martes, mayo 21, 2024
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Muhammad Ali el mensajero de la paz de la ONU

Se proclamó “el más grande” y tenía razón: fue el más astuto, el más altanero, el más apuesto, el más rápido, el más demoledor, el más fanfarrón, el más generoso y el más lúcido de los boxeadores

Leónidas Arango

Cassius Marcellus Clay era un joven boxeador pobre, casi analfabeto, nacido en Louisville, Kentucky en 1942. Tenía solo dieciocho años al conseguir el oro de los pesos pesados en las Olimpíadas de Roma. Al regresar a su patria chica fue a comer a un restaurante, pero lo rechazaron por ser negro. “Tuve que abandonar el restaurante en medio de mi ciudad natal donde iba a la iglesia y hacía el bien como todo buen cristiano, la ciudad donde nací y crecí. Había ganado una medalla de oro, ¿y no podía comer en un restaurante de mi ciudad?”. Sus méritos no tenían valor en la sociedad estadounidense conservadora y blanca.

“Flotar como mariposa y picar como avispa”

Siendo un niño muy curioso, le preguntó a la mamá: “¿Por qué todo es blanco? ¿Por qué Jesucristo es blanco y tiene ojos azules? ¿Por qué en la Última Cena todos son blancos? Santa Claus es blanco, pero todo lo malo es negro: el patito feo es negro. Si el gato es negro, trae mala suerte…”, “Tarzán, rey de la selva, era blanco y podía hablar con los animales, pero no así los africanos que estaban allí desde siempre…”, “Supe que algo estaba mal. Fuimos esclavizados, nos robaron nuestros nombres, nuestra cultura y nuestra historia. Nos convirtieron en muertos vivientes”.

Ya boxeador profesional, el 25 de febrero de 1964 ganó el campeonato indiscutido de los pesos pesados cuando noqueó al gigantesco Sonny Liston contra todos los vaticinios y mostrando al mundo sus grandes virtudes: “flotar como mariposa y picar como avispa”, a pesar de sus cien kilos y casi dos metros de estatura. Anunció que adoptaba la fe musulmana, ingresó a la Nación del Islam y tomó el nombre de Muhammad Ali, que muchos se negaron a reconocerle.

Clay, explicó, era un apellido de esclavo que él no eligió ─“¿Por qué debo mantener visible el nombre de mi amo blanco e invisibles mis ancestros negros?”─. Mientras que las hazañas deportivas y su defensa de los afroamericanos lo transformaban en un ícono, el campeón se transformaba en una piedra en el zapato de una sociedad cargada de prejuicios.

El activista

Boxeador Mohammed Ali, USA (1966). Foto de Onbekend / Anefo

En abril de 1967 tuvo que acudir a un centro militar en Texas. Estaba en la fila esperando ser llamado con otros candidatos a la guerra de Vietnam. En el interrogatorio permaneció callado. Le repitieron las preguntas y siguió en absoluto silencio. Un oficial le advirtió que con la negativa a responder se exponía a cinco años de prisión y diez mil dólares de multa. Cuando fue detenido les dijo: “¿Por qué me exigen que me ponga un uniforme y que vaya a diez mil millas de mi casa a soltar bombas sobre los vietnamitas, mientras que los negros en Louisville son tratados como perros y se les niegan los derechos humanos más simples?”.

E insistió: “No voy a deshonrar a mi religión, a mi gente ni a mí mismo al convertirme en una herramienta para esclavizar a los que están luchando por su propia justicia, libertad e igualdad, así que voy a prisión. Los negros ya hemos estado cuatrocientos años en la cárcel”.

Se desató la persecución: el tribunal de Houston lo condenó a prisión y a pagar la multa; Nueva York le retiró la licencia de boxeador y el título mundial, como hicieron la mayoría de los Estados del país. El campeón apeló, estuvo libre bajo fianza y pasó diez días en la cárcel en Miami por una infracción de tránsito.

Durante los tres años largos que tuvo prohibido pelear viajó por el país como un activista ferviente por los derechos de la minoría negra y denunciando la guerra de Vietnam. Nunca se retractó, convencido de que algún día iba a recuperar la corona que nadie le quitó en el cuadrilátero. Cuando al fin suspendieron la sentencia por “arbitraria e irrazonable”, las asociaciones deportivas de los Estados, una por una, le devolvieron la licencia para boxear.

En el año 1971 dio una célebre entrevista a la BBC donde sentenció: “cómo adoctrinan a los negros, cómo enseñan a respetar a los blancos y a odiar al negro. Nos robaron el nombre. Fuimos esclavizados, robaron nuestra cultura y nuestra historia, nos convirtieron en zombies. Por ser negros en un país blanco, nada sabemos de nosotros mismos, no hablamos nuestro idioma, estamos mentalmente muertos”.

El regreso

Después del veto, obtuvo dos victorias y, en marzo de 1971, perdió contra Joe Frazier, pero en la revancha de 1974 recuperó el título mundial antes de un célebre combate con George Foreman en Kinshasa, en el corazón de África, donde tuvo un tumultuoso recibimiento de héroe. Derrotó a Frazier en una dramática pelea en Manila, en 1975, pero tres años después perdió la corona frente a Leon Spinks, pero en la revancha la recuperó por tercera vez.

Es el único boxeador de los pesos pesados que conquistó tres veces el campeonato lineal ─1964, 1974 y 1978─ e indiscutido ─1964, 1967 y 1974─, y el primero en lograr cuatro veces un título mundial de la categoría. Colgó los guantes en 1981. Negro y musulmán, fue escogido para encender el pebetero olímpico en los Juegos de Atlanta de 1996.

Los 74 años de vida de Muhammad Ali fueron un mosaico de contrastes: abominado por racistas y rivales, cuatro bodas, diez hijos, desde 1998 un Mensajero de la Paz de la ONU. Entre francachelas y malos negocios, derrochó millones de dólares que tuvo en sus manos. Fue diagnosticado de párkinson y falleció el 3 de junio de 2016 en Phoenix, Arizona. Nunca se dejó encerrar entre las cuerdas de un ring porque había nacido para ser libre.

Desde joven se hizo llamar GOAT, Greatest Of All the Time, El más grande de todos los tiempos: se sabía destinado a ser un referente de cambios sociales y culturales mostrando su capacidad de superar los límites del deporte y del racismo. Tenía razón.

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