China está en un proceso de transición del primer objetivo al segundo.

Hablar de un objetivo centenario en un país hoy en día es una rareza, pues lo que vemos es países con procesos caóticos de gobernanza. En contraste, el gobierno chino prefiere la estabilidad y la planificación a largo plazo, y en ello se ve la mano de Xi Jinping. Los países occidentales tienen grandes dificultades para perseguir objetivos a largo plazo, y todavía más dificultades para alcanzarlos.

El gobierno chino se planteó el objetivo de construir una sociedad ‘medianamente próspera’ y erradicar la pobreza extrema, dos objetivos que alcanzó el año pasado

Erradicó la pobreza absoluta

El primer objetivo, alcanzar una sociedad próspera para 2021, implicó lograr un aumento significativo del PIB, que nadie debía vivir ya en la pobreza absoluta y que debía haber un aumento en la calidad de vida de todos los ciudadanos.

En la última década, el Producto Interno Bruto creció un 91 por ciento, es decir, en un 6.7 por ciento anual. En este lapso, la renta media disponible por persona casi se duplicó. La pobreza absoluta se erradicó y la esperanza de vida aumentó en más de tres años. Y estamos hablando de un país que tiene una población de 1.448.471.403 personas, de acuerdo al último dato oficial de este año. El más poblado del mundo, con 147 habitantes por kilómetro cuadrado, y sin embargo con un porcentaje bajísimo de inmigración.

Cumplido el primer objetivo, es hora de pensar en el segundo: para 2049 “un país socialista moderno, próspero, fuerte, culturalmente avanzado y armonioso”. El primer objetivo tuvo básicamente un crecimiento cuantitativo; el segundo principalmente un crecimiento cualitativo. En las últimas décadas China buscó un rápido crecimiento económico para satisfacer las necesidades básicas de la población. El nuevo modelo de desarrollo hace más hincapié en la sostenibilidad, la alta calidad y la innovación.

Modernización a la orden del día

El objetivo ahora no es crecimiento sino la modernización. Esta última característica es particularmente importante porque el contexto geopolítico cambió dramáticamente. Estados Unidos y Europa se empeñan en una actitud hostil hacia China, la califican como enemigo potencial, adversario estratégico, y hacen planes para aislarla.

Por lo tanto, en China se pone a la orden del día el interés por la innovación nacional, la autosuficiencia tecnológica y la seguridad en la cadena de suministros. Son necesarios para no poner en peligro la búsqueda de la modernización. Se equivocan los grandes medios de comunicación al ignorar este trascendental cambio que está sucediendo en China y que tendrá repercusiones en el resto del mundo.

En décadas anteriores, la vida en China giró alrededor de la idea de desarrollar una especie de capitalismo de sabor autóctono. Esto facilitó que algunas personas se hicieran extremadamente ricas, bajo el argumento de que esto beneficiaría a toda la sociedad. Lo que se produjo fue una gran desigualdad social y el crecimiento de la pobreza extrema.

Cuando Xi Jinping asumió el poder enfrentó esta situación y planteó que esa desigualdad social “nada tiene de socialista”, “no era socialista en absoluto”. Incluso Xi Jinping habló de la necesidad de retomar el carácter ‘comunista’ del partido, al menos hasta donde sea posible. Por eso hay observadores que aseguran que la actual dirigencia china, que ha salido reforzada del último congreso del partido, ha vuelto por los senderos del socialismo.

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