Transfiguración: El Cristo-pueblo

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Transfiguración: el Cristo-Pueblo, obra de Jesús Franco Ospina

El pasado 21 de enero falleció en Manizales, a la edad de 92 años, Chucho Franco, pintor acuarelista, cuya obra es ampliamente conocida nacional e internacionalmente. VOZ lo recuerda con este texto

Jesús Franco Ospina

Nota de la redacción: Chuco Franco nació en Sevilla, Valle del Cauca, pero a temprana edad se radicó en la capital de Caldas, donde se graduó en la Escuela de Bellas Artes.

Fue docente en la Universidad de Caldas, organizó un museo de cera, un teatro de títeres, fue dibujante industrial y arquitectónico y fue cercano a las organizaciones y luchas populares. El artículo que publicamos en esta página es una muestra de sus dotes poéticas.

La crucifixión de Jesús ha sido motivo para que el arte se haya ocupado de él debido a la importancia de la religión católica y en la cultura occidental.

La vida de Cristo estuvo inspirada en aliviar el dolor humano, predicar la justicia, la solidaridad, el perdón, la fraternidad, castigar a los mercaderes.

He considerado el martirio de Jesús semejante a la tragedia que han padecido los pueblos en la historia, por el desdén y atropello de las clases dominantes.

La obra “El Cristo-pueblo” es una representación que siempre soñé crear, es una visión artística transformadora, diferente a otras crucifixiones tradicionales religiosas. Es una imagen surrealista, cuya cabeza es fuente de luz esperanzadora, para que sus luchas sociales sean viables de ser conquistadas, para que el oprobio y las injusticias no sean posibles y, a cambio de sus heridas, broten por ellas cintas ondulantes, alegres y festivas que, como banderas, flameen de júbilo, anunciando transformaciones que garanticen una vida digna, un despertar de conciencias, de mentes libres y abiertas, sin humillaciones ni avasallamientos, sin envidias ni desamparos, sin guerras ni odios y que podamos cantar:

Que vivir no sea

una crucifixión

sin maderos, sin clavos,

ni corona de espinas.

Que las arterias no sean

ríos desbordados de sangres

y del vientre sean desterrados

los demonios del hambre.

Que el hombre nuevo

sienta, desde lo hondo de sus entrañas,

crecer la dignidad

como una luna nueva

que ilumine sus noches desoladas.

Que de los pies,

maltratados de trasegar por el caos,

ascienda a las manos libres del Prometeo

la paz, para el gran abrazo universal.