martes, junio 18, 2024
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El capitalismo contra la mujer

Las mujeres son la fuerza laboral preponderante en actividades artísticas, de entretenimiento, educación, cuidados y servicios, especialmente los relacionados con alojamiento y alimentación. Los empleos peor remunerados se ubican en los sectores donde ellas tienen mayor presencia

Beatriz Guerrero
@laflormasroja

Hace un mes en Islandia fue noticia el desarrollo de una extraña “huelga” de mujeres, promovida por las empresas y a la que se unió la primera ministra del país, Katrín Jakobsdóttir. El movimiento pretendía reditar la huelga de 1975, conocida como el “día libre de la mujer”, en el que se reclamó por las condiciones laborales de las proletarias y por el reconocimiento del trabajo no remunerado en los hogares.

Al movimiento se le decidió llamar “día libre” porque muchas mujeres no hacían parte de sindicatos y era difícil que se sumaran a una huelga sin garantías de no ser despedidas, mientras que un día libre no podía ser negado por los patrones. La movilización afectó a las fábricas de pescado, la impresión de periódicos y los vuelos comerciales, mientras que las escuelas cerraron y muchos niños acudieron al trabajo de sus padres.

La muy celebrada “huelga” de 2023 también se llamó “día libre”, pero esta vez siendo más justa su denominación, pues pareció más un día feriado que una huelga. Sin reivindicaciones muy claras, más allá de resaltar los aportes de las mujeres y las personas no binarias y del llamado contra la violencia de género, el movimiento parecía tener más un carácter simbólico, diluido en los interminables y fragmentarios discursos identitarios.

Las mujeres contratistas y trabajadoras por cuenta propia expresaban no saber exactamente ante quién parar y con qué fin, y algunas simplemente expresaron que aprovecharían la jornada para tomarse la tarde libre, mientras que muchas empleadas contaban como sus patronos las llamaron a parar. La primera ministra se ausentó de sus labores, así como algunas parlamentarias, sin explicar muy bien el objetivo o función del acto, nuevamente, más simbólico que práctico.

La realidad laboral femenina

Este tipo de hechos, promovidos por las grandes trasnacionales, el capital financiero y los Estados, nos hacen perder de vista que una de las peores formas de violencia es la pobreza, impuesta por un sistema que se basa en la explotación del trabajo humano, el cual es el sostén de todas las demás formas de opresión vigentes hasta la fecha.

En la actualidad, el capitalismo ha tenido mucho éxito en difuminar las formas de explotación, valiéndose principalmente de las reivindicaciones identitarias, que dividen y enfrentan al proletariado.

Colombia no está al margen de realidades como la islandesa y, por eso, debemos propugnar por una lucha emancipatoria real de la mujer trabajadora. La mujer es un engranaje central de la acumulación capitalista. Por ello, debemos entender como una forma de violencia las dinámicas de explotación a la que está sometida, para no perdernos en el superfluo mundo identitario, para comprender que nuestra emancipación está ligada a la superación de toda forma de opresión, que sufre la clase obrera en su conjunto.

En 2023, el DANE ha estimado que el total de la población en edad de trabajar en Colombia asciende a 39.6 millones de personas, pero la fuerza de trabajo la componen 25.5 millones. Esto quiere decir que la población fuera de la actividad laboral es de un total de catorce millones, mientras que 2.3 millones de personas se encuentran desempleadas, siendo la mujer quien resiente más la situación.

El 68.7 por ciento de la población en edad de trabajar fuera de la fuerza de trabajo es femenina, lo que significa que 9.6 millones de mujeres en edad productiva no entran al mercado laboral. Ahora bien, este año el desempleo global ha afectado a 2.393 millones de personas. Del total de desempleados, las mujeres representan el 53.2 por ciento.

De igual forma, prevalece una diferencia en el ingreso. Antes de la pandemia, hecho que afectó directamente al mundo del trabajo, el promedio salarial de las mujeres era de trescientos mil pesos menos que el de los hombres. Para 2021, se calculaba que las trabajadoras ganaban 6 por ciento menos en promedio que los hombres. En general, los trabajadores sin estudios suelen recibir menos ingresos, pero para el mismo año se estableció que las mujeres sin estudios percibían casi 40 por ciento menos ingresos que los hombres.

Sin embargo, hablar de la brecha salarial suele ser una trampa de promedios propios de los análisis liberales, pues a la vez que reclaman más ingresos piden más mujeres políticas y empresarias para lograr la ramplona igualdad. Evidentemente, en promedio una mujer recibe menos ingresos que un hombre, pero la realidad es más compleja. Para entender el problema hay que considerar los oficios.

La informalidad y el ingreso

En nuestro país, las mujeres son la fuerza laboral preponderante en actividades artísticas, de entretenimiento, educación, cuidados y servicios, especialmente los que tienen que ver con alojamiento y servicios de comida. Mientras que son una minoría en la agricultura, el transporte y almacenamiento y la construcción.

Por otro lado, varias estimaciones apuntan al hecho de que entre los empleos peor remunerados en Colombia se encuentran los ligados a las artes, la actuación, la redacción, la limpieza, los servicios de comida, la atención de bares, los servicios hoteleros, el cuidado de niños, el trabajo social, los servicios de enfermería, la psicología. Es decir, los empleos peor remunerados se ubican en los sectores donde mayor presencia tienen las trabajadoras.

Igualmente, en los ingresos impactan factores como la cantidad de horas laboradas remuneradas, pues, en promedio, los hombres trabajan casi dos horas más que las mujeres, o el embarazo, ya que esta condición acarrea consecuencias negativas para las mujeres en el mundo laboral.

Con el tiempo, la informalidad ha dejado de ser una condición definida exclusivamente a partir de la cobertura de la seguridad social, para abarcar más factores del mundo del trabajo. Concretamente, el DANE considera como ocupados informales a todos los asalariados o empleados domésticos que no cotizan salud ni pensión por medio de la vinculación laboral, trabajadores sin remuneración, trabajadores por cuenta propia y empleadores que se desempeñan en economías de muy pequeña escala, donde no hay “distinción entre el trabajo y el capital como factores de producción”.

Desde nuestra perspectiva, esta categoría recoge a una población que enfrenta condiciones precarias de trabajo. Para mediados del presente año, se calculó que el 56 por ciento de los trabajadores en Colombia, casi trece millones de personas, labora en condiciones de informalidad. Esta situación afecta al 53 por ciento de la fuerza de trabajo femenina, mientras que 58 por ciento de los hombres trabajadores se ocupan en la informalidad.

Frente a estas cifras hay que evidenciar otra realidad. Las colombianas son la abrumadora mayoría de quienes se emplean en labores domésticas, donde prima la informalidad, y duplican a los hombres en el trabajo familiar sin remuneración. Por eso, no es extraño que, durante los últimos años, se registre que en los hogares con jefatura femenina el ingreso sea en promedio inferior comparado a los hogares con jefatura masculina.

Sindicalización

La promoción de las reivindicaciones identitarias va de la mano de un estéril igualitarismo, que se concentra en las formas. Así, muchas empresas han creado agendas feministas y se han dedicado a promover a más mujeres a cargos directivos. Mientras tanto, la capacidad de respuesta de la clase obrera se debilita.

Los feminismos de muchas tendencias, obnubilados en esencialismos de género, deciden renunciar a las formas de organización política, mientras que parecen olvidar a la mujer trabajadora. Y los sindicatos, especialmente débiles en Colombia, limitan a la mujer trabajadora en sus espacios y resultan cada vez más incapaces de ampliar su impacto entre el proletariado femenino. El último censo sindical mostró que las mujeres representan el 41 por ciento de la población sindicalizada.

En conclusión, la pobreza es una de las peores formas de violencia y hay que comprender cómo la experimenta directamente la mujer, pero sin olvidar que solo puede ser superada por el género humano en su conjunto.

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