Nancy Fraser y el feminismo anticapitalista

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La feminista estadounidense y filosofa nos invita a re-imaginar la justicia de género de una forma anticapitalista que lleve, más allá de la crisis actual, a una nueva sociedad

María Elvira Naranjo Botero

Nancy Fraser (1947- ), feminista estadounidense, filósofa y profesora de ciencias políticas y sociales, ha sido poco mencionada como exponente de la Escuela de Frankfurt. Sin embargo, Fraser puede considerarse como integrante de la tercera generación, si asumimos que esta es una corriente de pensamiento crítico que asume el método dialéctico de análisis para interrogar las contradicciones de la sociedad.

La primera generación de Max Horkheimer, Erich Fromm, Walter Benjamin, Herbert Marcuse y Theodor Adorno se inició con la publicación de la Historia del Socialismo y del Movimiento Obrero. Ellos buscaron integrar los aportes teóricos de tres grandes pensadores: Karl Marx, Max Weber y Sigmund Freud, reivindicando la importancia cada vez mayor de la cultura, el miedo a la libertad y la crítica al autoritarismo.

En la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, el principal exponente es Jurgen Habermas con su teoría de la acción comunicativa. La tercera generación de discípulos de Habermas, focaliza su crítica en las expresiones culturales como generadoras de ideologías y de posibles imaginarios colectivos en una sociedad. Es desde esta perspectiva que puede reconocerse a Nancy Fraser como integrante de la tercera generación de la Escuela de Frankfurt.

El concepto de justicia social

Sus contribuciones más significativas al pensamiento crítico están relacionadas con el concepto de justicia social y sus diferentes dimensiones: justicia de la representación, justicia redistributiva referida a la igualdad social en la distribución de los recursos materiales y justicia del reconocimiento referida a las reivindicaciones relacionadas con la identidad de género, de raza, de etnicidad. Según Fraser, estas dimensiones de la justicia social deben estar interrelacionadas, de tal manera que la emancipación de género vaya de la mano con la democracia participativa y la solidaridad social.

En la segunda mitad del siglo XX, los movimientos sociales más visibles y frecuentes estaban centrados más en la representación y el reconocimiento que en la distribución de recursos: el derecho al sufragio, las luchas por los derechos civiles de los negros estadounidenses, los movimientos de liberación nacional, las acciones colectivas de los estudiantes, los sin trabajo, sin techo, sin papeles, etc. Así, en la práctica se eclipsó la importancia de la justicia redistributiva y las luchas sindicales referidas a la contradicción capital-trabajo. La focalización excesiva en la identidad ocultó los efectos del paradigma ético del  neoliberalismo y de la creciente acumulación capitalista.

Las ideas feministas, que una vez formaron parte de una visión radical del mundo, se expresan, cada vez más, en términos de un individualismo neoliberal, centradas casi exclusivamente en el cuerpo, la violencia doméstica, las agresiones sexuales y la opresión reproductiva. Este feminismo narcisista neoliberal ignora las fuentes estructurales de la dominación patriarcal capitalista que actualmente ha logrado la abolición de derechos, ganados históricamente con mucho esfuerzo, por las generaciones anteriores.

Como lo planteó Erich Fromm, hace cerca de 90 años, la comprensión plena de la ideología patriarcal exige un análisis profundo. Las mujeres constituyen una clase dominada y explotada por los hombres en todas las sociedades patriarcales; como todos los grupos explotadores, los hombres dominantes producen ideologías que explican su dominación como natural y necesaria; las mujeres, como la mayoría de las clases dominadas, han aceptado la ideología masculina. En la sociedad capitalista prevalece la orientación mercantil y el éxito material constituye el valor predominante, por eso no es extraño que las relaciones amorosas sigan el mismo esquema de intercambio que gobierna el mercado de bienes y de trabajo.

Por todo esto, Nancy Fraser nos invita a re-imaginar la justicia de género de una forma anticapitalista, una forma que lleve, más allá de la crisis actual, a una nueva sociedad. Que nos lleve al mundo que ha sido siempre el centro de los sueños más elevados de la humanidad: un mundo justo, cuya riqueza y cuyos recursos naturales sean compartidos por todos, en el que la igualdad y la libertad no sean solo aspiraciones utópicas sino condiciones de vida reales, para todos y todas sin discriminación.

Con Simone de Beauvoir podemos afirmar hoy, que es necesario amar y valorar a los demás o de lo contrario la propia vida pierde significado y sentido, porque la vida tiene valor siempre que se valore la vida de los otros a través del amor, la amistad, la indignación y la compasión: “El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”.

Según Nancy Fraser, el feminismo debe desafiar las fuentes estructurales de la dominación de género en la sociedad capitalista; el llamado trabajo productivo, asociado con hombres y con ingresos monetarios ha sido valorado históricamente; mientras que el trabajo del cuidado necesario para la preservación de la vida y la reproducción social (trabajo doméstico, la nutrición, la salud, la educación, etc.) realizado principalmente por mujeres, ha sido subvalorado. Esta división jerarquizada y generalizada de la producción y la reproducción es una estructura que define la sociedad capitalista. No puede haber emancipación de la mujer mientras estas estructuras se mantengan intactas y sin el reconocimiento al papel esencial de la mujer en la reproducción social y la preservación de la vida.

La experiencia de la pandemia y del confinamiento sirvió para evidenciar que nuestra supervivencia como especie, no depende del éxito de unos pocos, sino de la cooperación, la solidaridad y el cuidado mutuo. Nos permitió reconocer la importancia de las profesiones menos valoradas en el capitalismo y que en esas circunstancias fueron esenciales para preservar la vida como limpiar, cocinar, atender enfermos y cuidar niños. Cuidar, en el momento actual, es el verbo más necesario. Históricamente hemos sido las mujeres quienes cuidamos vitalmente a los otros (hombres, familias, hijas e hijos, parientes, comunidades, escolares, pacientes, personas enfermas y con necesidades especiales).

Maternidad social y feminismo comunitario en Latinoamérica

En Latinoamérica tenemos algunas experiencias emancipatorias de maternidad social que deben mencionarse. En Argentina el Movimiento de Abuelas de la Plaza de Mayo durante casi 50 años de persistencia buscando sus hijos y nietos desaparecidos durante el período de la dictadura militar (1976-1983). Para ellas la maternidad se configuró como un eje de solidaridad y de unión gracias al cual se produjo un ejercicio político de rechazo y crítica a un régimen totalitario de “terror-impunidad”. Basadas en una representación de la maternidad relacionada con los valores del amor, el cuidado y la protección: “Nosotras ya no somos madres de un solo hijo, somos madres de todos los desaparecidos. Nuestro hijo biológico se transformó en 30 mil hijos. Y por ellos parimos una vida totalmente política y en la calle. Revalorizamos la maternidad desde un lugar público. Somos Madres que la necesidad de entender la historia de nuestros hijos nos llevó a ocupar espacios hasta ese momento desconocidos por nosotras”.

En Colombia, las mujeres organizadas logran transformar la función social de la familia tradicional y convertirla en una plataforma para transgredir la estructura social y enfrentar la violencia gubernamental; ellas protagonizan acciones colectivas y denuncian los crímenes de Estado. Así ocurrió en las organizaciones de madres, esposas, hermanas de desaparecidos o asesinados en el marco del conflicto armado en Colombia. Son las Madres de Soacha, las Mujeres de la Asamblea por la Paz, las sobrevivientes de la Unión Patriótica, la Asociación de Familiares Detenidos desaparecidos, Asfades, el Colectivo 82 con las hermanas de los estudiantes San Juan, García, Campo, víctimas de desaparición forzada.

Las madres comunistas de Provivienda, durante la segunda mitad del siglo XX, en cerca de 500 barrios de todo el territorio nacional, urgidas de techo para sus familias, encontraron su fuerza principal en su voluntad de ayudarse unas a otras, cuidar a sus enfermos, alimentar a sus hijos, apagar el incendio en el rancho de sus vecinos y evitar desalojos de la policía. La maternidad se convirtió en una plataforma sobre la cual fue posible para ellas cuestionar y transgredir la estructura represiva; fue como un eje de solidaridad, de unión y de movilización contra el terror. Generaron un nivel de conciencia social que legitimó las ocupaciones de hecho y las acciones colectivas. Gracias a su fortaleza y solidaridad, cada barrio de Provivienda buscó convertirse en un hogar de paso para alojar campesinos marchantes, trabajadores en huelga y en un refugio para los desalojados y los perseguidos políticos.

En Bolivia, el feminismo comunitario es una perspectiva política y epistemológica alter-nativa, que se distancia del feminismo eurooccidental y neoliberal. Propone una ruta de acción política para unificar estrategias de lucha frente al capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Este feminismo boliviano evidencia la condición de dominación sobre la naturaleza impuesta por el sistema de producción capitalista, y para salir de la relación dicotómica jerarquizada entre hombres y mujeres propone la comunidad como un cuerpo político transformador.

Importancia histórica del trabajo de las mujeres y su aporte al conocimiento humano. Según el relato bíblico sobre el origen de la humanidad, en el Jardín del Edén había paz, pero sin libertad y sin conocimiento, porque estaba prohibido comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Sin embargo, en contra de la prohibición, Eva decidió tomar el fruto de este árbol, lo compartió con Adán, y en consecuencia, fueron expulsados del paraíso. Desde una lectura patriarcal, este mito puede culpar a las mujeres de todas las desgracias de la humanidad. Pero, desde una perspectiva contemporánea y de género, este acto de desobediencia de Eva puede interpretarse como un acto de libertad, que posibilitó el uso de la razón y el desarrollo del conocimiento.

Muchas conjeturas existen sobre cómo evolucionaron hacia la civilización las comunidades cazadoras y recolectoras, desde el llamado período neolítico, 3.000 años antes de nuestra era. De hecho, la transición de la caza a la agricultura ha sido interpretada como la pérdida para el hombre de la alegre zona de caza y la necesidad de trabajar para ganar el pan con el sudor de la frente, como lo hacían las mujeres recolectoras. Cavar la tierra, día a día con un palo para arrancar raíces, fue trabajo de mujeres que también fabricaban recipientes rudimentarios para depositar lo recolectado.

Por todo ello, según el científico británico, John Bernal, es probable que la agricultura fuera una invención femenina y en general las artes del campo y del hogar, como sembrar, regar, trillar, moler, almacenar, cocinar, fermentar y construir chozas. También el arte de tejer, que se deriva de la fabricación de canastos, supone regularidades y relaciones entre la forma del tejido y el número de hilos necesarios que están en la base de la geometría y de la aritmética. Observar el crecimiento de las plantas y su procesamiento permitió poco a poco comprender la relación causa-efecto indispensable para el conocimiento racional y el surgimiento de ciencias como la botánica, la química, la medicina tradicional, desarrolladas y aplicadas por mujeres a través de los siglos, como brujas, hechiceras, cocineras, costureras, tejedoras, curanderas, parteras, enfermeras y en general, oficios relacionados con el cuidado de la vida y de los otros y la protección de la naturaleza.

El reconocimiento actual de este legado histórico de las mujeres y, a la vez, la conciencia universalmente compartida sobre la urgencia de evitar la destrucción progresiva del planeta son la base del ecofeminismo, como propuesta anticapitalista, para construir una bio-civilización basada en la preservación del medio ambiente, el cuidado de la naturaleza y de los otros.

El ecofeminismo asume que desde hace millones de años la vida humana ha sido posible por el trabajo de las mujeres, quienes siempre han luchado y cuidado de su comunidad y de las nuevas generaciones. Para la ecofeminista Vandana Shiva el capitalismo destruyó un sistema de vida y de trabajo humano femenino, que se había hecho hasta entonces, y dejó sin voz a las mujeres que lucharon por mantener la naturaleza. Destruir la tierra es destruir la sociedad. Para cambiar nuestro sistema patriarcal capitalista debemos cambiar el sistema de globalización económica que tenemos; cambiar la manera de pensar en la sociedad, reconocer que nuestra vida proviene del planeta y está sostenida por mujeres: Para liberar el planeta es necesaria la liberación de las mujeres y la liberación de la humanidad.

El feminismo que Nancy Fraser propone, busca responder a una crisis mundial contemporánea con el desplome de los niveles de vida y el amenazante desastre ecológico; las guerras devastadoras y las expropiaciones intensificadas; las migraciones en masa recibidas con alambradas de púas; el racismo y la xenofobia. El escenario alternativo de la solidaridad puede que aún esté vivo. La crisis actual ofrece la posibilidad de volver a tirar de ese hilo una vez más, de manera que el sueño de la liberación de las mujeres sea de nuevo parte de la visión de una sociedad solidaria. Para lograrlo, las feministas necesitan romper esa “amistad peligrosa” con el neoliberalismo.