La privatización del cielo y el infierno

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Obra El Jardín de las Delicias (1505) del artista neerlandés Jheronimus Bosch, conocido como El Bosco. Foto Museo del Prado de Madrid

Ante la infinita posibilidad de imaginar, VOZ decidió viajar al infierno, para constatar qué tanto ha cambiado ese lugar desde 1307, momento en que allí estuvo Dante Alighieri y escribió La Divina Comedia

Arlés Herrera (Calarcá)
@calarcaoficial

La quimera invadió el cerebro del homo sapiens cuando éste tuvo uso de razón, por lo cual, éste primitivo se alejó de la realidad y entró en el mundo de la fantasía, creando demonios, dioses y diosas. Más adelante la fantasía le permitió crear extraordinarias obras de arte, cargadas de desbordante imaginación, como se puede apreciar en el tríptico de El Bosco El jardín de las delicias (1505), allí el artista viaja por un mundo onírico creando 40 animales imaginarios y 400 escenas fantásticas.

La imaginación hizo posible la propuesta de Tomás Moro, la “Utopía”, isla del mismo nombre, donde propone organizar en esta, una sociedad ideal sin explotadores. El don de nuestra fantasía nos permite viajar a los lugares más insólitos que la humanidad ha creado con su fantasía.

Feliz viaje

Ante esta posibilidad de poder imaginar, decidí viajar al infierno, para constatar qué tanto ha cambiado ese lugar desde 1307, momento en que allí estuvo Dante Alighieri con el poeta Virgilio, hasta nuestra actualidad, el siglo XXI.

Me dirigí a la estación interplanetaria para comprar el tiquete destino al infierno. La empleada muy amable me dijo: “Lo siento señor, pero no hay viaje directo al infierno. El que hay, hace escala en el paraíso terrenal y después en el Purgatorio; destino final en el aeropuerto Lilith del infierno”. Yo dije que listo, que no existía ningún problema.

–Señor, en la nave en que usted va a ir, viajan 1.500 almas, pero no se preocupe, las almas no pesan nada. ¡Feliz viaje!

Llegó la hora. Despegó la nave, era maravilloso ver a través de la ventanilla esa inmensidad galáctica pintada de azules, tachonada de estrellas. Después de la larga travesía llegamos al aeropuerto El Paraíso. ¡Qué edificio! Pura arquitectura futurista. En una placa decía: “Obra realizada por ingenieros chinos”.

Salí a la calle, lo mismo que muchas almas que tenían como destino este espacio celestial. Eran las 9 a.m., tomé un taxi, el conductor un joven muy atento, me preguntó: “¿Para dónde va el señor?”. Le respondí que iba para el paraíso terrenal donde viven Adán y Eva. “Con gusto. Le cuento que esos viejitos hace poco fueron reintegrados al paraíso gracias a una tutela que interpusieron”, me contestó.

Una charla con Eva

Llegamos propiamente al paraíso terrenal. El portero era un ángel viejito, desplumado, con bastón al cinto. Un gran aviso decía: “Welcome. Valor de la entrada: 300 dólares”. Que robo me dije. De todas maneras, entré, quería saludar a Adán y a Eva. Caminé un poco y quedé asombrado, no había ni un animal, el río estaba seco, había montañas de botellas y bolsas de plástico, ni un árbol. Una valla anunciaba: Urbanización El Paraíso S.A. Ésta había arrasado todo para construir apartamentos. El paraíso había sido privatizado.

Estaba pensativo, cuando vi una anciana lavando una ropa, me acerqué, mi alegría fue inmensa, a pesar de tantos siglos sin verla, era Eva. Ella también me reconoció, nos entrelazamos en un fraterno abrazo, a mi vieja amiga se le inundaron los ojos de lágrimas.

–¿Y Adán? – fue la pregunta natural ante el reencuentro.

–El pobre viejo por ahí con sus achaques –respondió con tristeza–. Tiene reumatismo, ya casi no ve, tiene diabetes, él está por allá abajo sembrando unas matas de plátano. Se lo llamaría, pero ando sin minutos.

–¿Y qué pasó con la serpiente? –continúo mi interrogatorio.

–Mijo, no me lo va a creer, nos la tuvimos que comer, yo quería mucho ese animalito, usted sabe por qué –sonrió con picardía–. La situación se puso tan grave con eso del covid y aquí encerrados sin poder salir al rebusque. No tuvimos apoyo de nadie, los pobres quedamos viendo un chispero, como en Colombia.

–¿Y qué hay de la vida de Caín?

–A ese zoquete no lo arregla nadie, por ahí me escribió, contándome que estaba trabajando para Álvaro Uribe en la hacienda El Ubérrimo, imagínese usted, ¿y ahora, para dónde va?

Le respondí que viajaba para el infierno. La charla estuvo acompañada de un café con pandebono que ella misma preparó. Me despedí dándole un tierno beso en su arrugada frente. Tomé un taxi rumbo al aeropuerto El Paraíso. Llegué preciso, la nave estaba ya lista para partir. El viaje fue muy tranquilo. Llegamos al Purgatorio, allí se quedaron solo 50 almas.

Migración de miedo

Continuamos el viaje, íbamos dormidos. Nos despertó el anuncio de que estábamos próximos en llegar al aeropuerto Lilith. Miré a través de la ventanilla allá abajo, y vi asombrado unas réplicas del Pentágono de los Estados Unidos, de la Casa Blanca y de la Basílica de San Pedro en Ciudad del Vaticano. ¡Increíble!

La nave infiarnalizó sin ningún contratiempo. Me impresionó la formidable edificación, también hecha por ingenieros chinos. Crucé una gran sala en donde exhibían grandes retratos, entre otros estaban los de “Popeye”, Pablo Escobar y de Adolf Hitler. Me impresionó la enorme presencia militar, sentí miedo.

Estaba haciendo fila para la requisa de maletas, cuando se me acercaron dos policías tipo anglosajón de aspecto simiesco. “Síganos, somos agentes de la DEA”, dijeron mientras me llevaron a un cuarto iluminado.

–¿Cuántos kilos? – preguntaron violentamente.

–¿De qué kilos me habla? –repliqué.

–No se haga el marica. Colombiano que se respete trae aquí kilitos de cocaína. Pero no se preocupe, aquí hacemos vuelta miti y miti.

Les mostré mis papeles, unas caricaturas. “Este es un pobre ‘chichipato’, lárguese”, gritaron.

Colombia City

A la salida una hermosa dama sostenía un cartel con mí nombre, muy gentil me dijo: “Bienvenido, me llamo Lilitna, soy periodista, trabajo para el diario Lilith al día. Hace 650 años, soy corresponsal en Colombia, por eso sabía que usted venía”.

Nos dirigimos para el embarcadero en el río Aqueronte, allí nos espera el viejo barquero Caronte (personaje mítico griego), él es el encargado de llevar en su barca las almas al profundo infierno. “No se preocupe amigo artista, nosotros nos quedamos mucho antes en donde está ubicado el Vaticano”, fueron sus palabras para despreocuparnos.

Nos bajamos en el primer muelle, Lilitna me preguntó si quería conocer la zona estrato 10 en donde residen las almas de distinguidos colombianos. No me pude negar al ofrecimiento. ¿Para dónde van?, preguntó el taxista; para Colombia City contestamos. “Uy, por allá yo no voy, ese barrio es muy peligroso, no quiero que me maten otra vez”.

Lilitna me comentó que en esta zona residen: paramilitares, narcotraficantes, corruptos, narcoparapolíticos, banqueros, etc. Según Lilitna, gozan de privilegios porque son protegidos de Satán, el gobernante fascista que administra el infierno. Claro, me aclara, que el apoyo fuerte lo recibe de los Estados Unidos, que envía mucho armamento, similar al que envía en la actualidad a Ucrania. “Aquí esto es terrible, como será, que ya Álvaro Uribe se apropió de una gran extensión del infierno con el visto bueno de Satán”, me comenta la reportera.

Oí decir que se prepara una invasión al Cielo, porque allí las reservas de petróleo son más grandes que las de Venezuela, claro que detrás de todo esto están como siempre los Estados Unidos. Por eso ya aprobaron que la OTAN ingrese al infierno.

Me quedó claro. Los cambios en el infierno eran evidentes, todo está privatizado y el neoliberalismo reina con su degradación. El infierno ya no es el que Dante describió en la Divina Comedia. Lilitna, me dice que Satán en gratitud a los mafiosos que lo apoyan, los premió con grandes beneficios para que pagaran sus pecados a lo bien, a lo colombiano.

El viaje termina. Me despertó el pregón de un vendedor ambulante ¡Plátanos para mi gente, gente!