No son turistas, son desplazados

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Juan David Aguilar Ariza

Cuando le preguntaron a Robert Walser, el escritor que soñó con desaparecer, el demente, el de la letra que cada vez se hacía más diminuta, si en sus planes estaba conocer una llamativa ciudad de oriente contestó: «la naturaleza no viaja al extranjero».

Todos quieren viajar, acumular millas como quien amontona posesiones, sin embargo, nadie se pregunta por qué. ¿Por qué esa nueva visión del viaje como capital de experiencias, como vara con la que se mide el grado de grandeza del individuo?

Lo curioso es que vivimos en el centro del desplazamiento forzado: ¿no será el viaje, entonces, una forma de purificar nuestra historia, de creer que nuestro eterno desplazamiento se produce por un deseo ferviente de superación y no por lo que realmente lo orienta?

Millones de jóvenes olvidaron que si viven en la gran ciudad ha sido producto del desplazamiento forzoso de siglos de violencia; de aquella violencia que directa o indirectamente los afectó. Porque sus abuelos llegaron a la gran ciudad huyendo de las balas que se cruzaban sobre sus sienes o porque ya no era rentable el campo, y no lo era porque esa imposibilidad de una economía estable en el mundo rural se debe directamente al conflicto armado, a la guerra.

El fenómeno del desplazamiento en Colombia ha generado una serie de consecuencias que aun hoy día nos ha faltado tiempo para explicar y entender. En el caso concreto, millones de desplazados, internos y externos, han terminado por creer que su tránsito geográfico ha sido provocado por cualquier motivo y no por el que realmente lo impulsa. Así, centenares de jóvenes creen que viajan al extranjero porque están progresando y no porque las oportunidades en este país han sido pocas. Buscan, desde hace décadas, en otros países, oportunidades laborales, educativas y de bienestar, ya que esta patria, con su violencia endógena, ha generado un sin número de formas del desplazamiento. Viajan, entre tantas razones, por conservar la cabeza, por olvidar el pasado oscuro o por purificar la marca vergonzosa de Caín; buscan, con justa razón, justificar su exilio como forma de progreso.

Nadie quiere reconocerse como desplazado, aunque lo somos, porque sería como enquistarse la estrella de David en el hombro, o, para ser modernos, la luna musulmana en el pecho, una señal de los parias. Nadie quiere confundirse con los que huyendo de la violencia se estacionan en los andenes para pedir una ayuda, o esperan en refugios improvisados una pacificación de sus tierras que nunca llega.

El desplazado no solo es el que está ahí tirado en la calle esperando una solución por parte de un gobierno que los ha abandonado, que fomenta esa misma migración forzada. El desplazado es mucho más que eso. Son las familias que viven en la periferia de la ciudad cuyos abuelos vinieron a buscar trabajo en la gran metrópolis. Son los jóvenes que viajan al exterior en busca de oportunidades educativas y de investigación porque nuestra nación ha decidido priorizar la guerra y no el conocimiento. Los desplazados son los jóvenes que aun viviendo en las grandes capitales deben migrar al centro del país porque el centralismo ahoga. Los desplazados son todos aquellos familiares que buscan una casa en un país que les promete no abrumarlos con impuestos, rentas y pensiones de colegios para sus hijos. Los desplazados somos, en cierta medida, todos los colombianos porque soñamos con cambiar de estrato porque así progresamos, porque esta es la movilidad social sin siquiera detenernos a pensar qué carajos determina dicha movilidad y si salir de la pobreza es un derecho o la producción de un esfuerzo que hace las delicias de los predicadores de la mentalidad positiva. Los desplazados somos todos los colombianos porque le huimos a un país que no piensa en nosotros y de una u otra forma busca cómo masacrarnos. Nos desplazaron del Estado y de la Nación. Somos desplazados porque nuestra propia diversidad culturar y natural ha sido negada para nosotros y ha sido entregada a los grandes ganaderos, a las multinacionales, a los extranjeros. Somos una ciudadanía que migra constantemente e internamente porque Colombia es un Estado fallido.

Así pues, vemos a otros tantos que quieren turistear por las europas y las norteaméricas porque quieren purificar su condición y entrar a la hermosa masa de los turistas que viajan en busca de una construcción capitalista de la felicidad, porque viajar es progresar, porque hay que reinventar el desplazamiento, porque hay que acumular experiencias, y ellas solo pueden ser posibles al otro lado de la frontera.

Robert Walser dijo «la naturaleza nunca viaja al extranjero», porque en el fondo la naturaleza representa la estabilidad, el bienestar y la armonía. Nuestra patria nos obliga al viaje porque desde hace siglos ha perdido el más simple y básico estado natural de cualquier sociedad: la dignidad para sus ciudadanos. Condenados a ser desplazados y buscar nuestro país dentro de nuestro propio país.