Cuatro años del TLC, USA-Colombia

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Con toda razón en los balances de estos días ha sido definido el resultado de “claro-oscuro” y “resultados agridulces». Ni fu ni fa, no colmó las expectativas y los efectos positivos que anunciaron para firmarlo a pesar de las críticas, no están a la vista.

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Editorial del Semanario VOZ

El pasado 15 de mayo se cumplieron cuatro años de la vigencia del Tratado de Libre Comercio de Estados Unidos y Colombia, cuyo adalid fue el presidente Álvaro Uribe Vélez, quien en un largo y tortuoso camino, como lo describió un artículo de prensa, logró la firma de un esperpento de beneficio exclusivo del capital y lesivo a la soberanía nacional. En abril de 2012, en la VI Cumbre de las Américas, en Cartagena de Indias, los presidentes Barack Obama y Juan Manuel Santos anunciaron la entrada en vigencia del TLC contra viento y marea, para el 15 de mayo de ese mismo año.

Al cabo de cuatro años los resultados no son los mejores. Son más las importaciones que las exportaciones en la balanza comercial colombiana lo que refleja el ventajismo de la potencia imperial en la concepción del tratado. Con toda razón en los balances de estos días ha sido definido el resultado de “claro-oscuro” y “resultados agridulces». Ni fu ni fa, no colmó las expectativas y los efectos positivos que anunciaron para firmarlo a pesar de las críticas, no están a la vista.

En 2015, por ejemplo, las exportaciones disminuyeron en 23.3 por ciento con relación a 2014. En 2012, año de la firma, las exportaciones disminuyeron en 0.69 por ciento. Y la comparación entre 2011 y 2015 es de menos 55.1 por ciento. Las cifras son elocuentes. El Gobierno alega en su favor que 7.501 empresas hicieron parte del club de los exportadores, siendo de ellas 2.230 nuevas, amén de que las exportaciones no son del renglón minero-energético el más tradicional. Aunque los críticos observan que en la mayoría son empresas menores que no tienen mayor impacto económico ni regulan la balanza comercial. Tampoco se ve en el mercado nacional la enorme cantidad de productos norteamericanos a bajo precio como lo anunciaron para publicitar el TLC. Salvo en algunos productos de consumo en lo demás no se ve, entre otras cosas por lo caro del dólar en los últimos años.

Estados Unidos es el país con el que Colombia tiene mayor déficit en la balanza comercial. En 2015 fue de US$1.904 millones, mientras que en 2016 a la fecha es de US$1.234 lo cual indica que fácilmente superará los dos mil millones de dólares. Mientras que EE.UU. recibe casi el 30 por ciento de las exportaciones colombianas.

En el orden nacional no se ven las bondades de la inversión extranjera y de las soluciones sociales que se anunciaron. El empleo no creció así el gobierno diga lo contrario, porque la mayoría de este se ubica en la “informalidad” que es empleo disfrazado y que nada tiene que ver con el TLC. La mayor inversión llegó por vía de las transnacionales que explotan el sector minero-energético que ha generado crisis ambiental, laboral y judicial porque aplican sus propias normas y leyes, desconociendo la legislación colombiana. Esta situación está llevando a una crisis en las relaciones con estas empresas porque envenenan el ambiente y esquilman a los trabajadores. Varias de ellas están abandonando el país.

Entonces, ¿de qué estamos hablando? Al entonces presidente Álvaro Uribe Vélez se le advirtió la inconveniencia de esos Tratados de Libre Comercio, en especial con Estados Unidos por su carácter antinacional y ventajoso. No escuchó a nadie y con la letanía de la confianza inversionista lo impulsó sin atender siquiera las críticas de algunos empresarios.

El alegato en favor del TLC de los neoliberales criollos es que su firma le dio acceso preferencial a los empresarios colombianos al mercado estadounidense y estos vendieron más, aunque las cifras lo que están demostrando es que se redujeron las exportaciones. Los que vendieron hicieron sus negocios y ¿cuál fue el beneficio para Colombia? Es la pregunta que no tiene respuesta.

Con todo, el gobierno de Juan Manuel Santos continúa defendiendo el espíritu del TLC; los voceros gubernamentales hacen gárgaras con el cuento de que somos los mejores socios de Estados Unidos, una especie de privilegiados comerciales. Así las cifras no lo revelen. Las zonas francas no prosperaron y más bien se prestaron para lavar dinero mal habido y para la evasión de impuestos. De ellas no se habla tanto ahora como lo hacía en su tiempo Uribe Vélez que defendía la tesis del “todo vale”.

El pueblo colombiano, en particular el movimiento sindical, debe oponerse a este tipo de esperpentos que no sirven al interés social y a la solución de los acuciantes problemas del país. Con el TLC se agravaron problemas en el campo. El país importa arroz, fríjoles, carnes y otros productos que se dan en el campo y que con una política correcta podrían dar lugar a la soberanía alimentaria que tanto necesita el país. Con la dependencia de los TLC neoliberales no será posible.