jueves, abril 3, 2025
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Una revolución que aún no ha sido

Alfonso Pinzón (*)

Vuelven las envidias virulentas, los acalorados debates, la lagartería galopante, las expectativas delirantes, las declaraciones grandilocuentes, las denuncias de rosca y corrupción, los análisis socioantropológicos hiperbólicos de cafetín del centro. ¿Qué sería de las venas del rock y el metal bogotanos sin el flujo vital de Rock al Parque?

El festival, ya grabado con distorsión en el alma cultural de la ciudad, se presenta como un caleidoscopio de percepciones entre quienes hemos participado de alguna forma en él. Cada quien habla de esta fiesta según le va en ella.

Para quienes tuvimos el privilegio de asistir al parto de Rock al Parque hace ya cerca de tres lustros, el festival emergió no solo con una promesa, sino con una revolución en sus manos. Fue un destello de esperanza, un boleto dorado para salir de las sombras de los bares y bodegas de los noventa, donde el rock nacional yacía escondido, esperando su momento de gloria.

Parecía que el Establecimiento finalmente nos reconocía; aparecíamos en el periódico, departíamos con el alcalde, nos entrevistaban en televisión. Era como si a nosotros, los rockeros colombianos, la sociedad nos hubiera finalmente aceptado, con los pecados diabólicos incluidos. No hubo músico de la época, por más contestatario o radical que fuera, que se resistiera a esa comunión. ¡Y luego subir a esa tarima ante tanta gente! Sentirse como Mick Jagger por un día no tiene precio, aunque al día siguiente todos volviéramos a ser los mismos. Todo era orgánico, crudo, espontáneo, desordenado, utópico y maravilloso.

Pero el mundo cambió y el festival cambió con él. O más bien, sin él, porque experimentó una metamorfosis en bestia burocrática y anquilosada. Se transformó en un reducto de nepotismo político, con funcionarios públicos, algunos de una incompetencia francamente escandalosa, atornillados al poder por años. Se convirtió en una repartija de contratos donde el uno por ciento de los megacontratistas acapara casi un tercio del presupuesto público. Un evento masivo cuya curaduría artística improvisada adolece de estructura, conocimiento, concepto y visión. Bajo el paraguas de una entidad cultural, el Idartes que no dispone de estrategias para promover el talento local más allá de brindar un espacio en tarima en horario de escasa audiencia.

En Bogotá podríamos ser una potencia del rock, pero no lo somos, porque no existe una estrategia para serlo entre quienes podrían hacer la diferencia. No ahondaré en la precariedad que enfrenta el músico bogotano promedio, para quien la música no alcanza ni para proveer un sustento básico. Y estoy hablando de aquellos que son talentosos y lo tienen todo para triunfar.

El público, en general, percibe esta disfuncionalidad y no le queda más que expresar su descontento a través de las redes sociales. Continúa asistiendo al festival, en su mayoría resignado, alimentando la esperanza de que el próximo año será mejor.

La administración del festival suele echarle mano a dos recursos para defenderse:

La primera y más importante son las métricas de asistencia. No hay que perder de vista que Rock al Parque es ante todo, un evento político. El liderazgo de turno muere y mata por esas cifras que son las que en últimas en su mundo definen su gestión: la fuerza bruta de la masa.

La segunda es una doctrina antipática y arrogante de “formación de públicos”, la cual sugiere una misión civilizadora: pretenden dictar a la gente no solo cómo comportarse, sino también qué debe entender por rock.

Honestamente en respuesta, solo dan ganas de decir: gracias por la lección, señores funcionarios, pero los rockeros ya tenemos claro qué es el rock.

Es mi deseo el creer que estamos a las puertas de una renovación para Rock al Parque en el amanecer de la era de la inteligencia artificial. Es el momento de cambiar nuestros viejos paradigmas y demostrar que somos capaces de ofrecerle a esta nueva generación algo más que un simple concierto gratis: una verdadera plataforma de lanzamiento para el talento local, una experiencia que pueda enriquecer y elevar el panorama cultural del futuro.

(*) Baterista, fundador de Agony y Día de los Muertos, y co-fundador del Festival del Diablo

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