La llegada del cambio paraliza a sus enemigos

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Rueda de prensa del Centro Democrático luego de la reunión que sostuvieron Gustavo Petro y Álvaro Uribe Vélez

Hace apenas unos años, la paz en Colombia parecía un sueño irrealizable enarbolado por unas cuantas minorías que no sucumbieron al terror colectivo desatado por la criminal política de “seguridad democrática”. Pero poco a poco, la posibilidad de cerrar más de seis décadas de conflicto armado por la vía del diálogo, se fue abriendo paso. Ni siquiera los gobiernos de Uribe con su estela de sangre y miseria pudieron detener las acciones de pacificación y progreso que se abrían paso contra todo obstáculo.

Afortunadamente los distintos sectores de la sociedad, mujeres, jóvenes, la academia, los sindicalistas, las fuerzas progresistas neutralizaron los discursos del odio y la maldad del caudillo del Centro Democrático. Ni los medios, ni los paramilitares, ni algunas sectas cristianas pudieron doblegar la voluntad del pueblo colombiano por forjar la paz, la democracia y la justicia social.

Tal cosa se vio en el parejo resultado electoral del plebiscito de 2016, cuando la mitad del electorado votó en contra de la paz motivado por las mentiras mediáticas. Y más aún, podríamos decir que la victoria de Iván Duque en 2018 fue otro gran triunfo de los enemigos de la paz.

Pero estas victorias fueron efímeras. El presidente que vino a hacer trizas los Acuerdos de La Habana fue derrotado en las calles y en las urnas. La sociedad colombiana se movilizó en contra del proyecto de hambre y guerra del Centro Democrático, y allanó así el camino para el primer gobierno alternativo y popular de Colombia.

El mensaje de cambio del Pacto Histórico ha sido tan positivo y crea tantas esperanzas que el ELN y las disidencias de las FARC anunciaron su voluntad de dialogar con el nuevo gobierno para poner fin a la guerra. Pero no todo el mundo parece comprender la naturaleza de los tiempos que estamos viviendo. En visibles tribunas mediáticas, algunas ruinosas voces se levantan para seguir invocando el odio y la violencia.

Añorando la violencia de Pinochet, y el sadismo de los Castaño, estimulan a los medios para que se inventen mentiras para obstaculizar la futura labor de la ministra de Cultura, por la absurda razón de que ellos no conciben un país en donde la cultura involucre también a los sectores excluidos hasta ahora, los aborígenes, los mestizos y los afrodescendientes.

Antes que una opinión periodística, los infundios contra Patricia Ariza parecen más el decálogo de un agente de inteligencia militar a punto de graduarse en un curso de doctrina de seguridad nacional de la Escuela de las Américas. Sin argumento alguno se la acusa de “sectaria” y “adoctrinadora”, mientras se señala falsamente a la Unión Patriótica, organización de la que Ariza hizo parte, de ser un títere de la subversión.

En últimas, las voces reaccionaria y retardatarias que se ensañan con Patricia inútilmente, son movidas por el odio anticomunista. Como ellos equivocadamente definen a los comunistas como intolerantes y propiciadores de la violencia, estas calificaciones equivocadas las proyectan a la futura ministra de Cultura. Pero con insultos y lapidaciones no podrán impedir que Patricia multiplique la acción bienhechora que hasta ahora ha hecho por la cultura nacional, la paz y la democracia.

¿Por qué la defensa y convicción de principios revolucionarios incapacitarían a una persona como Patricia Ariza para ejercer el cargo de ministra de Cultura? Esta idea no solo es injusta frente a una persona que ha dedicado su vida al arte, y quien, además, a lo largo de su existencia ha utilizado la cultura como práctica creadora y en beneficio del ser humano, y no exclusivamente como un ámbito elitista ejecutado por “los iniciados” y como exclusivos beneficiarios.

Todo se reduce a la mezquindad que es propia de la derecha. Pero en esta ocasión se equivocan porque las expectativas porque el ambiente de optimismo, el reconocimiento y apoyo que la opinión nacional ha expresado por el nombramiento de Patricia Ariza se fundamenta en su hoja de vida que exhibe su condición de dramaturga, directora y creadora de grupos de teatro y cofundadora del teatro la Candelaria.

Quienes esgrimen el anticomunismo como único argumento para atacar a Patricia Ariza olvidan que la literatura, el arte, la pintura y el teatro del último siglo serían paupérrimos sin las figuras de Neruda, García Lorca, Picasso, Wals, Brecht, Santiago García, Enrique Buenaventura, Fernando Oramas, Ramón Barba, Jorge Artel, Alice Neel, Manuela Ballester y Frida Kahlo. Además, algunos de ellos ofrendaron su vida por la democracia y el progreso humano.

Patricia Artiza, que en algunos círculos intelectuales extranjeros la llaman Patricia Paz, es una figura de la cultura, diamantina, que deja su impronta por donde actúa, que enaltece el quehacer estético nacional, que no se arredra ante ningún reto, por lo cual estamos seguros que su labor en el ministerio de Cultura será ejemplar y benéfica para todos los cultores de las distintas artes hasta ahora excluidos.

Patricia Ariza en el ministerio de Cultura será la realizadora de la esperanza de quienes anhelan el cambio en Colombia desde los inicios del pasado siglo.