Una niña de los noventa invoca la magia de Maradona

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Diego Armando Maradona celebra uno de los dos goles que le convirtió al seleccionado de Inglaterra el 22 de junio de 1986

A tres años de la muerte del dios argentino más terrenal -que sin dudas expresaría hoy también su espanto frente a la llegada al poder de la ultraderecha en el país andino-, un ejemplo sobre cómo el Diego nos atravesó la vida a todes

Laura Litvinoff

Es jueves y en Plaza de Mayo la situación se desbordó: la gente está trepando las rejas de la Casa Rosada, donde en los noventa vos, el Goyco y todo el equipo del mundial de Italia bailaron por el subcampeonato, y de esa forma nos demostraron que no es necesario ganar siempre para poder festejar.

Durante ese mundial le pedí a mi mamá la camiseta del Goyco, esa famosa de todos colores, y los guantes. Ella me regaló todo porque si hay algo que siempre me dio fue la libertad para ser y vestirme como se me diera la gana. Yo tenía seis años y andaba todo el día con eso puesto; atajando penales en la escuela, en el campito de Marangoni y hasta en el pasillo de mi casa. La puerta del placard era el arco, yo decía que era el Goyco y mi hermano que era vos.

Aunque todavía es de día, afuera ya apareció la luna. Una luna desubicada y brillante como vos. Los policías dispersan a la gente en la Plaza haciendo lo que más les gusta hacer, y yo adivino que te gustaría insultarlos.

Cuando me enteré de tu muerte grité muy fuerte: “¿Quééé?”. Y enseguida llamé a Belén, mi novia, para contarle. Con la voz entrecortada me dijo que ya se había enterado, y que le parecía que te mueras vos era como si se muriese Cristina.

En la televisión, Cristina mira tú ataúd con un profundo silencio. Su mano maternal y de mujer de mil batallas acaricia la madera con ternura. Sobre el cajón, una bandera de Argentina, y en la punta, el pañuelo blanco que las Abuelas le pidieron a Alberto poner ahí. Me imagino que entrás y la besás a Cristina. Sonreís con esa mueca tan tuya, y le decís que vos no estás ahí, que estás en la luna.

Afuera, bajo un sol furioso, un pibito que se parece a vos cuando eras chico hace la fila interminable, quién sabe hace cuántas horas. Tiene un barbijo con los colores de boca y una flor amarilla en la mano para dejarte cuando entre a despedirte.

Dalma hace su primera publicación en redes después de tu muerte: es una foto en un patio; vos tenés puesto un equipo deportivo, estás sentado arriba de una pelota y ella, que es una nenita, decora tus medias con una margarita que tiene entre las manos. En el texto que acompaña la imagen, Dalma promete llevarte margaritas el día que se vuelvan a encontrar.

Te llaman de mil maneras

Te llaman de mil maneras. Algunos apodos ya los conocía y otros no: barrilete cósmico, D10S, ángel hermoso y maldito, Diegol, Maradó, gordo, cebollita, pelusa. Es viernes y en la vidriera de una lotería hay un cartel colgado con el número que representa el nombre “Diego”, y abajo el que representa “Armando”. Al lado del último, escrito con marcador dice: “Salió”.

Mientras todo el pueblo te llora, algunas personas te critican. Entre amigues intentamos analizarlo pensando distintas alternativas. Las más evidentes serían: egocentrismo, búsqueda de protagonismo, ganas de llamar la atención, “síndrome del aliade”, falta total de empatía, moralismo, vigilanteada.

Yo tengo una hipótesis: la imposibilidad de sentir lo que otres sienten en un momento como este genera envidia, y en la búsqueda inconsciente de poder sentir algo, terminan generando violencia y sufriendo por autoconsiderarse “diferentes”. O dicho de otro modo, masoquismo puro.

En la televisión vuelven a mostrar todos los partidos que jugaste y las frases increíbles que dijiste. En las redes publican mil veces la canción de Manu Chao y también la de Rodrigo. El video con la canción de Silvio Rodríguez, que estás vos en la bombonera y el sol te abraza, el que hacés un millón de jueguitos mientras bailás “Life is life”. Y el gol famoso a los ingleses, la revancha deportiva que significó ese partido después de haber perdido Las Malvinas.

Un periodista brasilero dice que fuiste tan increíble que sos una mentira, una ficción. También dice que sos inmortal. Te escriben mil notas, canciones, cartas, poemas. Te escribe Mariana Enríquez, Gabriela Cabezón Cámara. Florencia de la V confiesa que fuiste el primero en llamarla después de que logró obtener su identidad.

Dicen que una de tus mayores virtudes es que nunca te olvidaste de donde viniste, y que siempre defendiste a quienes menos tienen porque, con tu compromiso social y tu ideología, siempre te ocupaste de dejar muy claro de qué lado de la mecha te encontrabas.

En un programa de televisión, el Goyco llora desconsoladamente. Busco en internet cuándo fue tu última aparición pública: hace menos de un mes, en tu cumpleaños sesenta. Te hicieron un festejo en la cancha de Gimnasia y entraste al estadio casi sin poder caminar. Me entristezco por no saber que estabas así.

Grande, Diego

Es diciembre de los noventa, en un balneario de la costa. Hace calor, no hay casi nadie en la playa y mi primo y yo jugamos a la pelota sobre la arena. La carpa es el arco y él se prepara para atajar un penal que estoy por patear. Cuando tomo distancia de la pelota, me pregunta quien patea esta vez y yo le digo: “Maradóóóó”.

Es miércoles y se acordó un aplauso comunitario en todo el país a las 10 de la noche. Estoy sola en casa, salgo al patio, y mientras me sumo a los aplausos, con una extraña mezcla de pudor y emoción me sale gritar: “¡Grande, Diego!”.

Charly García te escribe una carta hermosa de despedida. Yo lloro (todos los días desde el miércoles vengo llorando un poco) y me termino riendo al final, cuando dice que Mick Jagger, con quien Charly cuenta que alguna vez tuviste una pelea, ironizó sobre vos preguntándole: “¿este no es el que juega al vóley?”.

Esa misma noche con Martín, un amigo de hace años, quedamos en ir al día siguiente a Plaza de Mayo, pero cuando a la madrugada le mandé un mensaje, me dijo que estaba esperando el colectivo para ir en ese mismo momento. “Me acosté a dormir y no pude; quiero ver el amanecer ahí”, me dijo.

Cuando llegó a la Plaza me contó que estaban las hinchadas de Boca, River, Racing, San Lorenzo, todas juntas despidiéndote en una madrugada triste, pero también mística y única. No llamé a mi viejo ni a mis hermanos, ni a mi tío ni a mis primos. Pienso que tal vez, sin darme cuenta, me molesta menos que vos seas hijo del patriarcado a que lo sean ellos.

Del mundial que más me acuerdo es el del ‘94. El partido contra Grecia estábamos en la reserva ecológica porque ese día hacíamos una salida con la escuela primaria. Alguien había llevado una radio, y mientras caminábamos entre la naturaleza íbamos festejando cada uno de los goles. Recuerdo que el tuyo lo celebramos especialmente, y que sentí una alegría inmensa.

El partido contra Nigeria lo vi en la casa de mis abuelos, que murieron hace ya varios años. Fue un partido difícil y mi abuelo y yo lo miramos juntos. Con ansiedad y nerviosismo nos la pasamos gritando los 90 minutos. Pero cada vez que vos hacías una de tus jugadas mágicas, yo no podía creer estar viendo a alguien jugar al fútbol así. En cada uno de los dos goles del Cani, con tus impecables asistencias, mi abuelo y yo nos abrazamos muy fuerte. Ahora me doy cuenta de que no recuerdo haber abrazado así a mi abuelo en ningún otro momento de nuestras vidas.