sábado, junio 15, 2024
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Amor, camarada

El fin del capitalismo es el fin de la monogamia, pero no de la represión familiar. Una reflexión desde los postulados de Alexandra Kollontai, superando a Engels sobre la familia, la propiedad privada y el Estado

Felipe Quintero

Estos asuntos que por separado requieren de un texto autónomo, se pueden revisar a través la sensibilidad del amor. Entre los estudios históricos del amor en el marxismo se encuentra la bella reflexión de Alexandra Kollontai durante su esperanzadora vida soviética, sobre las relaciones sexuales y amorosas.

Su análisis de las relaciones sociales en torno al amor la hizo explorar caminos que para los “padres” del comunismo no se vislumbraban, como lo fue el amor durante y después de la revolución. Para Engels existía apenas una aspiración de la transformación de la familia al acabar las opresiones del mundo, pero Kollontai nos trajo la mirada del amor durante la camaradería revolucionaria.

El amor como relación social

Kollontai reflexiona en textos como Abran paso al Eros Alado, Las relaciones sexuales y la lucha de clases o Tesis sobre la moral comunista en las relaciones conyugales la contraposición en los períodos revolucionarios frente al requiebre de la moral burguesa y el camino despejado de la libertad socialista. Sus apreciaciones se centran en comprender el amor como relación social libre del condicionamiento monogámico establecido por las transformaciones del patriarcado y su interés por la herencia exclusiva.

Al acabar el capitalismo en la patria socialista, como creía Kollontai, debía transformarse en los proletarios, el Eros sin alas, condición propia de aquellos que ven el sexo como condición de consumo y placer individual, hacia el Eros de alas extendidas, que permitiera explorar las relaciones de amor en la libertad individual y el deseo desde la camaradería.

Sin embargo, el Eros en su extenso estudio de la filosofía y de las relaciones de la vida ha tenido expresiones de estas condiciones amorosas. Entonces, ¿cómo sería el amor comunista?, la clara obviedad es que es un amor libre. Las preguntas que se abren ante esta afirmación son: ¿pueden los comunistas ejercer su amor en condiciones como las de hoy?, ¿deben los comunistas priorizar las relaciones afectivas de la camaradería sobre el amor libre y sin sometimientos?

El «Eros transfigurado»

La reflexión que desarrolló Kollontai, después de la revolución, es que nuestra guerra no es restrictiva al deseo desbordante y al amor sin categorías. Lo que nos dejó la patria socialista es que el fin del capitalismo trae consigo el fin de las relaciones monogámicas, pero no su institución patriarcal, es decir, debe ser una labor y obligación de los comunistas, exclusivamente de los hombres, desistir del poder del hogar para aspirar a la llegada del poder popular. En otras palabras, debemos acabar la institución familiar en su carácter matrimonial, no para luego permanecer en la comodidad de la unión libre, sino, para llegar a lo que Kollontai denominó:

“En ese mundo nuevo la forma normal, reconocida y deseable de las relaciones entre los sexos estará basada puramente en la atracción sana, libre y natural «sin perversiones ni excesos» de los sexos; las relaciones sexuales de los hombres en la nueva sociedad estarán determinadas por el «Eros transfigurado»”.

Esta nueva forma de amar debe ser considerada en nuestros días, pues es un hecho que la llegada de una nación socialista no transforma las realidades de las mujeres socialistas en torno al poder familiar. Por esto, aquel amor que no condena a la mujer al sometimiento del hombre en su relación amorosa, en su versión monogámica, poligámica, poliamorosa o ninguna, es un amor comunista. Un amor libre, como dice Kollontai, es un amor-camaradería, un amor que nos une revolucionariamente, pero que no nos somete al libertinaje inconsciente de la otredad o nos deja en relaciones abiertas sin responsabilidades afectivas.

Es, entonces, un amor que nos obliga a desaparecer roles de género y desesquematizar patrones de comportamiento insensibles. Es la revolución amorosa posible destruyendo la moral, capitalista y narco paramilitar (En el caso de Colombia), para establecer vínculos amorosos que nos lleven a las trasformaciones de las relaciones íntimas y políticas.

Este análisis no pretende ejercer culpabilidad moral a las relaciones actuales, pues, sí es posible identificar avances que deben ser parte de nuestra educación general: el amor no es una prisión psíquica, aunque existan límites económicos, no puede ser parte del repertorio revolucionario la creencia del poder masculino dentro del hogar.

Los tres postulados de Kollontai

Es pertinente, entonces, recordar los tres postulados básicos que propone Kollontai para un amor comunista: primero, igualdad en las relaciones mutuas, es decir, desaparición de la suficiencia masculina y de la sumisión servil de la individualidad de la mujer al amor;  segundo, mutuo y recíproco reconocimiento de sus derechos, sin pretender ninguno de los seres unidos por relaciones de  amor la posesión absoluta del corazón y el alma del ser amado y con ello, desestructurar el sentimiento de propiedad fomentado por el poder burgués; y tercero, sensibilidad fraternal o el arte de asimilarse y comprender el trabajo psíquico que en el alma del ser amado se efectúa (La civilización burguesa sólo exigía que la mujer poseyese en el amor esta sensibilidad).

Estamos ante una oportunidad de influir en la cultura. El proceso actual de cambio puede darle un término a estos paradigmas económicos y psíquicos que recaen sobre las y los proletarios. La cultura no se puede transformar sin establecer cambios en las funciones del Estado. Avanzar en ello creará las condiciones para la libertad amorosa, solidaria y colectiva.

La producción de una nueva moral no puede encaminarse a construir nuevas cadenas que sometan nuestras relaciones en un futuro posible sin restricciones y obligaciones conyugales. El amor comunista es un amor destinado al romance colectivo y la desmitificación del romanticismo, que promueve la libertad y debe ejercerse en todos los lugares de la vida revolucionaria. La respuesta de las hostilidades psíquicas del ahora es el amor, camaradas.

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