domingo, junio 16, 2024
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La derecha con los crespos hechos

Tras las elecciones y contra todos los pronósticos, la derecha ganó pero no le alcanza. La izquierda resiste y se debate entre dos malas opciones: apoyar al PSOE a cambio de poco o caer en la incertidumbre total

Federico García Naranjo
@garcianaranjo

Se han celebrado elecciones generales en España con resultados paradójicos. La derecha ganó pero contra los pronósticos de las encuestadoras no podrá gobernar, mientras la centroizquierda perdió pero tiene más posibilidades de formar gobierno.

Es lo que diferencia al sistema parlamentario del nuestro, que no gana quien obtenga más voto popular sino quien sea capaz de armar una coalición mayoritaria en el parlamento. ¿Qué ocurrirá?

Cómo funciona

En un sistema parlamentario, el gobierno es elegido por el parlamento, conformado este por partidos que reciben, ellos sí, el voto popular. Gobierna el partido que obtenga mayoría absoluta de escaños o, como sucede casi siempre, el que siendo minoría sea capaz de sumar los apoyos suficientes para elegirse, 176 escaños en el caso español.

La fortaleza y estabilidad del gobierno dependerá entonces de la cohesión de esa mayoría en el parlamento. Entre más actores tenga la coalición y más diferentes sean entre ellos, habrá más cosas susceptibles de negociar y más concesiones que hacer.

En todos los sistemas electorales existen diseños institucionales que favorecen o perjudican a determinadas fuerzas políticas. En el parlamento español de 350 miembros, los diputados son elegidos por circunscripción provincial, es decir, cada provincia elige cierto número de escaños.

En el diseño electoral, las provincias rurales y más conservadoras están sobrerrepresentadas mientras al voto urbano, más progresista, le ocurre lo contrario. En otras palabras, un candidato conservador rural necesita muchos menos votos para ser elegido diputado que uno progresista en la ciudad. Por eso no hay correspondencia entre los votos y los escaños, que es, al final, lo que define quién gobierna. Ese diseño ha inclinado históricamente la balanza a favor de las formaciones conservadoras, dándoles en el parlamento más fuerza de la que tienen realmente en las urnas.

Una variable importantísima y que suele ser ignorada en los análisis es la del voto nacionalista. Si bien existen formaciones del ámbito nacional como el PSOE, el PP o la izquierda, que corresponden a la polaridad clásica izquierda-derecha, en algunas comunidades autónomas también hay una confrontación entre el voto “españolista” y el “nacionalista”, que se cruza con la disputa ideológica y la intensidad con que se defiendan las causas nacionales. Así, en muchas provincias hay izquierdas nacionalistas y derechas nacionalistas junto a los partidos tradicionales, con todos los matices que eso puede incorporar al debate político cuando se trata de negociar para formar gobierno.

Cómo nos fue

El resultado de las elecciones del 23 de julio dio la mayoría al conservador Partido Popular que pasó de 5 millones en 2019 a más de 8 millones en 2023, del 21% al 33,05% de los votos y de 89 a 136 escaños. El PSOE –hoy en el gobierno en coalición con la izquierda– también mejoró, pasando de poco menos de 6,8 millones en 2019 a más de 7,7 millones de votos en 2023, del 28,2% al 31,7% y de 120 a 122 escaños.

Hasta aquí, es claro que los dos grandes partidos siguen teniendo mayoría en las urnas y en el parlamento. Entre los dos suman casi el 65% de los votos y las dos terceras partes de los escaños. A primera vista, estos resultados sugieren que a pesar de la presencia de los partidos nacionalistas y del surgimiento de formaciones como Unidas Podemos o Vox, a la fecha el bipartidismo PP-PSOE goza de buena salud.

La tercera fuerza sigue siendo el partido de ultraderecha Vox, de hecho una escisión del PP, que cae estrepitosamente pasando de 3,6 millones en 2019 –cuando fue el fenómeno electoral– a 3 millones en 2023, del 15,2% al 12,4% de los votos y de 52 escaños a 33. Por su parte, la coalición progresista Sumar ha logrado 31 escaños con 3 millones de votos y el 12,3%.

Si bien la marca Sumar es nueva, representa el voto de izquierda que con Unidas Podemos en 2019 había obtenido 35 escaños con 3,1 millones y el 12,9% de la votación. Si se ve el panorama en términos básicos de izquierda y derecha, las fuerzas progresistas –con todos sus matices– suman 11,7 millones de votos y 167 escaños, mientras la derecha suma 11,9 millones de votos y 183 escaños, en teoría suficientes para formar gobierno.

En teoría, claro. Porque la presencia de Vox en una hipotética coalición, con vicepresidencia del gobierno incluida, espanta a los partidos nacionalistas de centroderecha. El PNV vasco o el catalán Junts juntos suman 12 escaños y con su negativa harían imposible la elección del gobierno. Por eso el PP –a pesar de haber obtenido la primera votación en las urnas– no tiene los suficientes apoyos para elegirse. Para el PSOE es más fácil, ya que cuenta con el apoyo de Sumar y su relación con los partidos nacionalistas es menos hostil, pues su posición con respecto al estado de las autonomías ha sido de diálogo y no de represión.

Lo que viene ahora

Según la ley, el líder del partido ganador, Alberto Núñez Feijóo, deberá comenzar contactos con los demás partidos para conformar la mayoría que necesita. “En plata blanca”, Feijóo tiene asegurados insuficientes 171 votos, de modo que la única forma de elegirse será convenciendo al PSOE de que se abstenga de votar, algo muy poco probable que suceda.

En un segundo escenario, el actual presidente del gobierno y candidato del PSOE, Pedro Sánchez, tiene más o menos fácil conformar una insuficiente mayoría de 172 votos, de modo que para elegirse deberá convencer a Junts de votar a su favor o, al menos, abstenerse. Algo difícil pero no imposible.

Esta situación revela otra característica del parlamentarismo: la posibilidad de que formaciones minoritarias puedan adquirir fuerza pues inclinan la balanza votando de una u otra forma.

En esta ocasión, el llamado procés català será el punto más álgido de la negociación entre el PSOE y Junts, pues los catalanes seguramente venderán muy caros sus siete votos, a sabiendas de que hasta el momento no ha habido avances en la convocatoria del referendo de autodeterminación ni en el cese de la persecución al fundador de Junts, el expresident Carles Puigdemont, exiliado en Bélgica. Lo cierto es que esta vez los partidos nacionalistas con todos sus matices y sus 26 diputados, se convierten en el último freno al avance de la derecha en España. Si ninguna de estas dos opciones se concreta, el tercer escenario es la convocatoria a nuevas elecciones, algo que pocos desean.

Y la izquierda

El resultado electoral de la izquierda más o menos se ha mantenido con respecto a 2019, pero si se observa la tendencia desde las elecciones de 2015 –las mejores de la historia reciente– hay una disminución paulatina de diputados, pasando de 72 en aquel año a 71 en 2016, 42 en abril de 2019, 35 en noviembre de 2019 y 31 en 2023.

Esta vez, a pesar de subir la representación del Partido Comunista de 4 a 6 escaños, la coalición Sumar, formada por 6 partidos estatales y 14 partidos autonómicos, ha logrado resistir pero disminuye la votación de la izquierda, su peso en el parlamento y por ende, su capacidad para “vender caro” su apoyo al PSOE.

Ese descenso se puede explicar por el comportamiento de la llamada “izquierda volátil”, que se inclinó por el voto útil al PSOE o por la abstención, como protesta por la tendencia a preocuparse más por cuestiones identitarias que por asuntos de clase.

Lo cierto es que más allá de las –buenas o malas– voluntades de los dirigentes, el avance de la derecha en Europa ha movido tanto el centro de poder, que Sumar no tiene hoy una opción diferente que la de apoyar al PSOE. Ello también es paradójico, porque hoy la izquierda puede estar fácilmente en el gobierno gracias, justamente, a su pérdida de peso político.

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