¡Tchaikovski no va más!

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Director de orquesta Valeri Guérguiev, cuando pretendía interpretar obras de Tchaikovsky

Solo falta que el presidente Duque, que visita por estos días a su homólogo Joe Biden, disponga como regalo a su interlocutor prohibir la venta de ensalada rusa en Pomona, Carulla y los almacenes éxito, como dura sanción a Rusia

Ricardo Arenales

Amén de las crudelísimas sanciones económicas, financieras y militares contra Rusia por la decisión del presidente Putin de adelantar una operación militar especial en Ucrania, en el mundo capitalista se ha desatado una campaña de odio contra todo lo que tenga sabor a ruso, una verdadera rusofobia que raya en lo paranoico.

El titular de la cancillería británica declaró sin sonrojo que “no descansará hasta que la economía rusa se haya degradado”. El presidente Biden, en los Estados Unidos prometió sanciones de “un efecto devastador para Rusia”, y no descansa un día sin pronunciar epítetos contra Rusia, del calibre de que va a arrasar, no con el presidente, sino con todo ese país, que es tanto así como un ‘imperio del mal’.

En ese espíritu, magnificado por los grandes medios de comunicación corporativos occidentales, abundan las expresiones de odio. En algunos lugares se prohibió la participación de gatos rusos en las exposiciones de gatos. Se ha prohibido la participación de la selección rusa en el próximo mundial de fútbol. Y hasta a la delegación rusa en las Olimpiadas Especiales se le cerró la puerta, en una decisión infame con los deportistas paralímpicos.

Contra el cine y la música

La productora norteamericana Disney World, en Orlando, Florida, sacó de su catálogo a la extraordinaria película infantil rusa Anastasia, que trata del destino final de la familia de los zares tras el triunfo de la Revolución de Octubre, solo por el origen del film.

La Filmoteca de Andalucía, en España, acaba de prohibir la proyección del largometraje Solaris, del genio ruso del cine Andrei Tarkovski, y en cambio puso en cartelera 2002, de Steven Soderbergh.

Pero los casos más sonados en el mundo de la cultura, particularmente en el de la música, han sido los del director de orquesta Valeri Guérguiev y el de la soprano Anna Netrebko, dos estrellas de la escena clásica internacional, vetados por su origen nacional.

La Opera Estatal de Baviera, de Munich, anuló los compromisos que tenía con los dos artistas, por lo que consideró “una falta de distanciamiento” de ambos respecto al gobierno de Vladimir Putin, anunció el director de la Opera el primero de marzo pasado.

Censura en Milán

El Teatro Scala, de Milán, canceló la presentación de Guérguiev, que tenía previsto dirigir este mes cuatro representaciones de la ópera ‘Dama de Picas’, del compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovski. El alcalde de Milán y el superintendente de la Scala, dieron un ultimátum a Guérguiev para que dejara en claro su posición frente a la operación militar especial rusa en Ucrania. El director de orquesta nunca contestó.

La que sí se pronunció en su cuenta de twitter fue Netrebko, quien condenó la guerra y manifestó su deseo de paz, pero agregó que “obligar a artistas o a cualquier figura pública a expresar sus opiniones políticas en público y a denunciar a su patria no está bien”. A la cantante le cancelaron una actuación en Macbeth, de Giuseppe Verdi.

La ministra de Cultura de Grecia ordenó por su parte suspender cualquier evento con organizaciones culturales rusas. De inmediato, dispuso aplazar la transmisión desde Moscú de El lago de los cisnes, obra maestra de Tchaikovski. El ayuntamiento de Barcelona, en España, tomó una decisión similar.

Otra estupidez

De inmediato, el genial pianista, compositor y director de orquesta norteamericano Stefan Lano, dijo: “La idea de castigar por este asunto a artistas y grandes compositores, algunos muertos desde hace décadas, siglos, es otra estupidez de esta clase política que a veces me da vergüenza”. Hay una ola de rosufobia contra artistas, deportistas y ciudadanos rusos del común, que solo lleva leña al fuego del conflicto.

A este cuadro revanchista se suma el anuncio de que por petición de Estados Unidos y otras potencias occidentales, la Corre Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional estudiarían nuevas sanciones contra Rusia. También por su parte el senado norteamericano estudia una moción de expulsión de Moscú de la Organización Mundial del Comercio, OMC.

Un hecho adicional, risible si no fuera por la vergüenza que encierra, es el de un pequeño comerciante en Córdoba, España, dueño de una heladería, que decidió suprimir la ‘crema rusa’ de sus productos. No falta sino que, el presidente Duque en Colombia, que visita por estos días a su homólogo Joe Biden, disponga también, como regalo a su interlocutor, prohibir la venta de ensalada rusa en Pomona, Carulla y los almacenes Éxito, como dura sanción a Rusia.

00 Aviso rusofóbico colocado en una heladería de Córdoba, España

Sacrificando cosas en las que creemos

Con las sanciones que a nivel global se toman contra Moscú, se intenta cancelar una cultura, la rusa, a través de nuevas formas de xenofobia, utilizando como pretexto el conflicto en Ucrania, como un modo de expresar el rechazo a las acciones de Putin. El mundo civilizado se ha puesto en pie contra una cultura milenaria.

Es, sin duda, un acto de censura, pero, ante todo, es un acto de barbarie. Lo contrario a los principios del mundo civilizado. El despido de un director de orquesta en Alemania por su posición ideológica frente a Putin, nos retrotrae a la época en que pensar era un delito. Y estamos un pleno siglo XXI.

Se quiere cancelar una cultura a costa de sacrificar cosas en las que, como humanistas, hemos creído y defendido, como la libertad de pensamiento, de expresión, y el acceso a los bienes culturales. Es querer borrar la historia y la memoria. Es también la negación de la propia historia, que habla de valores democráticos que en el pasado defendimos con ahínco. Es negar lo que nos salva y nos redime.