Un cambio en la agenda

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La última cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños en México, no contó con la participación de Colombia. Foto Sputnik Mundo

El nuevo gobierno popular reconstruirá las relaciones internacionales de Colombia sobre la base de la independencia nacional, el mutuo respeto con todos los países y la integración latinoamericana

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

Desde el mismo momento en que el nuevo presidente de la República, Gustavo Petro, pronunció su discurso de victoria en la noche del domingo 19, quedó claro cuál será el talante del gobierno popular con respecto a la política exterior del país: diálogo, mutuo respeto, independencia y vocación latinoamericana.

Lo insólito es que una agenda como esa, que debería ser habitual en cualquier país miembro del sistema internacional y que además está consagrada en la Constitución de 1991, en la Colombia del siglo XXI resulta ser una propuesta impactante.

Ello se explica porque el país desde el periodo de Marco Fidel Suárez, entre 1918 y 1921, ha seguido la doctrina llamada respice polum, como guía de las relaciones exteriores de Colombia y que consiste básicamente en asumir los intereses de Estados Unidos como propios. En aquel momento, se vivía un ambiente de distensión de las relaciones con el país norteamericano, estropeadas desde su intervención en la separación de Panamá en 1903. Con el pago de la indemnización de cinco millones de dólares a Colombia en 1922, los dos gobiernos inauguraron una era de seguidismo y obsecuencia por parte de nuestro país a la “estrella polar del norte”.

Bajo perfil

Durante el siglo XX, Colombia mantuvo un bajo perfil en el concierto internacional, nunca encabezó iniciativas que involucraran a otros países y siempre se caracterizó por su respeto al derecho internacional. Incluso, cuando Laureano Gómez fue el único presidente latinoamericano en enviar tropas a la Guerra de Corea en 1950, lo hizo avalado por el Consejo de Seguridad de la ONU.

No obstante, cuando la legalidad internacional ha ido en contravía de los intereses estadounidenses, Colombia no ha dudado en apoyar a su “socio y aliado”. En 1982, por ejemplo, nuestro país fue el único de la región en desconocer el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, TIAR, que obligaba a respaldar a Argentina en la Guerra de las Malvinas y dio su apoyo Inglaterra. Y en 2001 fue el único país suramericano en apoyar la invasión estadounidense de Irak, en contravía del Consejo de Seguridad de la ONU que la había declarado ilegal.

Parroquialismo uribista

El siglo XXI, con la llegada del uribismo al poder, inauguró para Colombia una etapa en sus relaciones internacionales marcada por la “guerra contra el terrorismo” y el aislamiento frente a América Latina. Recordemos que en aquel momento se vivía la primera ola de la primavera latinoamericana y entre la profusión de gobiernos progresistas en la región, Colombia se erigía como el único aliado confiable de Estados Unidos.

En ese contexto, el gobierno uribista profundizó la dependencia económica y militar con la firma de varios Tratados de Libre Comercio y el uso del territorio nacional como gran base militar y plataforma para llevar a cabo agresiones militares contra países vecinos.

Durante los gobiernos de Uribe nos convertimos en el vecino incómodo, aquel que expulsaba migrantes, exportaba fenómenos criminales como el paramilitarismo y el narcotráfico, contaminaba los ríos por las fumigaciones con glifosato cerca de las fronteras, bombardeaba y hacía persecuciones en caliente. Todo valía con tal de derrotar al terrorismo. Por supuesto, la visión estrecha y parroquial del uribismo llevo a ignorar el deterioro de la confianza en Colombia y a depositar todos los huevos de la canasta en el aval del gobierno Bush, contribuyendo al aislamiento del país en el contexto latinoamericano.

Nefasta herencia

Tras ocho años en los que Juan Manuel Santos –con una política exterior mucho más inteligente, hay que decirlo– se esforzó por recomponer las relaciones con los países vecinos sin perder la “buena relación” con Estados Unidos, el gobierno de Iván Duque llevó a la política exterior de Colombia a su punto más bajo.

Duque no solo se caracterizó por su obediencia y zalamería, recordemos la errática alusión a la supuesta ayuda de los padres fundadores estadounidenses a la Independencia de Colombia. También redujo la política exterior del país a la única estrategia de derrocar al gobierno de Venezuela, renunciando a cualquier otra iniciativa y depositando todos los esfuerzos en el fallido “cerco diplomático” que “en cuestión de horas” pondría fin al proceso bolivariano.

Debe recordarse que los esfuerzos de Duque para derrocar al gobierno venezolano no se limitaron a lo estrictamente diplomático, como reconocer a Juan Guaidó o convocar el ahora inexistente Grupo de Lima. El gobierno de Colombia apoyó decididamente a los sectores más descompuestos y mafiosos de la oposición venezolana y violó el derecho internacional permitiendo que se apoderaran de empresas como Monómeros u organizaran temerarias expediciones militares desde nuestro territorio.

Todo ello sin mencionar el daño que el propio Duque le hizo a la imagen de Colombia con sus habituales metidas de pata, como cuando dio saludos de Álvaro Uribe al rey de España, expuso en la Asamblea General de la ONU un informe falso de la presencia del ELN en Venezuela o en la Unesco hizo alusión a los siete enanitos como una de las bases de su idea de “economía naranja”.

Además, durante este cuatrienio la carrera diplomática se convirtió en un botín para repartir entre los amigos del Gobierno que, aunque no es una práctica nueva, sí se caracterizó por la insultante mediocridad e ineptitud de los funcionarios nombrados, muchos de ellos ya inmersos en casos de corrupción.

Una nueva respice similia

La doctrina del respice similia en relaciones exteriores se intentó implementar en el decenio de 1960 y consistía en poner el foco no en los Estados Unidos sino en los países más similares al nuestro, como los latinoamericanos. El presidente Petro ha propuesto una nueva versión de esta doctrina exponiendo en su discurso de la victoria que el país planteará sus relaciones exteriores a partir del mutuo respeto, la independencia y la cooperación latinoamericana.

Se da como un hecho que el nuevo gobierno popular restablecerá las relaciones diplomáticas y comerciales con Venezuela, contribuyendo al alivio de la situación de miles de personas a ambos lados de la frontera que han sufrido el deterioro de su calidad de vida por cuenta de la hostilidad entre ambos gobiernos y de empresarios de ambos países que están ansiosos por recuperar el comercio binacional. Se espera que las relaciones con el país hermano se reconstruyan sobre la base de la mutua conveniencia y la necesidad de enfrentar conjuntamente los numerosos problemas que nos aquejan como vecinos.

Petro ha advertido que llevará a los foros internacionales la iniciativa de construir una agenda regional contra la crisis climática. Colombia, como país amazónico, la cuarta economía de la región y uno de los bancos de biodiversidad más ricos del planeta, tiene mucho que decir en el marco de la discusión más importante de la actual agenda global. Así, el gobierno del pueblo promoverá el respeto por la naturaleza y la superación de la economía depredadora por una diferente que ponga en el centro la dignidad del ser humano.

Ahora sí, Colombia será una potencia mundial de la vida. Gustavo y Francia: estamos listos para la tarea.