martes, mayo 21, 2024
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Comunicación, lenguaje y cultura en la novela Llanura, soledad y viento

El texto nos enseña a escribir sobre todas las superficies, específicamente en el silencio, pues uno ya no sabe si el mensaje entre los animales y los humanos es una realidad o aparece en la virtualidad de la comunicación

Duvan Carvajal Restrepo

Las salutaciones y recuerdos de todos los llaneros, y el pedido de drogas, el Caporal le describía pormenorizadamente la muerte del caballo de Cubillán, y a renglón seguido la de Flaminio. “Lo tuvimos que enterrar en las sabanas del Blanco, onde cayó picaoe taya, porque esta caridad no se niega a naide” (González, 1965, p. 237), y después de contarle sobre el descornamiento de una de las vacas lecheras, entraba a narrar la epopeya de los geólogos petroleros. “La mortandá e bichos era pa vela, no pa escribirla, Blanco. Cuando les di el alto, los jurungos no hicieron sino reíse, diciendo que tenían permiso del Gobierno reinoso pa acabar con todo; como si estas sabanas no jueran cautivas desde en vida del Blanco viejo, don Ramón” (p. 237).

La dificultad del estudio de la fiesta comunicativa en la Nnovela Llanura, soledad y viento, de Manuel González Martínez, se debe fundamentalmente a lo parcial de los testimonios. Por un lado nos llega la novela y las narraciones de los personajes que se mezclan entre la humanización de los animales y la deshumanización de los hombres. Por el otro lado, se presenta el viaje del héroe al espacio monstruoso convertido en una metáfora de un saber natural, político y animal. El viaje al espacio remoto, la llanura densa, o llana, la aventura con la muerte. Intemperie y tempestad. Personajes de suerte o maldición en el camino, cruzar a contracorriente un río. El sacrificio del animal, y el sacrifico humano. Entonces lo que la ética del discurso y la cuestión de la verdad abordan, es el estudio comunicativo de esa construcción heroica que claramente se desborda en la falta de unidad entre los personajes que componen la novela y el reto del hombre que convive y humaniza o domestica a los animales.

Es decir, al plantearse aquí la posibilidad de que una mirada comunicacional se contenga de metáforas heroicas y restrinja básicamente la subjetividad y con ello la praxis política o comunicativa. Esto es, esa composición de la imagen como expresión del cuerpo, como símbolo, más o menos como lo plantea José Lezama Lima en el Reino de la Imagen quien, al anteponerse a la lógica del discurso formal, propone la imagen como sentido, y como “la última de las historias posibles” La novela Llanura, soledad y viento y sus personajes cierran el relato al revés pues, humanizar y domesticar a los animales y que sean los de su especie, que sea el animal quien cuestione el origen de esa proximidad y no se avale por parte del personaje del humano esa celada tendida precisamente para comunicar lo incomunicable: es en esos movimientos de la temporalidad donde se juega la terminación de una historia.

En otras palabras, el final implica, antes que un corte, un cambio de velocidad, anteponiendo tiempos variables entre la comunicación y la no comunicación. Para ser más precisos, se hace necesario convocar al teórico Sudafricano  Dominique Wolton  y su obra Informar no es Comunicar.

Cuando se habla de informar y de comunicar se traslada el pensamiento hacia una función social de la comunicación para vindicarle una herramienta plausible a la ciencia de la comunicación, entendiendo que la redundancia es una las formas más antiguas de defender una posición. Pues se podría llegar a pensar que informar y comunicar significan lo mismo, sin embargo, Dominique Wolton se ha encargado de que esos dos significados sean totalmente opuestos. Informar no es comunicar. Para la mayor parte de nosotros, esto significa que si la información es seria, la comunicación no lo es. Sí a la información, no a la comunicación, que está siempre bajo sospecha de ser seducción y manipulación. Este es el estereotipo común. Con la cita anterior inicia el autor la demostración o el intento que hace a través de un pequeño texto sobre la importancia de cohabitar con el otro. De negociar con el otro.

De convivir con el otro como fin último de la comunicación, dejando  atrás la manipulación y fascinación que sienten los medios de comunicación, la academia y en general los dueños de la información. Pues en estos tiempos de grandes revoluciones informativas e informáticas, donde todo el mundo sabe de todo, termina en una gran incertidumbre lo que corresponde a la comunicación. Los resultados son imprevisibles, se sabe que el siglo XX fue el de las victorias de la radio y de la televisión y en general de las comunicaciones, los primeros hombres en el espacio y el mundo atento a saber de ellos. El siglo XXI, según Wolton, es el siglo de la convivencia entre los seres que se comunican y que ya no resisten solamente la información sino que están dispuestos a morir, si es posible, por los cambios en la información. Con la llegada del internet, la comunicación y la información cambiaron diametralmente. Y es entendido como un cambio mundial de las normas económicas si se quiere denominar de cierta manera.

Todos los seres humanos se quieren comunicar por alguna razón y el autor manifiesta tres razones por las cuales se comunica la gente, y estas son el deseo de compartir, pues todo el mundo trata de comunicarse para poder compartir así sea de manera jerarquizada, luego viene la seducción y por último la convicción. La seducción se explica como el acercamiento al otro, por medio de ciertos motivos inherentes al ser humano y la convicción como una manera de coexistir. Lo anterior para definir la importancia de la comunicación, más allá de los silencios que pueden afirmar lo contrario a las palabras y los gestos. Lo que define que la comunicación se centra en las relaciones interpersonales, en negociar en cohabitar, entre tanto la información se limita a la unidad y al mensaje. Ayer, el horizonte normativo consistía en conseguir establecer la comunicación; hoy en día se trata más bien de gestionar la incomunicación, mediante la negociación, para construir la convivencia. Y esto se plantea perfectamente en la obra Llanura, Soledad y Viento, “Te perdono la  vida, viejo Galán, por toda esa colección de tayas, mapanares y cascabeles que te habrás comido en tu largo viaje por este Llano; te la perdono, también, por lo viejo que eres, según lo dice tu tamaño y la aspereza de tu piel. De nada me serviría tu muerte, pero si llegares a acercarte a mi rancho, y asustaras a mi mujer, te convertiría en carne picada para arrojarla a los voraces caribes de que está lleno el caño. Aquí mando yo, sometido a mi ley tendrás la garantía de tu vida. Tu presencia quizás ahuyente la caza, pero en cambio las serpientes venenosas estarán bajo tu mandato; te las dejo, buen provecho te hagan, pero cuidado con tocarme los cervatos” (p. 8), y así sucesivamente, hasta llegar a un fin último, pues es sabido que ya no hay una autoridad única y definida, el poder resulta difícil de concretar y ya no hay modo de precisar de dónde vienen los personajes principales en el drama de los medios de las masas, Gugudú nada dijo; ¿qué podía decir? Aplastó aún más la cabeza contra el fango del estero.

Por el contrario nada mejor, como técnica de observación y análisis, que la inmersión iniciática en un cosmos, e incluso la conversión moral y sensual, a condición de que tenga una armadura teórica que permita al lector apropiarse en y por la práctica de los esquemas cognitivos, éticos, estéticos y conativos que emprenden diariamente aquellos que lo habitan. Si es verdad, como sostiene Pierre Bourdieu, que aprendemos con el cuerpo y que el orden social se inscribe en el cuerpo, a través de esa confrontación permanente más o menos dramática pero que siempre deja un espacio a la afectividad, entonces es imperativo que el lector se someta al fuego de la acción in situ, que sitúe en la medida de los posible todo su organismo, su sensibilidad y su inteligencia en el centro del haz de fuerzas materiales y simbólicas que pretende adicionar, que se afane por adquirir las apetencias y las competencias que hacen de catalizador en el universo  de Misael, dejando la linde del estero para adentrarse en la montaña, al tener como huella la verticalidad de la palabra en la obra de Manuel González Martínez.

Llanura, Soledad y viento, nos enseña a escribir sobre todas las superficies, específicamente en el silencio, pues uno ya no sabe si la comunicación entre los animales y los humanos es una realidad o aparece en la virtualidad de la comunicación, ¿será real que la selva habla o esos sonidos proceden del cercano bosque y las aves que saludan al día a través del canto de pájaros que se confunden con los trinos y chillidos de diferentes tonalidades? Estos y otros actos son miedos que la novela suscita en diversos momentos que tienen que ser tenidos muy en cuenta a la hora de abordar una lectura sobre el Llano Casanareño.

No obstante, uno de los miedos más serios que se acumulan en el camino, de lo que, de otro modo, sería una ruta muy razonable, es la certeza de la búsqueda de lo que no se ha perdido en la exploración del bosque silenciosamente realizada por Gugudú en un ataque fulminante en la cacería de los venados por parte del reptil que avanza por el monte buscando lo más espeso de la selva, ya que no hay espíritu ni alma, desempolvando la máscara que orienta la disposición comunicativa de los miedos debido a que para tener máscara primero hay que tener rostro, y aunque la máscara ha sido raptada y no acude a nuestro apoyo su fuerza expresiva ni su vigor mágico, también es cierto que ha perdido buena parte de su valor simbólico.

Llanura, Soledad y viento. Detrás de la mascarilla está el miedo y el anonimato que oculta su verdadero rostro desde los oscuros pabellones del horror, donde la agónica lucha contra la razón asfixiante es una necesidad donde la soledad se impone abigarrada de imágenes selváticas que incitan al tránsito del grito luego de desnudarse el miedo que paradójicamente acompaña a la novela.

Llanura, Soledad y Viento nos asiste a una sucesión de rupturas que van desmembrando silenciosa y contundentemente las múltiples máscaras que no habitan, esas que no han podido romper la angustia de la pérdida del rostro que no se suple con el retoque del maquillaje, ni con los tintes y tatuajes con los que el cuerpo protesta.

La Novela, sin duda, recorre vertientes de una tradición literaria inspirada en la obra cumbre de José Eustasio Rivera, La Vorágine, que nos vapulea palabra a palabra y silencio a silencio, de esa misma manera, la selva, el llano, los miedos y esos animales que parecen humanos y que se domestican sin perder su ancestralidad y mucho menos su carácter salvaje y se resisten a morir y solo nos dejan una posibilidad para persistir y aceptar un nuevo nacimiento de un lenguaje que no se parece a ninguno otro, por lo menos, en los tiempos en que el lenguaje comunicativo por medio de la recreación literaria, nos atañe a todos los que soñamos con una literatura distinta aunque esté inspirada en un mismo cielo, y en este caso, en un mismo llano.

En Llanura, Soledad y Viento, hay lugares comunes en los análisis comunicativos que se desenmascaran en la mirada dolorosa de la selva tras haber sido abandonada a la suerte del escritor, el tránsito por la reformulación de la escritura y su cercanía a una tradición novelística y estilística heredada de la Vorágine que marca un hito en la novela de la época, que hermana a Horacio Quiroga con José Eustasio Rivera. Pues escribir es un acto de soledad en la medida que la misión de la escritura es la de ser una suerte de médium entre las visiones y la del común de los mortales, debido a que no se sabe si se está apesadumbrado y abatido o esquivo en la sentencia lejana que se ata a un silencio impuesto.

En Llanura, Soledad y Viento uno ya no sabe si realmente está leyendo literatura o están en sus oídos largas melodías de tiempos de batalla de la antigua Roma donde los generales buscaban las victorias a través de cantos de sirenas y cantos de guerra como cantos de gloria, lealtad y honor como si todavía estuviera en los tiempos de Séneca, sabiendo de antemano que geográficamente se ubica en el Llano, con cantos de vaquería y décimas llaneras, que son cantos de victoria en tiempos de penuria que promueven parvos horizontes.

Llanura, Soledad y Viento culmina con un tono totalmente pesimista, la relación entre el hombre y la naturaleza determina una reacción que está captada en la mención de la explotación del hombre al ámbito natural y animal como si fuese una epifanía allá arriba, en el lugar donde se detenta el poder sin perder la cabeza, la mención a Juan Vicente Gómez, la  preocupación por los pueblos vecinos, incluyendo la capital y la postura del autor como pastor y poeta conllevan a considerar la novela como un documento revelador lanzado por un hombre que por primera vez se encuentra con una narración sapiencial teórica y extensa.

La comunicación que se detiene en cada capítulo de la novela termina convertido en un trabajo de todos los días, comparando la novela con una creación que deja traslucir a Manuel González Martínez, como hombre capaz de realizar un cambio en la mentalidad de los llaneros tratando de ensamblar el mundo humano en la tradición mítica y moral. Sin dejar atrás al tirano en tiempos difíciles pero también de gran desarrollo, describiendo la naturaleza bárbara y poniendo a Llanura, Soledad y Viento en un lugar privilegiado como una de las novelas tierra de la América Latina, después de tres o cuatro novelas que arrasan con la comunicación en los argumentos con disposición narrativa.

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