Eugenio: ella siempre te encontrará y sabrás que debes cumplir tu promesa, aunque signifique morirte en las aguas de un río
José Martínez Sánchez
Los hombres del puerto no acababan de comprender las verdaderas razones de la muerte de Eugenio Cucuscurrí, el pescador que vivió solitario en la vieja cabaña de la peña gigante. Esa madrugada, cuando la oscuridad huía por los repechos de las colinas y los relumbrones del alba dejaron al descubierto el cuerpo dormido sobre una alfombra de espumas amarillentas, los tripulantes de las canoas intentaron una aproximación lógica al desencadenamiento de los hechos. Dos hipótesis, discutidas a la luz de la incierta mañana, daban cuenta de la preocupación evidente en los ojos de todos. Ellas eran, en su orden:
Eugenio Cucuscurrí sufrió un colapso mientras se bañaba en la orilla del río. Como consecuencia, el cuerpo fue arrastrado por la corriente hasta la zona profunda, donde se llenó de tanta agua que ahora parecía una bestia marina.
Salido de cauce, el torrente se había precipitado sobre la cabaña, sorprendiendo al pescador en legítimo ejercicio de su sueño.
¿Qué le pasa a Eugenio?
De ese modo los pescadores sentaban las bases del misterio que se cernía sobre el deceso de Eugenio Cucuscurrí, quien fuera durante muchos años el personaje de obligada referencia en los asuntos del puerto. Si se trataba de escoger al pescador más diestro en el oficio, nadie vacilaba en afirmar:
—Ahí está, Eugenio Cucuscurrí.
Entonces Toña la Hermosa no había aparecido por el puerto.
Muy rara vez, orientados por un gesto de solidaridad para con su colega, los hombres llamaban a Eugenio desde sus canoas:
—¡Cucuscurrí! ¡Eugenio Cucuscurrí!
La puerta se abría y Eugenio aparecía desnudo de la cintura para arriba. Portaba una pesada red en sus manos. La luz de la tarde acentuaba en él ese aspecto ensimismado que lo caracterizaba.
—¡Qué pasa! —respondía en forma casi despectiva.
—¡Queremos invitarte a beber una copa! ¡Abandona ese encierro, Eugenio!
Pero ninguna fuerza lograba arrancar al pescador de su fortaleza. Ni siquiera las frases más cordiales conseguían torcer el rumbo de su voluntad.
—Es inútil —se decían los pescadores, desanimados—. A Eugenio debe haberle ocurrido algo muy grave.
Toña Montalbán o Toña la Hermosa
Toña la Hermosa llegó un día de sol picante con sus grandes senos rebosantes de amor, sus piernas como recién pulidas por el mismo Praxíteles y su mirada triste extraviada en los malos recuerdos. Traía un fardo de tela bajo el brazo y una botella de ron con el líquido a la altura del gollete. Estaba ebria. Al verla, los lugareños decidieron abordarla:
—¿Quién eres?
—Toña Montalbán —contestó ella—. En otras partes me dicen Toña la Hermosa.
—¿A quién buscas?
—A Eugenio Cucuscurrí.
Y les tendió la botella para que bebieran. Los sujetos examinaron un buen rato a la desconocida con mirada lasciva.
—Está bien —dijo el último de los invitados—. El hombre que buscas vive cerca de la peña gigante, en esa dirección.
Toña la Hermosa siguió con la vista el punto señalado por el índice, pero no quiso moverse de su sitio. Sentada en un banco de madera recostado contra la pared de bahareque, se puso a mirar a los curiosos que pasaban frente a ella como espectros de una pesadilla. Al caer la tarde (el color del crepúsculo se había vuelto denso en la lejanía) echó mano al fardo y a la botella y se encaminó hacia el lugar de la peña. Casi no podía mantener el equilibrio.
Es hora de cumplir tu promesa
Eugenio Cucuscurrí la vio detenerse frente a la cabaña, envuelta en el polvo de la arena que el viento barría a su paso.
—Entra —le dijo.
—Debes salir tú —agregó ella—. Ya no puedo sostenerme.
El pescador dejó a un lado los anzuelos y salió al descampado. Se hallaban a unos cinco pasos de distancia, uno frente a otro, estudiándose con la expresión terrible de quien espera resolver de una vez por todas el enigma de su vida.
—Has tardado en encontrarme —murmuró Eugenio.
—No importa —anotó la mujer en tono severo—, es hora de cumplir tu promesa.
Eugenio Cucuscurrí reparó por un instante el fardo de tela, y vaciló:
—Si tuvieras el revólver…
—De nada serviría —cortó Toña la Hermosa, cada vez más dueña de sus palabras—. No soy yo quien va a matarte.
Un frío abrumador se apoderó del paisaje. Eugenio Cucuscurrí comprendió que había llegado al tope de su existencia, al minuto preciso en que se separaría del mundo sumido en el misterio de su soledad. Miró hacia el río y escuchó el sonido de las olas al chocar entre sí, como si participaran de la lucha interior que él mismo libraba. Contó los segundos mientras detectaba el punto justo sobre la peña gigante, donde la mirada se disolvía en diminutas estrellas que se precipitaban al vacío. Ella lo sintió alejarse entonando una vieja canción sobre sus vidas, tan oscuras como el abismo que los separaba. Lo único cierto que percibió en la distancia fue aquel mensaje que debió sonar como algo obligatorio y definitivo:
—¡Adiós, hermosa Toña!
El silencio de la mujer perduró durante todo el viaje hacia la clausura final. Los hombres del puerto no lograban desentrañar las verdaderas razones de la muerte de Eugenio Cucuscurrí. Dos días después, en el jardín de las cruces, le dieron santa sepultura. Sobre Toña la Hermosa nadie volvió a saber una sola palabra.
*Del libro “Informe de cordillera” y otros cuentos