Vamos por el cambio

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Foto Boris Orjuela

Hasta el órgano de prensa del uribismo, la revista Semana, ha reconocido que lo ocurrido el domingo es un hecho histórico: una colectividad política de izquierda ganó la elección a Senado. En un país donde el bipartidismo mantuvo un férreo monopolio sobre el Estado por un siglo y medio, y en el cual el fraude y la violencia frenaban los proyectos alternativos que osaban desafiar ese monopolio, el que el Pacto Histórico alcanzara más de dos millones de votos es un suceso sin precedentes.

Sin embargo, lo ocurrido el pasado 13 de marzo no se circunscribe a una victoria de las fuerzas alternativas, sino que marca el inicio del derrumbe del escenario político que había construido el uribismo tras su irrupción en la esfera pública hace ya más de 20 años. Las fuerzas políticas que surgieron como efecto del reacomodo del bipartidismo ante la gravitante figura presidencial de Álvaro Uribe, nos referimos al Partido de la U, Cambio Radical y el Centro Democrático, han mostrado su desgaste.

Los dos primeros partidos perdieron casi la mitad de las curules en el Congreso que habían logrado en 2018, aun con la compra de votos que se ha visto en zonas como la Costa Caribe, el Centro Democrático irá con 21 escaños menos al periodo legislativo 2022-2026, estos datos deben considerarse sin perder de vista que ninguno de esos partidos dejó atrás sus delictuosas prácticas fraudulentas.

Y al día siguiente de los comicios, el retroceso del Centro Democrático se hizo aún más patente cuando su candidato Óscar Iván Zuluaga, renunció a su candidatura. Aunque es claro que esto no es más que una maniobra para intentar frenar al Pacto, lo cierto es que, luego de 20 años, vamos a una elección presidencial sin candidato oficial del uribismo. A Fico se le cayó la máscara de independiente y de inmaculada inocencia. Apareció en su frente la frase Soy uribista de pura cepa, a mucho honor.

La tragedia de Álvaro Uribe y el Centro Democrático es que perdió el norte y no ha caído en la cuenta que su lenguaje guerrerista y propiciador de la violencia solo tiene aceptación en las huestes paramilitares y en las mentes desquiciadas de la reducida extrema derecha que delira con el neofascismo y que hoy es rechazado por las grandes mayorías del país.

Mientras la sociedad reclama paz, el uribismo, incapaz de conectarse con un país sumido en la crisis y harto de la violencia, profundizó su beligerante discurso guerrerista, que poco le dice a esa sociedad dividida entre sectores opulentos que acumulan grandes riquezas y el 30 por ciento de la población que vegeta en la miseria.

El neoliberalismo que consolidó en su gobierno Álvaro Uribe, vendió seguridad para velar su verdadero objetivo: el despojo de los derechos sociales y la apropiación de la riqueza nacional por los grandes monopolios nacionales y trasnacionales.

El Acuerdo de Paz volvió disfuncional la violencia, identificó a sus beneficiarios y sembró convivencia, por lo cual el discurso bélico es rechazado por la mayoría del país, he ahí la causa de la desesperación de la extrema derecha. Además, es el fundamento de los avances del Pacto Histórico y de los sectores progresistas colombianos.

Pero dejando de lado la euforia, es importante considerar los bemoles que surgen tras la preliminar victoria. En primer lugar, el fraude. Aunque la corrupción no fue suficiente para derrotar al Pacto, el fraude sigue presente. El gobierno nacional creó las condiciones para este, con medidas como la suspensión de la Ley de Garantías, así como con los manejos de la Registraduría, que van desde el software adquirido, hasta la contratación de empleados supernumerarios a menos de un mes de las elecciones.

Las denuncias demuestran los instrumentos y las acciones del fraude: los formatos E-14 en la consulta de Equipo por Colombia manipulados a favor de Federico Gutiérrez, mesas -que según se reporta equivaldrían al 26% del total- en donde hay 0 votos para el Pacto, mesas no reportadas en el extranjero o en las que se contó un voto dos veces. El panorama de cara a la elección presidencial exige la máxima atención para evitar que la corrupción y el fraude patrocinado por el Gobierno logre escamotearnos la victoria.

En segundo lugar, la abstención. A pesar de que no pocos tenían cifradas las esperanzas en que el descontento social expresado en el paro nacional se concretara en una mayor participación electoral, esta se redujo en menor cantidad a la esperada. De esta forma, queda claro que no se ha logrado concretar la motivación y movilización de los decepcionados para que se expresen electoralmente. He ahí un objetivo prioritario de los activistas del Pacto Histórico.

Debemos llegarles a las personas que están hastiadas de la dura situación que atraviesa el país pero que siguen descreyendo de la acción política organizada. Tenemos el deber de movilizar al pueblo para lograr conjurar el fraude, que de seguro será el principal medio al que recurran las fuerzas reaccionarias para frenar el ascenso electoral del Pacto Histórico. La victoria se construye en la acción de cada militante día a día desde ya.