En este filme es preciso el retrato en las interacciones familiares. Hermanas, cuñados y sobrinos representan arquetipos narrativos que el público identifica y se incomoda
Juan Guillermo Ramírez
Tótem, el segundo largometraje de la realizadora Lila Avilés (notable ópera prima, La Camarista, 2018) es un retrato conmovedor sobre la ternura, la inocencia, y la desesperación, alejándose de cursilerías, solemnidad, o drama, con un tono íntimo, naturalista y brillante.
A través de los ojos de una niña, la cineasta hace un íntimo retrato de la familia mexicana y los contrastes de cómo afrontar la muerte ante una enfermedad terminal, al método de David Lynch. Pantalla casi cuadrada, planos en su mayoría cerrados, cámara en mano y cerca de los intérpretes. El dispositivo elegido apunta a retratar de manera urgente y visceral la situación por la que atraviesan sus personajes y la sensación de cercanía que consigue es permanente.
Tótem no es una tarea intelectual, se adentra en los múltiples matices de una vida familiar imposiblemente ordinaria y universal. Pero esta información sobre la percepción del tiempo en la Mesoamérica precolombina, contada por un invitado en un jardín iluminado por faroles chinos y que acoge a los seres queridos de un joven que está muy cerca de la muerte, casi podría servir como programa para esta película emocionante y refinada que cuenta una historia brillante e íntima que se desarrolla en un solo día en un solo lugar.
Algunos personajes
Sol aporta a la película su punto de vista principal: el de una niña de siete años que hace preguntas, observa a escondidas, sorprende las conversaciones, capta los movimientos y oscilaciones que la rodean, sin entender las preocupaciones de los adultos, y vive su sencilla vida en medio de la emoción de los preparativos de la fiesta de cumpleaños de su padre invisible Tona, que está encerrado en su habitación, tratando de reunir las escasas fuerzas que le quedan para participar en la fiesta.
En esta casa, a cargo de sus tías Nuri y Alejandra, reina el caos: se cocina, se discute en el baño, se pasa de una habitación a otra (y del jardín lleno de insectos, columpio y caseta) bajo la atenta mirada del abuelo de Sol, que cuida sus bonsáis cuando no se enfada, se limpia y cuida a Sol y a su prima pequeña.
Pronto aparecen otros personajes: un exorcista, un tío, otra tía, primos adolescentes y la madre de Sol, cada uno de ellos aportando su toque personal a esta pecera familiar, que se llena aún más con la cuidadora de Tona, Cruz. Y a medida que avanza el día, conocemos a estos personajes, su forma de comunicarse entre ellos, fragmentos de su pasado, problemas acuciantes del presente (¿qué tratamiento debe recibir Tona y con qué dinero?) y su necesidad de asegurarse de disfrutar de esta pausa, esta fiesta que es su luz del sol en las sombras y el clímax de la película.
La familia en decadencia
A través de este continuo espacio-temporal y de este rompecabezas naturalista que revela un raro talento para detectar las más mínimas emociones, Lila Avilés confirma el potencial que ya mostró en La camarera. Al centrarse en un microcosmos (una casa, una familia) y al salirse de los patrones narrativos tradicionales, combina con acierto la fuerza emocional de un documental con los horizontes más amplios de la imaginación humana condensada en ficción (la naturaleza, la infancia, el fin de un mundo).
Tótem es una radiografía social de una familia en decadencia, lo cual sirve como microcosmos social con momentos de profundo patetismo en personajes que se aferran para no ir en picada. Avilés, tiene el acierto por momentos, de dar un ritmo de sutil humorismo que enfatizan la crisis económica, emocional, y en algunos casos moral de sus personajes.
Transmite también el entorno narrativo de una burguesía, que solo puede ser vista desde la caída. En Tótem, es preciso el retrato en las interacciones familiares. Hermanas, cuñados, sobrinos, representan arquetipos narrativos que el público identifica y se incomoda. Casi toda la acción se desarrolla en la casa paterna, donde los hijos, adultos ya en una incipiente madurez resisten, se resisten, al ambiente de descomposición que se empieza a sentir en una residencia antes de cierto lujo.
La película rescata también la tradición narrativa de las familias en el cine mexicano desde sus interacciones y parodias. El ambiente ahoga y más lo hace la falsa amabilidad de las formas que se desgasta por la cercanía que tienen los personajes.
La muerte, verdad irrebatible
Tótem, es una historia de diálogos e interacciones viciadas, pero donde en el fondo y a pesar de todo, permea una solidaridad que se resiste a morir. Avilés, nacida en 1982, con La camarista su anterior filme de 2018, hizo un fresco social de una parte de la sociedad mexicana.
Tótem continúa esa línea y la crisis es el pilar narrativo. Tótem es una radiografía social concisa. Un fresco de varias capas que retratan a una sociedad que se resiste a la decadencia a través de aferrarse a sus interacciones.
La mirada con la que Avilés observa este circo animal y humano descontrolado es a la vez sorprendentemente poco sentimental y abrumadoramente igualitaria. Esos bichos y babosas pronto expirarán, y también lo hará Tona, que se está desvaneciendo rápidamente. Los retratos de enfermedades terminales no son nada nuevo en el cine, pero si este resulta particularmente impactante es precisamente porque la cinematografía de Avilés, concisa e implacable, se niega a bajar el ritmo para Tona. Mientras se consume en su cama, haciendo sus ocasionales y agonizantes viajes al baño con la ayuda de su enfermera, Cruz, ya podemos sentir que la vida sigue su curso sin él.
Y en ese hogar en el que más pronto que tarde quedará una cama libre, vemos como la vida trepa por las vigas, alumbra las bombillas del patio y enciende los ojos de Sol con la luz de la que quizá sea la única verdad irrebatible: la muerte.