La mujer más buscada de América

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Assata Shakur, exiliada en Cuba, foto de los años 90.

Carlos Prieto

Casualidades de la vida. Un autor publica un libro y a los pocos días ocurre algo que le pone en primer plano. Ya sea ganar el Premio Nobel, recibir el Príncipe de Asturias… o que el FBI ofrezca dos millones de dólares por tu cabeza. Lo típico, vamos. La editorial Capitán Swing publicó hace unos días la autobiografía de Assata Shakur, activista de las Panteras Negras exiliada en Cuba tras fugarse de una cárcel estadounidense en 1979. No había dado casi tiempo a que el libro llegara a las librerías cuando el FBI incluyó Shakur en su lista de los diez terroristas más buscados. Es la primera vez que una mujer entra en ese ránking. Assata Shakur tiene el dudoso honor de formar parte de una lista reservada casi en exclusividad a miembros de Al Qaeda.

Assata Shakur, exiliada en Cuba, foto de los años 90.
Assata Shakur, exiliada en Cuba, foto de los años 90.

El 2 de mayo de 1973, hace ahora 40 años, Shakur fue detenida en New Jersey tras verse involucrada en un tiroteo en el que murieron un policía y un activista de los Panteras Negras. Fue condenada por el asesinato del agente en un juicio con dudosas garantías procesales: todos los miembros del jurado eran blancos y no se presentaron pruebas concluyentes contra ella. Eran los años de la lucha sin cuartel del FBI contra las disidencias sesenteras. Por las buenas o por las malas. En 1979, Shakur se fugó de la cárcel. Obtuvo asilo político en Cuba en 1984. Cuatro décadas después, las autopistas de New Jersey se han llenado de carteles con la cara de Shakur y un número de teléfono del FBI. ¿Por qué ahora? Suena raro que Shakur, que tiene 65 años y parece destinada a morir en Cuba, se haya convertido de pronto en una amenaza para la seguridad de EEUU. Los misterios del FBI son inescrutables, aunque se especula con tensiones geopolíticas de fondo: el caso viene enrareciendo las relaciones entre EEUU y Cuba desde los años 80. Washington califica a Shakur de “terrorista” respaldada por Cuba y La Habana de “perseguida política”, en palabras de Fidel Castro en 2005. Su caso demuestra también que las heridas del enfrentamiento entre los movimientos de liberación negros y el FBI en los años 60 y 70 aún no han cicatrizado pese a la llegada de Barack Obama a la presidencia.

Hasta aquí la crónica de sucesos. Ahora vamos con el contexto histórico. O sea, con la biografía. Angela Davis, legendaria activista de las Pateras Negras, dice en el prólogo que “el rediseño de la imagen de Assata como enemiga pública omite el contexto político original y la retrata como una delincuente común, ladrona de bancos y asesina”.  No es extraño, por tanto, que la autobiografía, que bascula entre lo personal (su infancia en el Sur) y lo militante (de las Panteras Negras a su duro paso por las cárceles de su país) funcione como contrapunto a esta imagen de asesina sin historia.

“El FBI no puede encontrar ninguna prueba de que yo nací. En el pasquín de búsqueda y captura, ponen como fecha de nacimiento el 16 de julio de 1947 y, entre paréntesis, No consta partida de nacimiento. Bueno, pues yo nací”, escribe Shakur al principio de un libro centrado en la construcción de una identidad en el contexto de la falta de derechos de la población negra en EEUU. En eso se empeñó desde su más tierna infancia: en convertirse en una persona con derechos; es decir, digna. “Toda mi familia se esforzaba por inculcarme un sentido de dignidad personal, pero mis abuelos en esto eran verdaderos fanáticos. Una y otra vez me decían: ‘Tú vales tanto como cualquiera. No dejes que nadie te diga que son mejores que tú. Mis abuelos me prohibieron estrictamente que contestara Sí, señora y Sí, señor, o que me mirara a los zapatos e hiciera gestos serviles al hablar con los blancos. ‘Cuando hables con ellos, les miras a los ojos’, me decían”.

Los puntos álgidos del libro no corresponden a su militancia política o a sus problemas con la justicia, sino a aspectos mucho más cotidianos relacionados con su infancia y adolescencia en los estados del Sur. El anecdotario no tiene desperdicio.

Primero: “Un año todos llevaban chapas en sus abrigos. Yo elegí una de Elvis Presley. Todos los niños de la escuela pensaban que Elvis molaba. Lleve esa chapa religiosamente durante todo el invierno, y ese verano, cuando fui al Sur, fui a ver una de sus películas. En Wilmington sólo había un cine al que pudieran ir los negros… Cuando terminó la película, fui abajo. Todos los niños blancos se iban con fotos del cantante que habían comprado. Si los niños blancos podían tener una fotos de Elvis, yo también. Al menos, lo iba a intentar. Me fui directa a la sección blanca del cine. ¡Qué sorpresa me llevé! Era como los cines de Nueva York. Tenían máquina de refrescos, otra de palomitas con mantequilla y todo tipo de patatas fritas, chucherías y cosas. Arriba en la sección de color, sólo había las mismas palomitas sosas de siempre, algunas barritas y nada más. En cuanto entré, todo se detuvo. Todo el mundo me miraba. Me acerqué al mostrador donde vendían las fotos. Antes de que pudiera abrir la boca, la vendedora me dijo: ‘Estás en la sección equivocada’. Quiero comprar una foto de Elvis Presley, dije. ‘¿Qué has dicho, perdona?’”. Conclusión: la pequeña Assata tenía coraje.

Y otro: “En 1950, el Sur estaba totalmente segregado. La gente Negra tenía prohibido ir a muchos sitios, y eso incluía la playa. A veces recorrían todo el trayecto hasta Carolina del Sur sólo para ver el mar… El nombre popular de la playa era Bob City, aunque mis abuelos insistían en llamarla la Playa de Freeman. A lo largo de mi infancia, ese apellido no tuvo mayor significado. Era como cualquier otro. No fue hasta que me hice mayor y empecé a leer Historia Negra cuando me di cuenta de su importancia. Después de la esclavitud, muchas personas Negras se negaron a usar los apellidos de sus amos y prefirieron llamarse Freeman, que significaba literalmente hombre libre… A la playa venía mucha gente pobre. Normalmente venían con un montón de niños y no tenían trajes de baño. Nadaban con la ropa que llevaban puesta. Muchos decían ‘No puedo soportar el sol’, ‘Ya soy bastante Negro, yo no me pongo al sol’. Era increíble la cantidad de gente que decía  que eran demasiado Negros. Los mirábamos como si estuvieran locos, porque a nosotros nos encantaba el sol”.

El texto abunda en pequeños detalles sobre las barreras (visibles e invisibles) para hacerte un sitio en la sociedad cuando partes desde la marginalidad. El racismo no era únicamente no poder acceder a ciertos trabajos o entrar en ciertos lugares, sino también un sistema destinado a mantener tu autoestima bajo mínimos. “Desde que era pequeñita, recuerdo que la gente Negra decía: Los negratas son una mierda. Ya sabes lo vagos que son los negratas. Todo el mundo sabía lo que a los negratas les gustaba hacer después de dormir: dormir. A los negratas no les importa nada. La lista seguía y seguía. En general aceptábamos que estas afirmaciones eran verdad hasta cierto punto”. Conclusión de Shakur: los blancos “nos habían lavado el cerebro a todos y ni siquiera nos dábamos cuenta. Aceptábamos los sistemas de valores blancos y los estándares de belleza blancos y, en ocasiones, aceptábamos la visión del hombre blanco sobre nosotros mismos. Nunca habíamos tenido contacto con ningún otro punto de vista».

En ese contexto, el shock cultural que se produjo en su cabeza cuando a mediados de los 60 entró en contacto con revolucionarios negros fue de antología. El resto es historia (la de las Panteras Negras) y crónica de sucesos, aunque nada plasma mejor la transformación de AssataShakur en otra persona (la activista política o la peligrosísima criminal que tiene en vilo a América, según prefieran) que un detalle tan tranquilizadoramente banal como un cambio de peinado en sus años universitarios: “Un día, un amigo me preguntó por qué no me dejaba mi pelo natural, afro. La idea ni siquiera se me había ocurrido antes. Pero cuanto más lo pensaba, mejor me sonaba. Siempre había detestado plancharme el pelo. Cuántas noches había pasado intentando dormir con rulos, envuelta en paños que se me hundían en la cabeza como un torniquete… La gente tiene razón cuando dice que lo que cuenta no es lo que tengas sobre tu cabeza sino dentro de ella. Puedes ser una persona revolucionaria y llevar el pelo planchado. Y puedes tener el pelo afro y ser un traidor a tu gente. Pero, para mí, cómo vistas y el aspecto que tengas siempre refleja lo que quieres decir de ti misma. Cuando pasas toda tu vida maltratando tu pelo para que parezca de otra raza, estás haciendo una declaración muy evidente. Da igual si es el rizado engominado, rizos artificiales o lo que sea, estás haciendo una declaración”, zanja.

Y Assata Shakur se dejó el pelo a lo afro. Y se armó el quilombo. Más tarde el afro se pondría de moda y un negro llegaría a la Casa Blanca (y no precisamente a servir los cafés). Pero por el camino mucha gente se dejó la vida en el intento.Y la cosa, por lo visto, aún colea.

El Confidencial