Patricia Ariza: La paz es “una creación colectiva”

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Patricia Ariza.

El 25 de noviembre, en plena conmemoración del Día Internacional de la eliminación de la violencia contra las mujeres, la Corporación Colombiana de Teatro lanza el libro Performances, habitar la calle, habitar los cuerpos.

Patricia Ariza.
Patricia Ariza.

Renata Cabrales

Mucho se dice de Ale­jan­dra Borrero por su campaña “Ni con el pétalo de una rosa” y su desfile, labial en mano, en el Congreso de la República, pintando de rojo las bocas perversas de algunos políticos deshonestos, acto “simbólico” que por un minuto conseguirá “sensibilizarlos” sobre el papel de las mujeres en el mundo, pero no se detendrán a pensar en el daño que padecieron mujeres como las Madres de Soacha, a quienes arrebataron a sus hijos de la manera más cruel y sin asomo de arrepentimiento. Tal es el caso del senador Álvaro Uribe quien posa con orgullo al lado de la actriz altruista, quien pretende haber conseguido un gran logro por envenenar un labial rojo con las babas de un infame.

Pero muy poco se escucha sobre el trabajo cultural, social y político que hace poco más de dos décadas ha venido haciendo Patricia Ariza a través del performance al lado de muchas mujeres colombianas que han padecido todo tipo de violencias, pero sobre todo, en el marco del conflicto armado. Y entre esas mujeres se encuentran las Madres de Soacha, ellas, cuyos inocentes hijos fueron brutalmente asesinados en el marco de los mal llamados falsos positivos, “un plan criminal sistemático y generalizado” contra la población civil, encabezado por quien ahora posa de ser consciente de la situación de las mujeres en el mundo por llevar los labios ridículamente rojos.

Performances, habitar la calle, habitar los cuerpos

El 25 de noviembre, en plena conmemoración del Día Internacional de la eliminación de la violencia contra las mujeres, la Corporación Colombiana de Teatro lanza el libro Performances, habitar la calle, habitar los cuerpos. Una recopilación del trabajo performativo que Patricia Ariza ha realizado, a lo largo de su carrera artística, con mujeres víctimas de todo tipo de violencias y de diferentes regiones del país.

“Para mí, la performance es un ejercicio interdisciplinario y transfronterizo, ya que escapa del teatro y de los rituales de las movilizaciones políticas, para transformar los espacios y los cuerpos”, advierte la actriz sobreviviente del genocidio de la Unión Patriótica.

En el libro se narran los trabajos realizados con distintas mujeres que con su cuerpo exploran diferentes posibilidades de construir y deconstruir nuevas existencias en un universo simbólico femenino libre de violencias, tenemos por ejemplo, Paz haré la, donde se nos muestra un desfile en un universo femenino en el que las mujeres que lo habitan van contando una a una las historias de abusos de las que han sido protagonistas; desde la mujer que padece maltrato físico o psicológico por su pareja, pasando por la que padece acoso sexual callejero hasta llegar a la madre que denuncia y grita,“ señor Uribe, usted asesinó mi hijo”, esta mujer es una de las Madres de Soacha, quienes han utilizado el performance que trabajan con Patricia Ariza, para “convertir el dolor en fuerza”.

En una conversación con VOZ, Patricia Ariza nos habla acerca del performance y como sirve de herramienta para la construcción de paz desde las mujeres.

–¿Por qué el performance en el espacio público?

–El espacio público no es inocente, ya que es un espacio de poder, y en particular, la Plaza de Bolívar, la propia construcción es muy patriarcal: una cosa cuadrada, de piedra, en medio de los espacios institucionales, y ahora es un espacio mucho más patriarcal, porque antes cuando yo estaba chiquita jugaba en el capitolio y podía entrar a todos esos lugares. Ahora en todas partes hay vigilancia y además, todo está cerrado, mientras que esos deberían ser espacios públicos. Ahora al entrar te toman la huella, la foto, y la gente está acostumbrada a eso. Entonces hacer eso en la Plaza de Bolívar tiene un significado muy grande, porque es como que todos y todas estamos reclamando, como imprecando frente al poder. Es un espacio generalmente muy masculino, yo diría que el 98 por ciento de los oradores que han hablado en la Plaza de Bolívar son hombres. Entonces, tiene un significado muy grande.

Ahora, el performance es como un escenario que se construye por una persona o por un colectivo interdisciplinario, transfronterizo. Como yo trabajo con el movimiento de víctimas, también con el movimiento de mujeres y con las organizaciones políticas, entonces llegar ahí y habitar la plaza de otra manera es un acto revolucionario. Por ejemplo, una de las performances que hicimos más revolucionarias en el sentido estético, en el sentido político y en el sentido social fue en la Plaza, la trabajamos con una de las organizaciones sociales de personas desplazadas y entonces la convertimos en el campo colombiano. Transformar la plaza es transformar el imaginario también. La gente que llegaba en vez de ver ladrillos, veía frutas y rostros de personas en situación de desplazamiento que le decían como era la vida antes de que las desplazaran, cómo se siembra el maíz, y cómo se cantan las canciones. Entonces por eso, utilizamos el espacio público para convertirlo en otra cosa.

–¿Cómo se resignifican los cuerpos de las mujeres en ese espacio?

–Esa es la tarea, resignificar el cuerpo de la mujer es muy difícil porque es como si hubiera una separación. Hace poco leí el texto de una feminista que estaba un poco en contra de decir “mi cuerpo es mío” porque ella decía “yo soy mi cuerpo”, o sea no puedo decir mi cuerpo es mío porque estoy expresando que está enajenado, y nosotras luchamos para que no esté enajenado, no para que sea mío, sino yo soy mi cuerpo. Entonces es más como apropiarnos de la subjetividad de manera total y lo digamos con mente, cuerpo y espíritu. Resignificar el cuerpo de las mujeres para mí, tiene que ver con resignificar el contexto.

–¿Se podría decir que este arte es como una resistencia en contra de los medios de comunicación, que manipulan la realidad del país?

–Claro, es una resistencia frente a todo, no solamente frente a los medios de comunicación, el arte trata de desmentir lo que la gente ve tan normal. Por ejemplo, la gente ve normal que hayan niños en la calle, entonces una obra de arte puede mostrar cuan alienado es eso, cuán monstruoso es eso y esto cambia lo que la gente ha normalizado. Y claro, los medios de comunicación nos tienen totalmente alienados(as).

–Este trabajo performativo en los cuerpos de las mujeres, ¿cómo contribuye a la construcción de la paz en Colombia?

–La paz es una construcción: nosotras y nosotros estamos inventando nuestra paz con la singularidad también de la lucha colombiana. Yo creo que podemos recibir muchas lecciones de los países que han tenido conflictos pero es nuestra paz. Entonces estamos aprendiendo y yo creo que la paz de Colombia es como una creación colectiva de trabajo minucioso. Y aunque no sea fácil ni de un día para otro, las mujeres estamos empezando a tener cabida en el proceso de paz. El primer logro fue la creación de la Subcomisión de Género.

La paz es nuestra obsesión, nuestra pulsión, ese es el horizonte inmediato, mediato y a largo plazo. Además del activismo, pues las mujeres somos activistas en la casa, en la calle, desde que nacemos, creo que tenemos que reunirnos a hacer nuestra propia teoría y nuestro propio pensamiento, hemos aprendido mucho de la cultura de occidente, y estamos aprendiendo de los afrodescendientes, de las culturas indígenas, estamos aprendiendo de la propia lucha de las mujeres colombianas que es un movimiento fortísimo y extraordinario, las admiro, las quiero, las necesito. Pero tenemos que unirnos a debatir, las mujeres que peleamos tanto tenemos que dejar de pelear y transformar la pelea en una batalla de ideas. Esa creo que es la tarea de Latinoamérica.