Europa con la daga fascista al cuello

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Giorgia Meloni

La presencia de Meloni en el gobierno de la tercera economía europea, suscita nuevos temores crecientes. Su cercanía con gobiernos ultraconservadores no deja de ser motivo de preocupación. No hay que olvidar los orígenes políticos de la nueva gobernante

Ricardo Arenales

Si las previsiones legales se cumplen, antes de que termine el presente mes de octubre, la líder neofascista italiana Giorgia Meloni recibirá el encargo de conformar una coalición de gobierno, como vencedora en las pasadas elecciones generales del 25 de septiembre. De esta manera, Meloni, quien obtuvo el 26.2 por ciento de la votación, para su partido Hermanos de Italia, ascendería al cargo de primer ministro, convirtiéndose en la primera mujer en llegar a esa responsabilidad.

El anuncio tiene diferentes lecturas: una, el regocijo general de las fuerzas de extrema derecha, que ven en el triunfo de Meloni la oportunidad de potenciar una tendencia que parece erigirse sobre Europa como una sombra siniestra, y que se expresa con el avance de formaciones fascistas en diferentes puntos del viejo continente.

En Suecia consiguieron formar gobierno. En Hungría alcanzaron el poder con el ultranacionalista Viktor Orban. En Francia llegaron a la segunda vuelta, perdiendo por muy poco margen frente al actual gobernante Emmanuel Macron. En España se van dando las condiciones para que el partido neofascista Vox llegue a ser parte de un futuro gobierno de derecha. Y hay quienes dan por sentado el regreso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos. De esta manera, en Europa y Norteamérica se consolidaría una fuerte tendencia neofascista.

Influjo peligroso

Entre los sectores democráticos y progresistas europeos, por el contrario, crece el temor de que el posicionamiento de la Meloni, estimule otras fuerzas similares, que tienen importante presencia en los parlamentos de varias naciones, en representación de partidos de extrema derecha que hace apenas cuatro años tenían una presencia insignificante y hoy se constituyen en la segunda o tercera fuerza electoral en cada lugar donde actúan.

La preocupación para los europeos del común no es de poca monta. No solo por las reformas que la nueva primer ministro pueda ejecutar en su país, sino por el influjo en el resto del continente. En efecto, Meloni no solo es la líder más visible de Hermanos de Italia, sino que preside el Partido de los Conservadores y Reformistas Europeos.

En el plano interno, ya desde la campaña electoral Meloni expresó su desprecio por la población migrante que llega a Europa; su inclinación hacia lo que los sectores de derecha llaman la defensa de la seguridad, que puede golpear los principios de la democracia liberal.

Creciente presencia de grupos fascistas en las calles italianas

Críticas a Bruselas

Los Hermanos plantea una integración cultural y política que acarrearía la marginación de grupos vulnerables de la sociedad. En este sentido, la candidata hoy ganadora ha expresado su pensamiento contra la población homosexual y minorías étnicas como los gitanos, se plantea enemiga del aborto, el matrimonio entre parejas del mismo sexo y otras figuras detrás de las cuales hay una larga lucha por los derechos civiles y democráticos de la población.

En el plano internacional, en el pasado Meloni expresó duras críticas a la dependencia, en su opinión demasiado centralizada de la Unión Europea, criticó las orientaciones de Bruselas, y aunque también ha expresado solidaridad con la OTAN, ha hecho manifestaciones en el sentido de impulsar proyectos conservadores y tradicionalistas en materia de defensa.

Tales posturas podrían atentar a mediano plazo contra el sostenimiento de las instituciones regionales y la gobernanza europea. Intentar conservar los sistemas sin que evolucionen y definir las identidades nacionales por etnia o religión, le apuestan a jugar con los temores y las divisiones entre personas y colectivos en lugar de unirlos.

Freno a su discurso pendenciero

Considerando el doble manto que pesa sobre las elecciones políticas de cualquier gobierno italiano -el de la OTAN y el de las grandes instituciones financieras europeas-, Meloni tendrá sin embargo que bajarle el tono a los gritos y los desmanes soberanistas.

Pero sí habrá un fortalecimiento de las relaciones con las fuerzas de la ultraderecha europea que ya gobiernan en algunos países, en función de una mayor independencia económica ante la Unión Europea, Estados Unidos y China. Por otro lado, Meloni ya ha confirmado su apoyo al atlantismo, a la OTAN y al gobierno de Kiev.

Independientemente de sus veleidades políticas, Meloni tendrá que afrontar los fantasmas de una recesión creciente, de la pobreza cada vez más notoria en sectores de la sociedad italiana, no solo por las secuelas de la pandemia del covid, sino por los coletazos de la crisis en Ucrania. En esas condiciones, un cambio de postura más radical en el contexto europeo debería ser pensado en torno a los fondos de ayuda que la misma Europa le va a desembolsar en los primeros días de su gobierno.

Con todo y eso, la presencia de Meloni en el gobierno de la tercera economía europea, suscita temores cada día. Su cercanía con gobiernos ultraconservadores no deja de ser motivo de preocupación. Para ello no hay que olvidar los orígenes políticos de la nueva gobernante.

A los 15 años Meloni ingresó a las juventudes del fascista Movimiento Social Italiano, MSI, fundado en 1946 por el dictador Benito Mussolini. Entre 2008 y 2011 se desempeñó como ministra del gobierno Berlusconi y en 2012 fundó su actual partido, Hermanos de Italia, con el lema “Dios, parrita y familia”. Los colores de su bandera son los mismos de las formaciones políticas a las que dio vida Mussolini.

Su oposición política tenaz y constante contra la última administración de Mario Draghi, su crítica al manejo de la pandemia, sumado a la desazón de amplios sectores de la población por el crecimiento de la pobreza y la marginalidad, a lo que se agrega los bajos índices de participación electoral en la última jornada, confluyeron para que Meloni ascendiera en forma meteórica hasta perfilarse como la primera mujer en llegar al gobierno italiano.

Pero en muchos sectores, ese voto fue de rechazo a un estado de cosas que provocaba repulsión. No por el convencimiento de un discurso ultranacionalista. Ese panorama puede cambiar y va a depender en buena medida de la forma como reaccionen los sectores democráticos y progresistas de la península.