miércoles, mayo 29, 2024
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El mar de la tortuga perdida

En 1981, la directora de cine sueco-venezolano Solveig Hoogenstein decidió filmar el cuento El mar del tiempo perdido, de García Márquez. Todo iba a pedir de boca hasta que encontraron en el guion una escena donde se necesitaba una tortuga gigante

Gonzalo Fragui

Fray Bartolomé de las Casas escribió que Cristóbal Colón no concebía que el mundo fuera redondo, como creían los astrólogos y filósofos, sino como una teta de mujer. Y lo mejor: que el paraíso terrenal, el jardín del Edén, estaría sobre el pezón de aquella teta, “cuya parte es la más alta y próxima al cielo”.

Lamentablemente hoy sabemos que no es así.

¿Culpa de quién? De José Arcadio Buendía, quien, ayudado por el astrolabio, la brújula y el sextante, que le dejara Melquíades, y después de noches enteras vigilando el curso de los astros, un día se sentó a la cabecera de la mesa, temblando de fiebre, y develó su descubrimiento:

–La tierra es redonda como una naranja.

García Márquez

La pregunta estaba en el ambiente. El poeta venezolano Edmundo Aray esperó que se añejara como un vino. En una Navidad en Cartagena, Edmundo le explicaba a Gabriel García Márquez que el grupo artístico El Techo de la Ballena había navegado en un mar de licores. También otros grupos literarios venezolanos. Sardio, por ejemplo, tenía un himno que decía:

Nosotros los viejos marinos
un barco de guerra construimos
pa’ beber y beber en el fondo del mar
porque ya no se puede beber en la tierra.

Edmundo no aguantó más y preguntó: –Y tú, Gabo, ¿bebes cuando escribes?
–No. Yo cuando bebo, bebo, y cuando escribo, escribo, pero nunca bebo cuando escribo ni escribo cuando bebo– explicitó el Gabo.

–Y ¿por qué? – repreguntó Edmundo.
García Márquez respondió entonces como si estuviera finalizando una novela: –Porque no mezclo licores.

En búsqueda de la tortuga

En 1978, la directora de cine sueco-venezolano Solveig Hoogenstein decidió filmar el cuento El mar del tiempo perdido, de García Márquez. Actuaba en esa película el escritor Renato Rodríguez. Uno de los productores era Valmore Gómez. Todo el equipo de filmación se fue a un pueblito llamado Río Seco, entre Coro y Maracaibo. Allí empezaron a rodar el filme.

Todo iba a pedir de boca hasta que encontraron en el guion una escena donde se necesitaba una tortuga gigante para hallar en pleno mar una balsa con un Chevrolet descapotado encima, la única manera de llevar un carro al pueblo. La directora paró la película y dejó claro a los productores que no continuaría si la tortuga no aparecía. “Ustedes verán”, les dijo y se metió en una casa del caluroso pueblo que tenía ventilador. Valmore y sus ayudantes se pusieron a pensar qué podían hacer, dónde podían conseguir una tortuga gigante, habría que inventarla.

Se fueron al único bar con rockola, se tomaron unas cervezas y, cuando ya estaban dispuestos a renunciar como productores, un borrachito que estaba escuchando les dijo que en el zoológico de Maracaibo había una tortuga con esas características, que él conocía al vigilante y que, si le brindaban unos tragos, él podía hablar con el amigo.

Dicho y hecho. Compraron una botella para el borrachito y otra para ellos y se fueron a Maracaibo. Llegaron directamente al zoológico como a las diez de la noche. El borrachito habló con su amigo y al rato regresó con el negocio listo. El vigilante pedía quinientos bolívares, prestaba la tortuga por un día, con el compromiso de devolverla después de la filmación, pero que pasaran más tarde, como a las dos de la madrugada, que no había nadie.

Y se fue al mar

Los productores pegaron el grito al cielo. Iba a costar más la tortuga que la película. Sin embargo, a las dos de la mañana estuvieron en la puerta del zoológico. Productor que no regatee no es productor. Dijeron al vigilante que era muy caro, que les hiciera una rebajita, que se la traían al otro día por la noche. El vigilante se tranzó en 400 bolívares y de ahí no bajó más.

Valmore, resignado, pagó el dinero y regresaron a toda velocidad. Llegaron al pueblo todavía de madrugada, entregaron al utilero la tortuga, le dijeron que la amarrara bien y se fueron a dormir, medio borrachos y trasnochados.

El sol estaba bien alto cuando se escuchó una algarabía en la playa. Todo el pueblo gritaba asombrado. Parecía una fiesta. Valmore, en medio de la resaca, se asomó a la ventana y vio todo clarito, como cuando García Márquez estaba escribiendo el cuento por primera vez. Del otro lado de la calle, en otra casa, también se asomó la directora de la película quien, al ver lo que estaba sucediendo, gritó:

–¿Quién carajos les dio la orden de empezar a filmar!

Flotando en el mar, la tortuga se solazaba como hacía muchos años no podía, al estar, como estuvo, tantos años cautiva en el zoológico de Maracaibo. En la madrugada, mientras todos dormían, la tortuga había mordido la cuerda con la que la amarraron y se había ido al mar.

Los productores y la directora salieron en paños menores y se fueron corriendo a la playa. Si alguien hubiera tenido prendida la cámara habrían hecho la mejor escena de la película. La tortuga delante de la balsa, donde estaba montado el Chevrolet, daba la impresión de que efectivamente la estaba llevando a la playa, pero fue solo por un momento porque, al escuchar los gritos de la gente, la tortuga despertó de su placentero letargo y se hundió en las profundidades de la alta mar. Los pescadores y los pobladores tomaron sus lanchas y la persiguieron, pero no pudieran agarrarla.

En el pueblo, mientras tanto, Valmore quería matar al utilero, el borrachito amigo del vigilante del zoológico quería matar a Valmore, y Solveig quería matar a los tres.

La tortuga también se necesitaba para una de las escenas finales donde míster Herbert (personificado por Oscar Berrizbeitia) y Tobías, muertos de hambre, fueron hasta el fondo del mar y tuvieron que hacer la escena de la comilona con una tortuga de carey, con salsa de tomate en vez de sangre, mientras la verdadera tortuga, en el fondo del mar, contaba la historia a sus hermanas tortugas que durante siglos habían dormido en el fondo del mar y no creían en cuentos de películas.

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