Honduras, los traidores de siempre

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Simpatizantes de la presidenta Xiomara Castro y del Partido Libre celebran la victoria electoral el pasado 28 de noviembre de 2021. Foto Gustavo Amador

La lucha por la segunda emancipación en Nuestra América, como toda lucha revolucionaria, no siempre es una línea ascendente hacia la victoria. Es un camino largo de conquistas y también de retrocesos. Y esto es aún más claro en un contexto como el latinoamericano, donde Estados Unidos -que han identificado nuestro continente como su zona de influencia vital- hacen uso de todos sus aparatos injerencistas y de poder para evitar que asciendan proyectos populares que reclamen la soberanía de nuestras naciones.

Además, en su acometido, los estadounidenses cuentan con el apoyo incondicional de una élite cipaya que prefirió una vida parasitaria dependiente de los grandes capitales trasnacionales, antes que un proyecto de desarrollo autónomo.

Por eso no podemos esperar que los avances electorales sean victorias definitivas. Por tanto, el movimiento democrático y popular debe construir un nuevo poder fundamentado en la movilización de masas y la consolidación de la organización desde abajo. Esta necesidad nos la muestra la experiencia hondureña.

En lo corrido del siglo XXI el pueblo hondureño ha mantenido una pugna por lograr una apertura democrática y sacudirse la influencia norteamericana porque el intervencionismo estadounidense ha producido un resultado traumático en este país. Durante la primera mitad del siglo XX las multinacionales bananeras, encabezadas por la United Fruit Company, fueron gravitantes en los asuntos internos de Honduras.

Para mantener el control sobre los enclaves, promovieron gobiernos dictatoriales que se proyectaron hasta finales de la pasada centuria, los cuales contaron con el apoyo de la CIA y las fuerzas armadas norteamericanas para reprimir a su pueblo. Además, estos regímenes extendieron su sombra a la región, permitiendo que se usara el territorio nacional hondureño para que paramilitares armados por el gobierno Reagan atacaran a la vecina Nicaragua.

En 2006 se abrió un nuevo panorama con Manuel Zelaya. Proveniente de un sector radical del Partido Liberal barrió en las elecciones, orientando su gobierno a la recuperación de soberanía sobre la producción energética y al mejoramiento de las condiciones de existencia de las clases populares. Además, en política internacional, decidió integrar al país al ALBA mientras extendía lazos hacia Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Sus acciones le fueron cobradas con un golpe de estado en 2009 protagonizado por las fuerzas armadas e instigado por los empresarios, los políticos de los partidos Liberal y Nacional, y apoyado por la Secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton.

Tras el golpe, Honduras cayó en manos de gobiernos corruptos relacionados con el narcotráfico y sustentados por las fuerzas armadas. Pero esto no quiere decir que el pueblo hondureño se resignara ante el curso de los acontecimientos. Las fuerzas alternativas nucleadas en el Partido Libertad y Refundación (LIBRE), creado por Zelaya, intentó disputar el poder nuevamente en las elecciones de 2013 y 2017.

En estos comicios los conservadores del Partido Nacional se valieron del fraude para contener las virtuales victorias del bloque de izquierdas. Estos hechos causaron sendas movilizaciones que solo pudieron ser frenadas por la represión ejercida por unas fuerzas armadas fuertemente sometidas al Comando Sur.

En 2020, ante el endurecimiento de las condiciones por la pandemia, y ante una corrupción cada vez más evidente, estallaron nuevas movilizaciones, las cuales aumentaron en 2021. Ese mismo año el malestar se concretó en la victoria electoral de Xiomara Castro, candidata de LIBRE. Castro, que coaligó a varios sectores de oposición para derrotar el fraude, logró la victoria en primera vuelta; además, su partido consiguió 50 escaños de 128 en el poder legislativo.

Sin embargo, el imperialismo y sus aliados que aún detentan el poder económico y social en Honduras, no van aceptar sin más la derrota. A dos semanas de la juramentación del nuevo parlamento y presidencia, estalló una crisis política por cuenta de un grupo de congresistas de LIBRE que, liderados por Jorge Cálix, decidieron desconocer los acuerdos prelectorales que suponían, en caso de una victoria, entregar la dirección del congreso a representantes del Partido Salvador de Honduras.

Así pues, el pasado fin de semana se juramentaron dos presidentes en el Congreso, recordando la duplicidad de poderes de otros contextos. Además, la dirección de LIBRE decidió expulsar al grupo de 18 parlamentarios, reduciendo así la capacidad de acción del partido de gobierno en el Congreso.

Queda claro que la victoria electoral abre un escenario de lucha, en el que las fuerzas populares solo podrán avanzar en la construcción de un nuevo gobierno con la movilización constante que acompañe a Castro en su administración. Honduras es un ejemplo y un derrotero para el Pacto Histórico: las maquinarias se pueden derrotar, pero sí y solo sí, con la más férrea unidad y la lucha del pueblo en las calles, en las plazas, en la universidad, acompañada de los intelectuales progresistas y con la recursiva e indoblegable decisión de lucha de las mujeres y el pueblo.