sábado, junio 15, 2024
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Andrés Caicedo, una vida signada por la esperanza

El 4 de marzo se conmemoró otro aniversario de la muerte del autor caleño, uno de los referentes más importantes de la literatura juvenil y urbana de nuestro país

Felipe Cervantes Pinto

Caicedo, escritor precoz, retratista de la cultura de su época, erudito empírico del cine, ha superado ya hace mucho las etapas de autor inédito ─su suicidio se dio el día que recibió la primera copia de su novela ¡Que viva la música! ─ y de referente juvenil contestatario, llegando a ser uno de los escritores más reconocidos de la literatura colombiana, reconocido como pionero de una escuela alejada del estilo garciamarquiano.

La vida del escritor caleño, que podría ser definida como un relato pendular entre la salsa de Ricardo Ray y Bobby Cruz y el rock de The Rolling Stones, vivida de manera vertiginosa, tal vez por un conocimiento premeditado respecto a su temprana muerte, recorre los caminos de sus grandes pasiones: el cine, la música, el teatro, la literatura lovecraftiana, las drogas y la vida juvenil caleña de la década de 1970.

Su trasegar es un manifiesto hecho obra contra la cultura de su época, una cultura burguesa, como él la definía, y que despreciaba, aún a pesar de estar inmerso en ella. Esta inquietud antisistema lo llevó a tener cercanía con la organización juvenil comunista de la época, sin llegar nunca a la militancia activa, pues su mismo estilo de vida y sus muy variados intereses le impedían contar con el tiempo necesario para esta actividad.

Fue un gran gestor cultural, fundador y primer director del Cine Club de Cali, lugar que aglutinó a la juventud caleña de la década de 1970 y permitió un punto de encuentro para los curiosos del séptimo arte, además, sirvió como incubadora para el proyecto editorial de la primera revista colombiana especializada en cine. Asumió como parte de su legado literario la creación de “Ojo al Cine”, publicación periódica que contó con la participación de, entre otros, Patricia Restrepo, Luis Ospina, Carlos Mayolo y Ramiro Arbeláez, miembros del llamado Grupo de Cali, con quienes Andrés Caicedo trabajó en diversos proyectos culturales.

Decir que Caicedo fue un genio o un prodigio de su época es quedarnos cortos en la descripción de su vida, su obra y su enorme influencia, tanto en la segunda mitad del siglo pasado como en la actualidad. No solo fue un lector voraz, un escritor frenético o un melómano estudioso. Fue todo eso y mucho más, ayudó a consolidar una escena cultural rica y diversa en una ciudad absorbida por la inercia de su tiempo, elaboró un retrato meticuloso de la vida de su época y se alimentó de los más variados referentes para construir una de las obras más originales de las que se tiene cuenta en la literatura colombiana.

Es justamente su obra la que hoy mantiene viva su memoria, pues su composición literaria, al contrario de envejecer, se ha renovado con el paso del tiempo. Cuentista desde los doce años, dramaturgo adolescente, poeta ocasional, guionista aventurero y novelista al final de su corta vida, así podría resumirse su profusa producción escrita, de la cual aún queda mucho por explorar, ya que, como cuenta Frank Wynne, traductor de su obra al inglés para Penguin Classics, durante mucho tiempo permaneció atrapada en un abollado baúl negro. Y es que la obra de Andrés Caicedo, como su vida y su muerte, no ha sido ajena a la polémica.

Luego de la muerte de sus padres y gracias en parte al interés de su hermana Rosario, una cantidad importante de la obra de Caicedo ha salido a la luz bajo la cuidadosa curaduría de Ospina y Romero, y bajo el auspicio del sello editorial Seix Barral. Así, hoy podemos contar con bellas ediciones de las novelas ¡Que viva la música! Y Noche sin fortuna, dos volúmenes de correspondencia, una completa recopilación de cuentos, otra de sus obras teatrales y una última de sus guiones para cine. Ojalá la apuesta editorial continúe con la publicación de la crítica de cine.

Andrés Caicedo sigue tan vivo y pertinente como hace 47 años cuando decidió abandonar este mundo que le atormentó, que nunca comprendió, pero que pudo retratar con maestría, crudeza, finura y desparpajo en su amplísima obra. Su prematura muerte, premeditada además hasta el cansancio, no puede ser el hecho que continúe opacando a uno de los autores más brillantes de la literatura colombiana, y su vida, recientemente descubierta como parte de su obra, no debe ser evaluada desde el reproche o la tristeza, sino desde la esperanza que subyace en cada uno de sus escritos.

Caicedo legó a las futuras generaciones una conciencia social, una basta literatura y, sobre todo, un espíritu juvenil capaz de traspasar fronteras y razones suficientes para buscar las transformaciones que él solo logró ver en su mente y plasmar en su obra.

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