De Davos a la tierrita

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El presidente Gustavo Petro arriba a la Cumbre de Davos

Los planteamientos sobre lucha contra el cambio climático enunciados por el presidente Petro en el ámbito internacional, hacen parte del programa del Pacto Histórico

Carlos Fernández

El Foro Económico Mundial (FEM) de Davos (Suiza), organizado por los grandes magnates del mundo empresarial y corporativo, pretende, de un lado, medir el pulso de la situación coyuntural y de mediano plazo de la economía internacional y, del otro, observar de primera mano la orientación de política económica de los gobiernos participantes, tanto de las grandes potencias como de los países hoy llamados emergentes y, seguramente, buscar incidir en dicha orientación.

Las intervenciones del presidente Petro en este foro giraron en gran medida en torno al tema de la necesidad de la descarbonización de la economía, la transición energética, la potencialidad de América Latina de lograr estos objetivos a través del buen manejo de la Amazonía y de la elevada capacidad regional para producir energías limpias.

En este sentido, el presidente mantiene la coherencia con relación a sus planteamientos en otras instancias internacionales como la COP 27 sobre cambio climático y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Intríngulis de la transición energética

Aunque, a veces, no se haga explícito, el tema de la transición energética implica abordar el del sistema económico en el cual se desarrollaría. La necesidad de la transición ya es evidente para gobiernos y corporaciones, incluidas las grandes empresas explotadoras de carbón e hidrocarburos. De hecho, éstas ya han iniciado inversiones en proyectos de energías limpias porque, negacionistas tipo Trump o Bolsonaro aparte, la evidencia científica sobre el peligro de extinción de la vida en la tierra es cada vez más apabullante.

Empero, el traslado de inversiones hacia fuentes de energía limpia, diferentes a las convencionales como petróleo y carbón, es un intento de evitar la desvalorización de los capitales invertidos en esta industria, buscando salvar el capitalismo en su modalidad actual y, por ende, las enormes ganancias que se generan con la extracción e industrialización de estos productos.

Petro señaló en Davos que no es el capitalismo actual el que va a salvar la vida del planeta, y denominó, «técnicamente», según sus palabras, como «capitalismo descarbonizado», el régimen socio-económico que podría resolver, mediante la planeación pública multilateral, la necesidad de llevar a sus últimas consecuencias la desvalorización completa de los capitales invertidos en petróleo, carbón y gas, para que florezcan otras formas de capital productivo en actividades no tan depredadoras y detener, así, el cambio climático que se cierne como espada de Damocles sobre la humanidad.

Tal como se reveló en Davos en el propio informe del FEM, el capitalismo actual está amenazado por una serie de crisis de gran envergadura en los próximos diez años. Se trata de crisis ambientales y sociales, «impulsadas por tendencias geopolíticas y económicas subyacentes». Más concretamente, el informe mencionado señala la crisis de precios (inflación) y de deuda pública como factores que, en los próximos dos o tres años, pueden poner en peligro la estabilidad política y exacerbar la desigualdad.

Ante eso, el cofundador del Foro, Klaus Schwab, propone construir un «capitalismo de partes interesadas» en el que las corporaciones privadas se posicionarían como «fideicomisarias de la sociedad».

Los líderes mundiales están aceptando la idea de descarbonizar la economía, como lo plantea el presidente Petro en Colombia

¿Salvar o acabar el capitalismo?

La discusión, en el plano mundial, está planteada. Lo interesante que surge de Davos es que los propios magnates corporativos se vean obligados a salir a defender el sistema que representan y del que se lucran, ya que los cuestionamientos al mismo -que tienen que ver con la exacerbación de la desigualdad entre propietarios de medios de producción y población trabajadora mundial, denunciada por Oxfam en su informe para el mismo foro de enero- empiezan a calar en la conciencia de importantes sectores de la población.

El peligro de extinción de la vida humana provocado por el cambio climático, generado éste por la actividad económica humana adelantada en condiciones de producción monopólica capitalista, es el elemento central del replanteamiento sobre la viabilidad del régimen económico imperante. Los procesos de transición energética ya son abordados con seriedad en variedad de países.

La decisión más importante a este respecto la tomó el gobierno de Dinamarca en 2020, al determinar que se suspendían las licencias de exploración de hidrocarburos en el mar del Norte y fijar el año 2050 como límite para culminar la explotación de los mismos. Otros países habían fijado metas ambiciosas en este sentido, en cumplimiento del Acuerdo de París sobre cambio climático.

La guerra entre Rusia y Ucrania y las subsecuentes sanciones económicas a Rusia han impactado negativamente el alcance de estas decisiones, lo que hace que, en medio de la locura de la OTAN de escalar la guerra hasta la derrota rusa, los objetivos de salvar de la extinción a la especie humana se vean aplazados. No así la lucha anti-capitalista, como lo prueban las grandes movilizaciones en Inglaterra y Francia a las que asistimos en estos días.

Mientras tanto…en el Tíbet latinoamericano

Los mismos planteamientos sobre lucha contra el cambio climático enunciados por Petro en el ámbito internacional hacen parte del programa del Pacto Histórico con que llegó a la presidencia y han sido expuestos en diversas instancias de discusión con gremios y comunidades. La propia ministra de Minas y Energía ha tenido que enfrentar hasta un intento de moción de censura en el Congreso de la República, motivado, en apariencia, por su falta de experiencia en la exposición de temas tan álgidos (lo cual ha sido evidente) pero que, en el fondo, proviene del temor de los empresarios del carbón y del petróleo de ver afectado su negocio.

Esta oposición a los planteamientos gubernamentales se hubiera dado, incluso, si la ministra hubiera manejado las cosas con más tacto. Para infortunio del gobierno, a las declaraciones sobre finalización de los contratos de exploración, se vino a sumar el enfrentamiento con la viceministra a raíz del manejo no muy riguroso de la información contenida en el informe del ministerio denominado “Diagnóstico general de contratos de hidrocarburos 2022”.

Los cuestionamientos a la política económica sobre descarbonización de la economía hechos en el plano nacional parten de un hecho cierto -el enorme peso de las exportaciones de los hidrocarburos en las exportaciones del país y en la generación de recursos fiscales- pero subestiman la urgencia de adelantar dicho proceso de descarbonización en aras de la vida en el planeta. Pareciera que los críticos de esta política no hubieran asumido tal urgencia y, en el caso específico de los economistas, es como si sólo importara el corto plazo de las variables macroeconómicas y presupuestales.

Qué tanto pesa Colombia

Otro argumento contra esta política hace referencia al bajísimo impacto que tiene el país en las emisiones de gases de efecto invernadero (menos del 1% del total mundial), lo que haría nugatorios los esfuerzos por contribuir en la lucha mundial contra el cambio climático. Se le ha hecho la observación al gobierno de que la contribución del país a la solución de este problema sería más efectiva si el esfuerzo se enfocara contra la deforestación de la selva amazónica y de otras zonas boscosas del país como el Chocó bio-geográfico.

Al respecto, habría que decir que lo uno no se opone a lo otro. De hecho, entre los planteamientos del presidente, ocupa especial importancia el llamado a defender la Amazonía como otro elemento para que la región latinoamericana ejerza un liderazgo efectivo en la lucha contra el cambio climático. Pero lo uno no se opone a lo otro. La importancia actual de la explotación de hidrocarburos en la generación de divisas y de recursos fiscales va a empezar a disminuir cuando los compradores del producto colombiano vayan haciendo su propia transición energética y la demanda de petróleo y carbón descienda.

Algunos opositores han apelado al argumento falaz de que ningún país ha iniciado proyectos de desinversión en la industria petrolera. El ejemplo de Dinamarca que señalamos más atrás lo desmiente. Otros han hablado de que no es la década de la finalización de la explotación petrolera, cosa que nadie ha planteado. Aquí, en la tierrita, los empresarios de la explotación de hidrocarburos no están viendo el problema global, sino que están utilizando los anteojos de la rentabilidad inmediata para oponerse a la política gubernamental en esta materia.

El gobierno de Petro alcanzará tan sólo a implantar el inicio de la descarbonización de la economía del país. De la continuidad de ella, dependerá que el aporte colombiano sea significativo y valga la pena.