El peor de los oficios

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¿Qué será más oculto que desentrañar la muerte de la poesía?

casa poesia silva

Armando Orozco Tovar

“La poesía está muerta
pero juro que no fui yo.
Yo que hice lo mejor posible para salvarla”.
Jose Paulo Paes

Muchas veces la poesía nombra eventos que ocurrirán. Es profecía pura, porque la palabra es lo único que tenemos, puesto que no hay dios. O como dice Gabo: “Si existe, nada tiene que ver con nosotros”.

Sin ella somos la Nada. Con el lenguaje ponemos a existir la realidad, designamos las cosas lejanas y cercanas. No hay secretos. ¿Pero qué será más oculto que desentrañar la muerte de la poesía? Bueno, no de su final total, porque esto sí sería el fin del mundo. María Mercedes Carranza, fundadora de la Casa de Poesía Silva, en 1986, visionaria sin darse cuenta, escribió en su poema “Tengo miedo”: “Vigilo los ruidos misteriosos de esta casa que se derrumba…”.

Pero no sólo la poeta tuvo la sospecha del derrumbe de la “Casa llena de fantasmas”, como el poeta del Brasil con ese nombre nombra en su poema. Estoy seguro que al comenzar el nuevo año muchos también presienten un cercano desenlace.

¿Pero, quién dio la orden de liquidarla? Porque este mandato sicarial debe provenir de alguna parte. ¿Estará alguien detrás del amargo designio, en contra de uno de los mayores patrimonios espirituales de los colombianos? Siendo de las creaciones culturales más importantes de los últimos tiempos: la edificación de un permanente tabernáculo de culto a la palabra poética. No sería raro que se cumpliera la predicción del verso de miedo de la poeta, en esta nación ajustada desde siempre a lo siniestro.

En febrero de 1988, entrevisté a María Mercedes para el Semanario VOZ, órgano del Partido Comunista Colombiano, en su oficina de la Revista Nueva Frontera, preguntándole acerca de su proyecto:

“La Casa Silva va a ser pronto una Fundación. Estamos en espera que aprueben los trámites. Te digo que dentro del clima tan grave en que está el país, no solamente político, sino cultural, cuando se trabaja en estos asuntos como el mío, y uno ve cómo llega de pronto un Carlos Valencia borrando la Escuela de Restauración, que acabó de un plumazo, y muchos otros esfuerzos de muchos años, es cuando uno se pone escéptica sospechando que en cualquier momento le puede llegar su Carlos Valencia…”.

¿Será, pregunto, que un funcionario como es el actual director Pedro Alejo Gómez, de igual calaña “cultural” que Carlos Valencia, hoy haya recibido la orden de liquidar la poesía?

Muchos así lo suponen (¿pero qué opinará su junta directiva?) viendo, como nunca se había visto a casi treinta años de su funcionamiento, las arcas vacías sin fondos para pagar empleados y poetas colaboradores ocasionales.

Todos ellos muy necesitados por haberse entregado al “Peor de los oficios”, anunciado en el poema del irlandés MacMahon:

“Hijo mío, no cultives el arte de los versos,
abandona del todo la profesión de los abuelos,
aunque tengas derecho a recibir los mayores honores
de hoy en adelante la poesía es presagio de miseria.
/No abraces el peor de los oficios”.