Não passaram

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Jaime Cedano Roldán
@Cedano85

El pasado cuatro de enero se reiniciaron en Perú las movilizaciones de rechazo a la dictadura cívico-militar-parlamentaria que destituyó y encarceló al presidente Pedro Castillo, que reprime criminalmente las protestas, se atrinchera en la constitución fujimorista que se niega a modificar, no reconoce la profunda crisis que vive el país desde hace varias décadas y, al contrario, busca mantener un status quo que les garantiza el mantenimiento y extensión de sus aberrantes privilegios.

Las escenas que a diario se pueden conocer de hombres y mujeres violentados y humillados por el poder deberían multiplicar y extender la indignación a toda la comunidad internacional y en especial en los movimientos sociales, los sindicatos y partidos progresistas y de izquierda de América latina y de Europa. Esperemos que pasado ese “tiempo suspendido” que significan las fiestas decembrinas haya un incremento de las denuncias y la solidaridad con la resistencia y los reclamos de las movilizaciones peruanas.

Son tiempos de crisis por todos lados, las violencias y las ausencias de todo tipo estallan por doquier en las regiones y la galopante inflación llena de incertidumbres y de miedos a millones de familias. La tendencia es a enconcharse y al sálvese quien pueda y es ahí donde logran sus victorias los poderosos, o la han logrado durante dos siglos. Las movilizaciones en Perú son una continuidad de los estallidos sociales de Chile y de Colombia, aunque sin lograr aún irrumpir con fuerza en las grandes ciudades.

El despliegue de la policía en Lima es impresionante, las redadas, los controles y las detenciones masivas son permanentes y buscan crear miedo, pánico e intentar evitar la extensión de las protestas, que sin embargo no logran ser acalladas, descollando el valor y el arrojo de las mujeres enfrentando la represión policial.

La estrategia del gobierno de facto utiliza un libreto bastante conocido y muy desgastado, criminalizar la protesta, señalar de terroristas, vándalos y delincuentes a quienes protestan, señalar hipócritamente que una cosa es protestar y otra destruir, pero las denuncias y las imágenes son contundentes: golpean y  detienen a personas que simplemente van por la calle, acciones similares a las que realizaba Uribe en su gobierno con las  redadas masivas con que se estrenó la política de seguridad democrática.

El golpe de mano que ha dado la derecha en Perú no es un hecho aislado de la ofensiva que las derechas están realizando en todo el continente, incluyendo el asalto a los poderes en Brasil y los paros desestabilizadores en Bolivia o las campañas de desinformación y descrédito que los grandes medios efectúan a diario contra el gobierno de Gustavo Petro.

Es la línea trumpista de desconocer los resultados de las urnas. Es la matriz de las derechas a nivel mundial, desconocer toda institucionalidad si no son ellos quienes la controlan. Unas derechas antisistema, curiosamente. Es la gran paradoja del momento de la que habla Boaventura do Santos, las viejas izquierdas otrora antisistema están en primera línea defendiendo las democracias y la institucionalidad, y ampliándolas, mientras las derechas las desconocen y las pisotean.

El camino está trazado. La democracia se defiende con mayor democracia y políticas sociales de avanzada, con la profundización de la integración de gobiernos y movimientos progresistas y con el empoderamiento de la organización y la movilización social y popular.