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Oppenheimer, el dilema de Prometeo

Christopher Nolan exhibe un thriller político, una historia que le exige compromiso al espectador para adentrarse en los dilemas del creador de la bomba atómica. “Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”, Bhagavad-Gita

Juan Guillermo Ramírez

El director de Momento: recuerdos de un crimen (2000), Noches blancas (2002), El gran truco (2006), El origen (2010), Interestelar (2014), Dunkerque (2017), Tenet (2020) y la trilogía de Batman integrada por Batman inicia (2005), El caballero de la noche (2008) y El caballero de la noche asciende (2012) concibió su película más clásica, aunque no por eso menos ambiciosa: esta biopic de tres horas que cubre 25 años en la vida del físico que creó la bomba atómica resulta casi siempre atrapante y fascinante, pero al mismo tiempo peca de esa pompa y grandilocuencia ya habituales en su cine.

Christopher Nolan exhibe un thriller político, una historia que le exige compromiso al espectador para adentrarse en los dilemas del creador de la bomba atómica. Robert Oppenheimer contempla un cuadro de Pablo Picasso. La fascinación por la realidad fragmentada, el objeto desde distintas perspectivas.

Una revolución en la interpretación del mundo, la obra de un artista cuyo nombre quedó para siempre en las páginas sobre quienes crean mundo. El protagonista de Oppenheimer quiere hacer historia, como el artista español. Es un científico con renombre, un físico teórico cuya invención será palpable, real y devastadora, pero no es testigo de las derivaciones de la creación que a su vez es antítesis. La película cuenta cómo J. Robert Oppenheimer es convocado por el gobierno de Estados Unidos para liderar el equipo que logre la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial. Saben que el enemigo trabaja en lo mismo, por lo que es necesario apresurarse.

La base del guion

La película funciona como un thriller psicológico que por momentos muta en intriga judicial, se deja arrastrar por las convenciones del melodrama y sin renunciar a tomar cuerpo ante la conciencia del espectador según los estándares clásicos del terror, del miedo compartido.

La cámara se coloca no junto sino literalmente dentro de los ojos encendidos de Cillian Murphy y, desde ahí, desde el principio atómico de un actor en estado de gracia, construye un universo.

Estamos ante una película cuántica que desde la exhibición de los comportamientos e interacciones de las partículas cinematográficas a nivel atómico y subatómico, acierta a dibujar el tamaño exacto de la mirada en toda su extensión cósmica. Es cine para la intimidad y el espectáculo, es cine que a fuerza de mover las piezas inapreciables de lo mínimo alcanza lo máximo. Es cine que explota.

Nolan escribe el guion basado en el libro “Prometeo americano”, de Kai Bird y Martin J. Sherwin, la biografía del padre de la bomba atómica, la tecnología que devastó a Hiroshima y Nagasaki. Un título que alude a la mitología griega, al personaje que robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos. Por esa osadía, Prometeo fue castigado.

Robert Oppenheimer termina encerrado en los tormentos de su creación al constatar la inevitable realidad del armamento. Una empresa llamada para finalizar una cruenta guerra, pero que a la vez comenzó una carrera armamentista que generó zozobra, durante la Guerra Fría, en la que la geopolítica se entramaba con ojivas, como ocurrió en Cuba durante la crisis de los misiles.

Semblanza biográfico-histórica

Judío, interesado por el marxismo (durante su juventud estuvo ligado al Partido Comunista de los Estados Unidos) y por apoyar al bando republicano en la Guerra Civil Española, Oppenheimer fue una figura molesta para el ‘establishment’ militar y político de su país, pero luego de sus investigaciones en la Universidad de Berkeley fue designado como líder científico del Proyecto Manhattan, una iniciativa ultrasecreta que permitió desarrollar las primeras bombas nucleares.

El protagonista no solo fue objeto de un dilema moral, esas preguntas sobre cómo un genio puede ser sabio, la perspectiva de futuro ante tanto poder en manos de una humanidad inestable. También es perseguido en una trama política con ínfulas jurídicas sospechoso de haber espiado para los soviéticos.

La invención destructiva lleva elegantemente su semblanza biográfico-histórica al terreno de la etopeya, o sea, el retórico cántico de las cualidades de un personaje excepcional, pero incluyendo ahora tanto las virtudes como los vicios de personalidad del evocado, su enclenque inminencia corpórea ensombrerada y sombría (cual solitario años 30 de Hopper), su carácter concreto, su atroz ambigüedad ética y moral, su leyenda negra que es también heroica o al menos justificatoria, su mito cual presagio inscrito en un pergamino milenario, a través de la triste e impenetrable figura eternamente errabunda y pujante de un hombre-enigma, orillado a una hipercomplejidad inasible por sus insondables abismos interiores, en los superabundantes bordes paradójicos de un significante vacío, al margen de todo juicio contundente o radical posible.

Narración y drama

La invención destructiva acomete casi vanguardistamente una adaptación pormenorizada y subliminal de su riguroso e inteligente material literario, en un terreno muy cercano al de la primigenia corriente supracultural iniciada por la dupla Straub-Huillet, en la fundacional No reconciliados que resumía esteticistamente las 277 páginas de la novela “Billar a las nueve y media” de Böll en 55 minutos (en su mayoría ocupados por campos vacíos y personajes neutros hablando sin entonación alguna), sintetizando, pero paso a paso las 864 páginas del texto original en solo tres horas, con rápidos diálogos agudos sobre compactos diálogos cientificistas en decenas y decenas de compactas secuencias, mediante conflictos personales y enfrentamientos profesionales reconstruidos como si solo fuesen para quienes conocen y recuerdan los contenidos del libro referencial, aunque siempre bella y provocadoramente.

Lo interesante en esta nueva cinta del director de Amnesia (2000) y El origen (2010) es que toda su narración laberíntica y dislocada, que yuxtapone cronologías, acumula personajes, opera transiciones del color al blanco y negro para enfatizar texturas o conferir un toque documental, conduce en definitiva al mayor acierto de la cinta: la composición dramática del propio Oppenheimer, un personaje sicológicamente complejo al que Nolan incorpora a su galería de personajes sombríos en calidad de víctima de una persecución política, pero también de villano involuntario, responsable moral de un bombardeo genocida.

El cine sigue igual

A Oppenheimer le toca vivir una época entregada a la paranoia política, en la que la URSS, por breve tiempo un país aliado a Estados Unidos en el combate antinazi, se transforma en enemigo máximo de Occidente. Son tiempos de una cacería de brujas por parte de la ultraderecha estadunidense que incluyen la ejecución de Ethel y Julius Rosenberg, considerados espías al servicio del adversario.

No muy distinto es el caso de Oppenheimer, quien pasa de ser una celebridad científica a volverse un hombre políticamente sospechoso. No solo por lo que se sabe de su pasado o su relación con Katherine (Emily Blunt), activista de izquierdas, sino también por las maniobras maquiavélicas de su rival científico Lewis Strauss (Robert Downey, Jr), jefe de la comisión de energía atómica, quien para desprestigiarlo filtra al FBI información sobre su vida íntima o sus viejas simpatías con el comunismo.

Oppenheimer es una buena (por momentos) película clásica (alejada de la pretenciosidad de El origen, por ejemplo), pero revestida de una pirotecnia y una ostentación que quitan más (a nivel dramático) de lo que agregan (a nivel formal).

Oppenheimer cumple con todos los lugares comunes del biopic. El pasado complicado, la genialidad incomprendida, la llamada para alcanzar la gloria y el desprecio y la caída luego de haber prestado un servicio. Lo tiene todo, la época, los conflictos románticos y de familia, las lealtades y las traiciones, la lucha por lo imposible y la angustia de ser sometido a juicio por las razones equivocadas, mientras el verdadero martirio, el que habita en la mente del protagonista, no es juzgado por nadie salvo por él mismo.

El mundo cambió para siempre después de la bomba atómica. El mundo del cine después de Oppenheimer sigue igual.

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