Los encuentros

0
548

por Álvaro Castillo Granada

para Isabel y Armando, siempre en La Habana

Hay encuentros que suceden, llegan, como una brisa ligera, iluminándolo todo con una mirada nueva. No arrasan con todo a su paso. Más bien reúnen, acercan, revelan. Hace algunos años escribí que “La Habana era la ciudad de los encuentros” (nada del otro mundo, claro, lo podría haber dicho Pero Grullo). No es únicamente la de las columnas de Alejo Carpentier. No. Es un espacio donde las posibilidades se tornan reales. Crean una nueva imagen que, muchas veces, se amplia a cada paso que damos. En cualquier esquina que doblamos.

entrada

Hoy, martes 19 de febrero, es un día de esos donde todo se organiza para fluir sin tropiezos creando un rumor que acompaña como una melodía alguna vez oída. Sí, así es. Antes tengo que retroceder unos días en esta historia.

El viernes pasado fuimos, con Betania, al Centro de Estudios Martianos pues se lanzaban dos libros de Luis Toledo Sande: una reedición de Cesto de llamas (la para mí más conmovedora, reveladora y hermosa biografía de José Martí) y la primera edición de Ensayos sencillos con José Martí. Antes de llegar, caminando por Calzada que también es Séptima, descubrí una librería de la que no tenía noticias. Betania se burló de mí diciendo que «Mira que hueles las librerías… Yo ni la había visto…». Entramos. Compré dos o tres cosas. Ella escogió un libro para niños con un dragón amarillo en la carátula: Leyendas chinas, de Mercedes Crespo.

Llegué temprano a la Casa del Alba para el lanzamiento de dos libros de Ediciones ICAIC: Buscando a Caín, de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco y Sexo de cine, de Alberto Garrandés. Caminé hasta la sede de El caimán barbudo, frente al capitolio, y le pregunté a una señora si la parada del P5 era ahí. «Sí, acá es. Ya debe estar por llegar. ¿Para dónde tú vas?». Le respondí que para Línea y G. «Ah… No te preocupes. Yo voy para ahí cerca. Te bajas conmigo».

Al poco rato, efectivamente, pasó la guagua pero no el articulado que yo estaba esperando sino una más pequeña. «Esta es de a peso. Uno. Hace el mismo recorrido y es más cómoda. Vamos». Nos sentamos juntos y el viaje transcurrió mientras me contaba que trabajaba en el Teatro Amadeo Roldán como costurera. Especialista en sombreros. Nos bajamos juntos y, de milagro, no me llevó hasta la puerta de la Casa de las Américas (adonde iba a dejar tres paquetes). Nos despedimos con un «Hasta pronto». Su nombre: Julia. Julia, la sombrerera.

Después de saludar a Elsa y Alberto me senté en la mitad del salón, a la derecha de la mesa donde iban a vender los libros apenas terminaran las presentaciones. Ya sé que siempre hay que ubicarse estratégicamente pues cuando llega el momento del molote es importante estar cerca de donde corresponde. A mi lado se sentó una mujer mayor con un bastón. Amablemente me comentó que con toda seguridad habría que luchar el libro sobre Caín. Le dije que no se preocupara. «Yo le guardo un puesto».

Terminó la presentación que hizo la doctora Graziella Pogolotti y, contra lo acostumbrado, inmediatamente comenzaron a vender el libro y se formó la pelotera. Generalmente esperan hasta el final. Acá no. Fue en la mitad. Antes de la presentación del otro libro. Me abalancé para asegurar mi puesto. Compré varios ejemplares: para mí y para Carlos. Aguardé hasta que ella llegó y me extendió un billete para que le comprara dos ejemplares. A los pocos segundos se acabaron los libros.

Me dio las gracias, abrió su bolso y sacó un libro. «Quiero regalarte mi libro. Yo escribo para niños. Quiero que lo tengas. ¿Cómo tú te llamas?» Le respondí. Abrió la primera página y escribió: «Para Álvaro Castillo y su alma de niño Mercedes Crespo 19/2/2013». Me lo extendió con una sonrisa. Era Leyendas chinas, el libro con el dragón amarillo que compré con Betania. No alcancé a contarle esta historia porque me dio un beso y se fue.

Después de hacer firmar, obviamente, Buscando a Caín, saludar a algunos amigos, descubrir que Carlos Velazco se acordaba cuando una vez en la sala Portuondo de la feria saqué varias primeras páginas de libros para que Ambrosio Fornet me las firmara, y coordinar el día de mañana en Porvenir, con Elsa y Alberto, salí a recoger dos jabas de libros que nos habían ofrecido. Recargué mi mochila azul, me puse mi sombrero verde y crucé Línea.

Tenía una visita pendiente desde hacía mucho tiempo. Isabel y Armando vivieron en el edificio de Línea 217 (creo que ese es el número) entre 1970 y 1975. Su memoria guarda esos días intactos. Hablar con ellos es transportarse, como si fuera una película, a esos tiempos. A esos años. Y siempre en medio de sus recuerdos surgía Migdalia, la compañera de Roberto Branly. Norberto Codina me había dado algunas indicaciones, cuando fui a visitarlo el jueves para tomarnos un ron y brindar por la publicación de El leve viaje de la sangre, en Ediciones Isla de Libros. «Entras por el pasillo del lado derecho y subes al cuarto piso. Todos saben quién es ella».

Llegué y vi que en el pasillo del lado izquierdo había dos señoras conversando mientras una de ellas, con dos pomos de agua, regaba las plantas. Me acerqué y le dije a la que le llevaba el agua: «Perdone. Estoy buscando a Migdalia. ¿Usted sabe cuál es su apartamento?» Respondió con una sonrisa: «Yo soy Migdalia». Nuevamente me quedé de una pieza. Con otra sonrisa le dije: «Mi nombre es Álvaro y soy amigo de Isabel y Armando».

Con sólo decir sus nombres, con apenas pronunciarlos, se desató una alegría inmensa. «¡Isabel, Armando, los niños…! ¿Cómo están ellos? Yo nunca los olvido… Cuánto los extraño…». Todo esto, claro, en medio de exclamaciones y casi gritos. La que la acompañaba resultó ser Yolanda, quien también los recordaba. Qué momento tan hermoso ver como todos volvieron a ser jóvenes ante mis ojos. Así permanecen en los suyos: intactos.

Subimos a su apartamento. Coló café. Me mostró la biblioteca que perteneció a Roberto Branly. Mis ojos la recorrieron de un lado a otro, a toda velocidad, ávida y morosamente. Sacó un libro para regalarme: Siempre la vida. Hay seres que definitivamente no podemos olvidar. Se fijan en nuestra alma con tinta indeleble. Roja. Se tatúan. Así son Isabel y Armando para todos los que los conocieron en esos años inciertos, duros y de hierro. Al mismo tiempo hondamente felices. Germinadores. Inalterables.

Antes de continuar mi largo camino a Corrales, enmochilado, me escribió en la primera página del libro: “Para el amigo Álvaro con el afecto de su nueva amiga Migdalia”. “Yo no soy muy buena para hablar ni para escribir cosas… Pero esa dedicatoria la hice con todo mi corazón. Mira como son las cosas… Esta mañana me desperté pensando en Roberto… Algo muy bonito. Y apareciste tú…”, me dijo sigilosamente. “Yo sé… Y para mí vale más que una de André Breton”.

Los dos nos sonreímos antes de despedirnos con un beso en la mejilla y yo emprender el descenso de los cuatro pisos y continuar mi camino con una escala en la librería Abel Santamaría. Aparecieron algunas cositas, entre ellas una edición preciosa, humilde, primera, bijirita, de La lengua de Martí, de Gabriela Mistral.

Subí hasta la universidad y emprendí el descenso por Neptuno. Comenzaron a rondar mi cabeza todos estos encuentros, todos estos azares, que no dejan de saltar como olas antes de volver a sumergirse en medio de las mareas que recorren y son el mar. En esa nebulosa estaba cuando desde un almendrón de color verde escuché unos gritos: “¡Álvaro! ¡Álvaro!”. Eran Gretel y Barbarito, el Bárbaro, que casi desbaratan la máquina y expulsan al resto de los pasajeros con tal de saludarme. Nos sonreímos y dibujamos, mientras nos vemos, un abrazo en el aire.

Bajé por Galiano hasta Ánimas para ver si Carlos, mi hermano, estaba y descargaba, de mi mochila, los libros que le pertenecían. Porque los libros pesan y si es bajo el sol, más. Elena me abrió y me dijo que estaba arriba con Gerardo y Alejandro.

Caballero… Alejandro Orallo… A quien no veía desde hacía años… Aquel que con su trabajo en la guarapera me dio el oficio para la pelirroja de mi relato El rojo. Y, como siempre sucede con los cubanos que son mis hermanos, nos saludamos como si nos hubiéramos visto ayer, como si el tiempo no pasara, como si fuera lo más obvio encontrarnos en este día y brindar con una Cristal bien fría. Porque así es: los amigos siempre se encuentran. La Habana se encarga de conducirlos por las mismas calles para que puedan gritar: “Coño, mi hermano… Qué alegría verte…”.

La Habana, Corrales, Febrero 19 de 2013.