El uribismo vuelve con el miedo

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Así quedó el corregimiento de El Remanso, en Puerto Leguízamo, Putumayo, luego de la acción militar que terminó con la masacre de 11 personas de la comunidad. Foto A la Orilla del Río

El pasado 28 de marzo el país se despertó con la noticia del asesinato de 11 personas en Puerto Leguízamo, Putumayo. Según las declaraciones del ministro de Guerra, Diego Molano, las víctimas murieron en un operativo militar en contra de las disidencias de las FARC.

Mientras el presidente Duque apoya la versión de los militares, los habitantes de la zona, las organizaciones indígenas y la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, han venido demostrando que todo esto fue una masacre cometida por el ejército contra campesinos que participaban en un bazar.

Según pruebas que vienen aportando desde la semana pasada, en la mañana del día 28 un grupo de hombres encapuchados disparó contra pobladores que se encontraban disfrutando de la fiesta. Entre las víctimas se cuentan el gobernador y el presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda, un menor de edad y una mujer campesina embarazada.

Cometida la masacre, los militares alteraron la escena del crimen plantando armamento, y así poner en marcha una de sus más conocidas y torvas tácticas de guerra: presentar civiles inocentes como bajas en combate para obtener condecoraciones que propicien los bien remunerados ascensos, los eufemísticos falsos positivos. Hace tan solo un año el mismo Molano celebraba ante los mercenarios medios comerciales el asesinato de 10 niños, los cuales reportó como miembros de las disidencias.

A esta masacre se suman el asesinato de 15 líderes sociales y 12 firmantes de la paz, el último de los cuales fue Carlos Siabato quien murió en un atentado a bala el 3 de abril en Ciudad Bolívar, Bogotá. Según Indepaz en lo corrido del 2022 van 28 masacres con 94 víctimas.

Es claro que la administración de Iván Duque, fiel a su discurso guerrerista desató una ola de violencia con la que buscaba sepultar los Acuerdos de Paz y mantener al país en un estado de guerra que el uribismo ha sabido capitalizar políticamente, y el cual beneficia a los sectores monopólicos ligados al tráfico de armas y narcóticos.

Sin embargo, en este preciso momento, los hechos de violencia que estamos experimentando responden también a una campaña con la que pretenden aterrorizar a la ciudadanía para luego ofrecerle “seguridad democrática” si votan por su candidato Fico. Pero ya el pueblo le descubrió su juego fatídico: sin la violencia y las mentiras el Centro Democrático queda reducido a menos de un cero.

El fracaso de los diálogos del Caguán, el ascenso del paramilitarismo y la nueva política antiterrorista de los Estados Unidos son hechos fundamentales para explicar la primera elección de Álvaro Uribe en 2002. Este, además, logró que un nutrido sector de la sociedad aceptara pasivamente su política antipopular de recorte de derechos laborales y sociales, privatizaciones y liquidación de empresas estatales, cuando en realidad miles de civiles, especialmente jóvenes fueron asesinados por los militares.

Álvaro Uribe se mantuvo en el poder por el apoyo de los medios burgueses, la complicidad de la Iglesia, las sectas cristianas, el empresariado y el Plan Colombia.  Sobre la base de su discurso guerrerista y triunfalista, Uribe logró en ocho años de gobierno incidir en la vida nacional durante dos décadas.

Pero hoy el desgaste del discurso uribista es evidente. El proceso de paz de La Habana le restó fuerza, y los profundos estragos sociales causados por su agresivo programa neoliberal impuesto mediante la guerra, han llevado a un hartazgo generalizado con las figuras del Centro Democrático y las demás colectividades que representan la política tradicional de los últimos 20 años; algo que hemos visto expresarse en el auge de la movilización social desde 2019, así como en los históricos resultados electorales del pasado 13 de marzo.

Pese a ello, las medidas de gobierno y la campaña electoral del Centro Democrático nos han demostrado que el uribismo no quiere, ni puede, reconocer la pérdida de eficacia y lo extemporáneo de su discurso. La seguridad y la guerra no le dicen mucho a una sociedad sumida en la crisis, cuyos problemas se agudizaron tras la pandemia del covid-19, que por demás, fue gestionada por Duque con la misma fórmula de su patrón: neoliberalismo y represión más incapacidad y carencia de liderazgo.

Ante las elecciones presidenciales, y en la recta final del gobierno, la desesperación y la carencia de propuestas movilizadoras del uribismo, se ven obligados a apelar a las mentiras, a la manipulación. Porque el discurso guerrerista y la violencia no tiene ninguna aceptación en un pueblo que exige paz, justicia social y tiene una perspectiva de auténtica democracia.

Por su deplorable situación electoral el Centro Democrático y su candidato Fico seguramente intentarán el fraude. Por tanto, debemos extremar la vigilancia el día de las elecciones y en el escrutinio final. No podemos permitir que el pan se queme en la puerta del horno. El 29 de mayo, Petro Presidente.