“No importa si uno es edil, concejal o senador de la República lo importante es ayudar a solucionarle los problemas a la gente”.

Hernán Camacho
@camachohernan

Normalmente Aída Avella tiene un promedio de cuatro reuniones por día. Recoge propuestas, invita a votar por las lista de la Unión Patriótica, UP, y tiene reuniones privadas con el equipo político y de campaña, al menos una vez a la semana. Recibe llamadas en todo momento, le piden pronunciamientos por los acontecimientos nacionales y tiene una columna diaria en la única cadena nacional de radio que no le da miedo darle la palabra a la UP, Todelar. Desde allí denuncia, se queja y propone, su opinión es también recibida como la de José Obdulio Gaviria, su antítesis política, quien generalmente es quien le antecede en la palabra.

Se sube al carro y la primera parada generalmente es al otro lado de la ciudad. La campaña parece una rutina pero cada reunión tiene una historia por contar. “Mi último voto fue por usted y ahora lo vuelvo hacer”, le gritó una mujer a la entrada al salón comunal del barrio Candelaria La Nueva, en una de las localidades más grandes de Bogotá, Ciudad Bolívar. Recorre barrios emblemáticos, incluso aquellos en los que gracias a su gestión como concejal a principios de los años noventa fueron legalizados.

Presentando las ideas

Toma el micrófono o un megáfono en cualquier acto que organiza la militancia de su organización política, ya sea en un auditorio o en plena calle y se conecta con la gente. Sus mensajes son sencillos pero contundentes.

Su voz cálida se hace firme a la hora de denunciar lo que considera un abuso contra la ciudad, como la mega-minería que aspira a apropiarse del páramo que calma la sed a los bogotanos, el de Sumapaz. Baja su tono cuando expresa su indignación con una metáfora simple de la cotidianidad: “Ellos se roban el agua y nosotros nos quedamos con la sed. ¡Ah no! así es muy fácil”.

Se alegra cuando en los actos de campaña se encuentra con caras conocidas, aunque no recuerde sus nombres. Los saluda con una sonrisa y de inmediato recuerda que con ellos estuvo en algún mitin, protesta o pega de carteles en pleno auge de la UP. Señala con el dedo a alguna persona del auditorio y le dice en voz baja a su compañero de correría, el doctor en medicina y candidato al Concejo por la misma lista, Román Vega: “Mira que aquel hombre, no sé su nombre pero me acompañó una tarde en una protesta en el Ministerio de Salud y aquel otro es uno de los fundadores de la UP en el Urabá y ¿cómo apareció en Ciudad Bolívar?”. La UP está renaciendo.

Contra la corrupción

Le irrita cada caso de corrupción que sale a la luz pública y enjuicia como responsables a los mismos de siempre, los partidos de la Unidad Nacional o el Centro Democrático: “Son bandidos que merecen que el pueblo los saque a gorrazos del Concejo o del Senado”, dice. Por eso su primera bandera es justamente la lucha contra el cáncer de la política.

No admite que digan en qué escenario político debe participar, concejala o constituyente, afirma que el verdadero político se distingue por estar al servicio de la gente y no por la calidad o el estatus para ver que tanto pueden robar: “no importa si uno es edil, concejal o senador de la República lo importante es ayudar a solucionarle los problemas a la gente”, expresa en medio de una charla con su equipo de trabajo.

Candidatura de calle

Cuando la Unión de Jóvenes Patriotas, UJP, en la universidad jesuita, la Javeriana, la invitó no dudó en aceptar pues asegura que es la juventud la que debe asumir las tareas de dirigir el país. Tenían todo listo pero a última hora les fue negado uno de los varios auditorios. No tuvo otra alternativa para expresar sus ideas que las legendarias escaleras que adornan la entrada del alma máter.

Sin megáfono y ante medio centenar de estudiantes, presentó la propuesta de educación que aspira a promover en el Concejo de Bogotá, una idea que le viene rondando la cabeza desde su arribo a Colombia: la cátedra de historia que está deslucida en los colegios y despareciendo de los currículos escolares. Lamenta que ahora ni siquiera la historia de Bogotá sea enseñada “como se debe” en los colegios públicos. “Y los próceres de la independencia, el 9 de abril de 1948, la masacre de Las Bananeras y la historia de la UP están en el anaquel del olvido”. Se pregunta: “entonces qué concepto de democracia están aprendiendo nuestros niños”.

En todas las reuniones le gusta escuchar a la gente, le parece más entretenido tomar nota en un pequeño cuaderno que carga en su fiel cartera negra. Los ciudadanos quieren el parque para la comunidad, la parada más cerca del SITP, el alimentador que se queda corto, la pavimentación de la calle, actividades culturales y deportivas que las impulse la alcaldía local, el Plan de Desarrollo de la Localidad que permitió el uso del suelo para actividades que la comunidad rechaza y un largo etcétera, quedan registrados entre sus papeles. Con eso es suficiente para identificar a la UP con lo que el pueblo quiere. Se despide y arranca para otra reunión.