El “encanto” que perdió su magia o viceversa

0
640
Cartel promocional de Encanto

La película expone, a la manera siempre edulcorada de Disney, el problema de la diferencia. Es la narrativa estadounidense sobre los pueblos indígenas. Entretenimiento cultural adulterado, edulcorado, blanqueado, diluido y libre de culpa

Juan Guillermo Ramírez

La película Encanto alude de manera tangencial a Colombia. Pero su preocupación es menos, es más el problema de la integración o desintegración de los países o las historias nacionales traumáticas: son las familias.

La película propone a la familia como centro de un nuevo orden recuperado, fruto de una amalgama exitosa de las diferencias. Familias diversas y sin nación, que consumen sus vidas unidas. La narrativa de la película de Disney tiene como centro de su narración a una casa y una adolescente. Y expone, a la manera siempre edulcorada de Disney, el problema de la diferencia.

Descubrimos a la simpática, inteligente, impulsiva, pero traumada Mirabel Madrigal, porque todos en su familia: abuela, madre, hermanas, tía, primos, tienen poder mágico. La única absolutamente terrenal en la hermosa casona es ella y algunos le hacen sentir esa diferencia no menor.

La figura matriarcal de Abuela -aquí bastante menos simpática y más despótica- ordena la dinámica hogareña y la protagonista se debatirá entre sus deberes y sus ansias de independencia y de trascender los mandatos familiares. Dominada por la culpa, encontrará en determinado momento la posibilidad de redimirse y demostrar su valía.

Encanto regala una animación pletórica de movimiento, colores fuertes propios de una naturaleza exuberante, canciones pegadizas y números musicales que tuvieron en varios casos el aporte del prolífico Lin-Manuel Miranda, quien parece no puede faltar en ningún proyecto donde se aborde alguna temática latina.

Los enemigos

Más allá de contar con protagonistas en su mayoría femeninas y de fuerte personalidad, Encanto cede a la tentación del pintoresquismo y los estereotipos latinoamericanos. La madre de Mirabel, Julieta (la voz de Angie Cepeda), tiene la habilidad de curar a las personas, cocinando. El trasfondo de la historia ligado a las penurias de los desplazados es parte del subtexto políticamente correcto de una película concebida con indudable pericia técnica y narrativa, aunque también con cierto cálculo y algo de fórmula que la distancian de los mejores exponentes del estudio Disney.

La armonía conseguida en esa casa, que en la película se llama magia, está a punto de romperse. La joven Mirabel, por un lado, no tiene los dones de los otros miembros de la casa, y Bruno, otro joven, parece decidido a dilapidarlos y aparentemente huye de ella. Una y otro amenazan con disolver el hogar desde adentro. La casa de Encanto está bajo amenaza y lo más llamativo es que los enemigos que la derrumbarían no están afuera sino en su interior.

Encanto llega, en el siglo XXI, con una narrativa que ya no podríamos llamar fundacional. Ante la casa derrumbada, ¿imagen concentrada de la nación en ruinas?, propone un nuevo mito de integración-desintegración (no) nacional. En las ficciones fundacionales el problema por resolver era cómo darles representación a los grupos humanos y culturales muy diversos que coexistían conflictivamente en las naciones en ciernes.

Narrativas de la magia

La familia Madrigal vive en una casa y un pueblo donde el conflicto racial se resuelve con una cuota de corrección política gracias a la cual cada raza tiene su lugar dentro de un nuevo orden. Esta familia es producto de un desplazamiento violento. Puede molestar a muchos que la película sea tan imprecisa en nombrar causas históricas o actores específicos de esa violencia. De esa forma entró la violencia en la conciencia de muchos colombianos.

En Encanto Colombia es un marco apenas reconocible: el país está en los marcos exteriores de la película (como en la canción de Carlos Vives) más que en su corazón narrativo. Nunca se plantea el problema de lo nacional ni su propósito es corregir las narrativas nacionales para incluir en ellas los márgenes.

En Encanto predominan las narrativas de la magia y el conflicto central pasa por recuperar el encanto de la casa desencantada. La película acude a elementos de color local e incluso se permite traer a ese color local un conflicto armado, mostrado como una presencia genérica más cercana a una invasión de los jinetes del apocalipsis.

A Disney le interesan las familias. Luego de retar el orden familiar, Bruno y Mirabel ayudan a reconstruirlo, cuando sus respectivas diferencias son aceptadas o ellos las sacrifican en pos de un bien común. La familia de Encanto es una familia de cualquier parte, donde la pertenencia identitaria es apenas un distintivo folclórico, una divisa de circulación transnacional.

Apropiación cultural

En su reconciliación con el universo latino, Disney pasó de ambientar Coco (2017) durante las celebraciones del Día de los Muertos en México a narrar Encanto en un pintoresco pueblo de la Colombia profunda, ubicado en un verde valle entre montañas, ríos y bosques.

¿Ha superado la compañía estadounidense las críticas del pasado por apropiación cultural y uso de narrativas racistas? Esos estereotipos eran erróneos entonces y siguen siéndolo ahora. Los grupos culturales que retrata Disney tienen menos capacidad de defenderse, porque son los más marginados y tienen una historia de colonización detrás de ellos.

La apropiación cultural se produce cuando los elementos de una cultura, como la propiedad intelectual, las expresiones culturales, los objetos, la historia o los conocimientos son tomados por miembros de otra cultura, fuera de contexto, para adaptarlos a sus propios gustos o para sacar provecho de ellos.

Cuando Disney llega a Colombia con Encanto, saca esta cultura de su contexto y la desmantela. Hacen una autopsia, extraen el órgano que necesitan y lo trasplantan a su versión Frankenstein de nosotros. Luego se lo dan a la audiencia con estos adorables personajes de niños pequeños.

Con Encanto, Disney demuestra que la empresa ha aprendido de los errores del pasado y es consciente de su responsabilidad. Para crear una representación auténtica del pueblo zenú, los creadores trabajaron en colaboración con artistas y artesanos zenúes.

Símbolo nacional

El tejedor de sombreros Reinel Mendoza dice: “Era mi trabajo aportar el conocimiento de cómo el pueblo zenú siempre ha trabajado la caña flecha. Así como contar la historia del ‘sombrero vueltiao’: cómo se elaboran, qué significan sus manchas en las diferentes familias y cómo la flora y la fauna inspiraron a nuestros antepasados en el trabajo. Fue una tarea importante y muy agradable, poder presentar nuestros productos artesanales, sobre todo el sombrero”.

Los sombreros tejidos por Reinel Mendoza son productos artesanales tradicionales del pueblo zenú en la costa caribeña de Colombia. Se ha demostrado que ofrecen una protección solar que corresponde al factor UV50. En las comunidades indígenas de Colombia, se tejían diferentes tipos de sombreros a partir de plantas similares, por lo que el «sombrero vueltiao» se ha convertido en un símbolo de la identidad colombiana.

En Colombia, muchos indígenas son asesinados porque defienden sus derechos. ¿Esto también se verá en Encanto? A lo que hacen Disney y Hollywood se le llama blanquear. Todo se cambia y se reorganiza para que puedan contar un cuento de hadas. Esa es la narrativa estadounidense sobre los pueblos indígenas. Entretenimiento cultural adulterado, edulcorado, blanqueado, diluido y libre de culpa.

Tres nominaciones al Oscar, esperemos a ver, cuántos recibe.